Evangelización

¿Qué promete la Virgen del Carmen a todo aquel que lleve su escapulario?

Con motivo de la festividad de la Virgen del Carmen, que la Iglesia celebra el próximo jueves 16 de julio, recordamos el origen del escapulario y las promesas asociadas a esta histórica devoción mariana.

Rafael Mosteyrín·14 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
Virgen del Carmen

Virgen del Carmen

El escapulario tiene su origen en una aparición de la Virgen a san Simón Stock.

Sucedió en Londres el año 1261. La Santísima Virgen rodeada de innumerables ángeles se apareció a san Simón Stock, de la Orden Carmelita, y le prometió una especial protección sobre dicha Orden, al mismo tiempo que le entregaba el Escapulario del Carmen con esta promesa: “Recibe, amadísimo hijo, el Escapulario de tu Orden, señal de mi confraternidad, privilegio para ti y para todos los carmelitas, todo el que muera con él se librará del fuego eterno. He aquí la señal de la salvación, salvación en los peligros, alianza de paz y de pacto sempiterno”.

Más tarde el Papa Juan XXI confirmaba con su autoridad el Escapulario del Carmen y Privilegio Sabatino, transcribiendo las siguientes palabras de la Virgen María: “Yo, Madre de las gracias, bajaré, el sábado después de su muerte y libraré a todos los que se encuentren en el Purgatorio y los llevaré al monte santo de la vida eterna”.

Las condiciones

Los requisitos exigidos por la Iglesia para que nos podamos beneficiar de dicha promesa son:

-Tener impuesto el escapulario por un sacerdote facultado para ello (basta una vez en la vida) y llevarlo habitualmente.

-Guardar castidad conforme al estado de cada cual.

-Rezar tres Avemarías cada día.

El testimonio del cardenal Tarancón

Son muchos los hechos milagrosos que a lo largo de la historia expresan la fidelidad de la Santísima Virgen a su promesa. El cardenal Vicente Enrique y Tarancón contó lo que sucedió, siendo él obispo de Solsona, en una pastoral sobre el escapulario del Carmen:

“Era el mes de junio de 1938. Hacía dos meses escasos que las fuerzas nacionales habían llegado al Mediterráneo, liberando la parroquia de Vinaroz, a la que llegamos Nos a los siete días de la liberación y en la que ejercimos el ministerio parroquial durante más de cinco años.

Un oficio de las autoridades militares solicitaba nuestra cooperación para prestar auxilios espirituales a diez condenados a muerte, que habían de ser ejecutados al amanecer. A las once de la noche entraron en la capilla los reos, y desde aquel momento los tres sacerdotes que estábamos entonces en Vinaroz entrábamos en comunicación con ellos, ofreciéndoles la vida eterna, ya que no podían salvar su vida temporal. Ocho de ellos se confesaron en seguida y con grandes y visibles muestras de arrepentimiento y fervor. Uno, que había sido comisario político en el ejército rojo, apenas sí permitió que nos acercáramos a él. Todas nuestras tentativas fueron inútiles y no pudimos lograr que se confesara.

Un condenado que rechazaba confesarse

Había uno entre todos que llamaba poderosamente la atención. Era un hombre de unos sesenta años, natural de La Galera, provincia de Tarragona, que vestía el antiguo traje de los payeses catalanes: medias blancas y calzones cortos, pero con unos modales finos y distinguidos que parecían contrastar con su indumentaria rural. Uno de los sacerdotes se puso a trabar conversación con él, mientras los demás atendíamos a los restantes. 

Cuando ya se había confesado ocho y mientras yo estaba hablando con algunos de ellos, consolándolos en aquel trance tan terrible y recibiendo sus recomendaciones y encargos para transmitirlos a sus respectivas familias, se me acerca el coadjutor y me dice al oído:

-Señor cura: nada he podido conseguir con aquel hombre, ¿por qué no lo prueba usted?

Fui allá, me recibió muy atentamente; estuve hablando con él un buen rato y comprendí en seguida que era un hombre culto y que tenía, además, una formación cristiana poco corriente. Aquellos detalles me animaron y adquirí la íntima convicción de que no sería difícil conseguir que se confesase.

Pero mi desilusión fue terrible cuando, después de haber hablado con él por espacio de más de media hora, me dijo estas palabras textuales:

-Mire, Padre, yo le agradezco muy sinceramente lo que usted está haciendo por mí. Comprendo que usted está pasando una mala noche por mi causa, ya que usted no ha de sacar ningún provecho de que yo me confiese. Yo le estoy sumamente agradecido, pero le suplico que no insista; desde ahora le puedo asegurar que no he de confesarme. Yo fui educado cristianamente, pero he perdido la fe. 

Quedé aturdido de momento; casi sin saber qué decir. Pero, inspirado sin duda, por la Santísima Virgen, me atreví a proponerle:

-¿Me haría usted un favor?

-El que usted quiera –me contestó-, con tal que no me pida que me confiese.

-¿Me permitiría –añadí- que le impusiese el Santo Escapulario?

-No tengo ningún inconveniente- me dijo-. A mí no me dicen nada estas cosas; pero si con ello he de complacerle, puede hacerlo.

«La Virgen me ha salvado»

Le impuse acto seguido, el Santo Escapulario del Carmen y me retiré en seguida a orar por Él a la Virgen Santísima. El fue a sentarse en un rincón al extremo de uno de los bancos que había en aquella sala. Aún no habían pasado cinco minutos, cuando oí como una especia de rugido y unos sollozos fuertes y entrecortados, que me alarmaron. Entré de nuevo en la habitación y vi a aquel hombre que se me echaba encima llorando incesantemente y que me decía, en medio de sus lágrimas:

-Quiero confesarme, quiero confesarme. No merezco esta gracia de Dios. La Virgen me ha salvado.

Ante la admiración y asombro de todos los presentes, se confesó, sin dejar de derramar lágrimas ni un solo momento, con una contrición realmente extraordinaria y enternecedora. Y, cuando a última hora, antes de llevarlos al lugar de la ejecución, me despedí de ellos, me abrazó y me besó, mientras me decía:

-Gracias, Padre; gracias por el bien inmenso que me ha hecho. En el Cielo rogaré por usted. Gracias y hasta el Cielo.

Confieso sinceramente que me conmovió aquella escena y que mis lágrimas se unieron a las suyas, mientras daba gracias al Señor por aquella maravilla y agradecía a la Santísima Virgen el que me hubiese permitido ser testigo de aquella manifestación espléndida de su amor maternal y misericordioso.”

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