Evangelio

La mejor inversión: invertirlo todo. Domingo XVII del tiempo ordinario (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas del Domingo XVII del tiempo ordinario (A) correspondiente al día 26 de julio de 2026.

Vitus Ntube·23 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

La liturgia de hoy trata sobre la inversión. Los expertos financieros pueden recomendar otra cosa, pero quienes comprenden la dinámica de la vida espiritual saben que la mayor inversión es aquella en la que lo damos todo.

En el Evangelio de hoy, Jesús compara el Reino de los Cielos con un tesoro escondido en un campo, con una perla de gran valor y, finalmente, con una red echada al mar. Las dos primeras parábolas son especialmente semejantes, tanto en su mensaje como en la respuesta que exigen. El hombre que encuentra el tesoro y el comerciante que descubre la perla llegan ambos a la misma conclusión: lo que han encontrado vale más que todo lo demás que poseen. La misma prudencia humana ordinaria los llevaría a vender todo lo que tienen para obtener algo infinitamente más valioso.

Estas parábolas apelan no sólo a nuestra inteligencia, sino también a nuestra libertad. Exigen una decisión. Una vez descubierto el tesoro, la neutralidad ya no es posible. O uno se aleja de él o lo entrega todo para poseerlo. La pregunta central de la liturgia de hoy es, por tanto, esta: ¿cuál es nuestra respuesta al encuentro con Cristo? ¿Estamos dispuestos a apostarlo todo por Él? No podemos poseer el tesoro del Reino mientras nos aferramos fuertemente a cosas menores. Para alcanzar el bien mayor, debemos estar dispuestos a desprendernos de falsas seguridades, ambiciones egoístas, etc. 

Al mismo tiempo, Jesús es realista. No todos encuentran el tesoro, y no todos los que lo encuentran están dispuestos a pagar el precio necesario para poseerlo. Por eso la última parábola habla de la red que recoge peces de toda clase y de la separación que tendrá lugar al final de los tiempos. El Evangelio nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias eternas. Por ello, se nos anima no solo a buscar activamente el tesoro del Reino, sino también a tener el valor de adquirirlo cueste lo que cueste.

La figura de Salomón en la primera lectura es un hermoso ejemplo de alguien que hizo la inversión correcta. Al comienzo de su reinado, el Señor le dio lo que podríamos llamar un cheque en blanco: “Pídeme lo que deseas que te dé”. Salomón podría haber pedido poder, larga vida o la derrota de sus enemigos. Sin embargo, pidió algo más grande: “Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”.

En la petición de Salomón vemos la grandeza de su alma. Reconoció la verdadera perla de gran valor y se negó a conformarse con cosas menores. Salomón llegó a ser famoso en todo el mundo por su sabiduría. Dios se complace en un corazón magnánimo, un corazón que busca lo eterno antes que lo pasajero. La única inversión que nunca fracasa es la inversión total en Dios. El Reino cuesta todo porque lo da todo.

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