Hay escenas sencillas que dejan una profunda enseñanza. Hace unos días presencié una que me conmovió. Una abuelita, de más de ochenta años, se sentó junto a su nieto de ocho, quien permanecía completamente absorto frente a la pantalla de su iPad.
—¿Qué haces? —preguntó con ternura.
—Aquí… matando el tiempo.
—¿Y por qué no sales a jugar con los demás niños que están en el jardín?
—¡Ay, no! ¡Qué pereza!
La abuela sonrió. En lugar de regañarlo, decidió conversar. Le preguntó qué significaba la pereza y, poco a poco, inició una hermosa explicación sobre las virtudes. Le habló de los pecados capitales y de las virtudes que ayudan a vencerlos. “Contra la pereza, diligencia”, le dijo con la serenidad de quien sabe que educar es sembrar para el futuro.
Pensé entonces en el enorme tesoro que representan nuestros abuelos. Con paciencia, experiencia y cariño pueden transmitir aquello que ninguna pantalla será capaz de enseñar.
La palabra diligencia proviene del latín diligentia, que significa cuidado, esmero y dedicación. Está relacionada con el verbo diligere: escoger con atención, apreciar, amar. Una persona diligente no sólo hace las cosas; las hace bien, con responsabilidad, constancia y entusiasmo. En la tradición cristiana, esta virtud está estrechamente vinculada con la caridad, porque quien ama no permanece pasivo: actúa, sirve, trabaja por el bien propio y el de los demás.
Hoy esta virtud resulta especialmente urgente.
Vivimos una verdadera epidemia de sedentarismo infantil. La Organización Mundial de la Salud advierte que la mayoría de los niños y adolescentes del mundo no alcanza los 60 minutos diarios de actividad física moderada o vigorosa recomendados para su edad. Al mismo tiempo, el tiempo frente a pantallas continúa aumentando y suele acompañarse del consumo frecuente de alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas. Esta combinación favorece el sobrepeso, la obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión y otros problemas metabólicos desde edades cada vez más tempranas. También se asocia con dificultades para dormir, menor capacidad de atención, síntomas de ansiedad y depresión, así como un menor rendimiento escolar.
Pero existe otra consecuencia menos visible y quizá más preocupante: la pérdida del gusto por el esfuerzo.
La cultura del clic ofrece gratificación inmediata. Todo parece obtenerse con un toque de pantalla. Sin darnos cuenta, algunos niños comienzan a rechazar cualquier actividad que implique esperar, practicar o perseverar. Leer un libro, aprender un instrumento, ordenar la habitación, ayudar en casa o simplemente salir a caminar les parece demasiado pesado.
Por eso los padres necesitamos recuperar con serenidad nuestro papel de autoridad y de guía. Educar no consiste únicamente en proteger a los hijos o procurarles comodidad. Educar es formar el carácter. Es enseñarles que la felicidad duradera no nace de hacer siempre lo que se antoja, sino de desarrollar hábitos que fortalezcan la voluntad.
Necesitamos niños diligentes. Niños que se levanten para ayudar antes de que alguien se los pida. Que descubran la alegría de servir. Que experimenten la satisfacción de terminar una tarea difícil. Que jueguen al aire libre, corran, salten, exploren, convivan y aprendan a trabajar en equipo. Un niño activo fortalece no sólo sus músculos y su corazón; también desarrolla disciplina, autoestima, resiliencia y habilidades sociales.
Quizá ha llegado el momento de que las familias recuperemos un verdadero proyecto de formación en virtudes. Más que pasar el día corrigiendo conductas aisladas, podríamos proponernos cultivar, de manera consciente, las llamadas siete virtudes capitales: humildad, generosidad, castidad, paciencia, templanza, caridad y diligencia.
¿Qué estamos haciendo para fortalecer el lado luminoso de la personalidad de nuestros hijos?
Sería maravilloso elegir una virtud cada mes y practicarla en familia. Si el propósito es crecer en generosidad, podemos organizar visitas a un asilo, compartir alimentos con quienes pasan necesidad o donar ropa en buen estado. Si queremos fortalecer la paciencia, podemos comprometernos a disminuir los gritos en casa, aprender a resolver conflictos sin violencia y perseverar juntos en actividades que requieren tiempo, como aprender música, practicar un deporte o desarrollar una habilidad artística.
Cuando los niños ven a sus padres vivir estas virtudes, descubren que no son teorías, sino un estilo de vida.
Y si este mes decidimos trabajar la diligencia, podemos comenzar con acciones muy concretas:
- Limitar razonablemente el tiempo frente a pantallas.
- Recordar que descansar también significa cambiar de actividad, no sólo permanecer inmóviles.
- Involucrar a todos en las labores del hogar, de acuerdo con su edad.
- Caminar o utilizar la bicicleta en trayectos cortos cuando sea posible.
- Estar atentos a las necesidades de los demás y ofrecer ayuda sin esperar que nos la pidan.
- Procurar cada día algún tiempo de juego libre al aire libre, de movimiento y convivencia.
- Reconocer y felicitar el esfuerzo mucho más que los resultados.
Nuestros hijos no necesitan una infancia cómoda; necesitan una infancia que los prepare para la vida. La diligencia no les roba alegría; al contrario, les permite descubrir la satisfacción de conquistar metas, de servir a los demás y de convertirse en personas fuertes, responsables y generosas.





