No sé si escribir este artículo o no. Me da vergüenza meter la pata, me da vergüenza no tener razón y exponerme públicamente, me da vergüenza no expresarme bien o no hacerme entender. Me da vergüenza hablar de la vergüenza y decir que ya no queda rastro de ella.
¿Pareceré viejuno hablando de un sentimiento que, para muchos, solo ha servido para la represión y el control de la moral pública? ¿O será necesario pasar la vergüenza de hablar de un tema del que ya nadie habla por vergüenza, aunque solo sea para que el historiador que me lea el siglo que viene sepa que había un reducto que aún creía en su función social?
Dicen los antropólogos que la vergüenza tiene un origen evolutivo claro y que, gracias a ella, la especie ha perdurado durante centenares de miles de años. La razón es sencilla: el ser humano es un ser social y, fuera del grupo, su supervivencia es muy complicada, las posibilidades de sobrevivir descienden drásticamente. Así pues, un comportamiento antisocial, como una afrenta al grupo, un engaño o una falta de respeto, acabaría con el destierro y la más que probable muerte del individuo al no poder contar con los recursos y la protección del grupo. Los mejor adaptados serían los que, de forma natural, casi instintiva, sabrían no exponerse al juicio negativo del grupo, manteniendo así la unidad del mismo y elevando su índice de supervivencia. Que forma parte de la naturaleza humana lo vemos en los niños pequeños. En cuanto tienen edad para darse cuenta de que no son los únicos seres del universo, sino que viven en comunidad, se refugian en los brazos de sus padres y agachan la cabeza cuando se sienten el centro de atención ante un grupo de adultos a los que no conocen. Antes de exponerse al juicio negativo del grupo, mejor huir o esconderse.
La vergüenza es desagradable para las personas normales. Tanto que –seguro que les ha pasado–, tras una caída fortuita en público, nos preocupa más haber sido vistos que el alcance de la lesión que podamos tener. Todos minimizamos exageradamente el trompazo mientras tratamos de recomponernos lo más dignamente posible, con una sonrisa en la boca, y huyendo del lugar a escape mientras disimulamos elegantemente la cojera momentánea.
Pero ese dolor por la vergüenza que sentían las personas normales, si se dan cuenta, se ha ido perdiendo poco a poco en occidente. Yo no sé si empezó con aquellos programas de vídeos domésticos donde la gente enviaba sin pudor sus resbalones y batacazos, pero el caso es que las redes sociales están ahora llenas de retos de lo más absurdos en los que la gente se arriesga con todo tipo de costalazos o torturas con el solo fin de hacer reír al personal. También hay quien se lucra exhibiendo en redes sus vergüenzas de todo tipo (corporales o sentimentales) con total desinhibición. Podemos decir con rigor que la desvergüenza se ha convertido ya en una profesión. El éxito del individualismo se demuestra con que ya ningún acto, por vergonzoso que sea, te pone en peligro porque siempre habrá un grupo que te apoye incondicionalmente y hasta te pague por ello.
Una sociedad atomizada como la nuestra, pierde la capacidad de reacción, de protesta colectiva y ya tragamos con todo.
De eso se aprovechan los gobernantes que exhiben ya, sin pudor, sus tejemanejes y corruptelas a sabiendas de que nadie los va a desterrar porque tienen su «grupo» que sostiene sus vergüenzas. El máximo exponente de esta «nueva política» es el presidente de los Estados Unidos que, entre otras muchas, ha contado, con toda la cara, cómo se las arregló para hacer trampas en el mundial. Ya no hace falta ni esconderse cuando se hace algo indigno, nos lo cuentan en rueda de prensa. ¿Y qué decir de la situación del gobierno español cercado por los casos de corrupción al más alto nivel? ¿Ven caras de preocupación? ¿Cómo se le quedaría la cara a usted si le pillaran en esa misma situación? ¿No diría «tierra trágame»? Hasta entre los cristianos hay quien hace alarde de su nada evangélica soberbia ideológica sin importarle lo más mínimo ser expulsados de la familia y el escándalo del que tan seriamente nos advirtió Jesús. Y lo hacen de forma pública y desafiante. ¡Hay que tener cara!
Yo me quedo, sin embargo, con quienes aún tienen vergüenza. Con quienes, con actitud humilde, reconocen que se pueden equivocar, reconocen la autoridad del grupo al que pertenecen y piden perdón cuando ellos o quienes dependen de ellos meten la pata. Incluso cuando las faltas se cometieron muchos años o siglos atrás. Lo han hecho los últimos papas ante los casos de abusos de todo tipo. Con su actitud valiente señalan lo importante: que el bien común es superior al del individuo (sin anularlo) y que no somos hijos únicos, sino hermanos, hijos de un mismo Padre que ve cada una de nuestras acciones. Ellos me hacen perder la vergüenza para decir esto alto y claro: ¡Qué poca vergüenza!
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.





