Evangelización

Las lágrimas de san Lorenzo: cuando las estrellas recuerdan a un mártir

Las perseidas iluminan cada agosto el cielo mientras la tradición cristiana las vincula a las lágrimas derramadas por san Lorenzo durante su martirio.

Teresa Aguado Peña·10 de agosto de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
Lágrimas de san Lorenzo

Cada agosto sucede uno de los espectáculos astronómicos más conocidos del año. Son las perseidas, una lluvia de meteoros que alcanza su mayor actividad en torno al 10-13 de agosto y que, en España y en otros países de tradición cristiana, reciben el nombre de «las lágrimas de san Lorenzo». La coincidencia con la fiesta del santo, que la Iglesia celebra el 10 de agosto, dio lugar a una tradición que ha unido durante siglos la memoria de un mártir con las estrellas que parecen caer del cielo.

Las perseidas son partículas de polvo y otros restos dejados por el cometa Swift-Tuttle que la Tierra atraviesa cada año en su recorrido alrededor del sol. Cuando estas partículas entran en la atmósfera a gran velocidad, se calientan, se desintegran y producen los destellos luminosos que desde la tierra contemplamos como estrellas fugaces. Su radiante, es decir, el punto del cielo del que parecen proceder, se encuentra en la constelación de Perseo. De ahí procede su nombre astronómico: perseidas.

Pero la ciencia no explica el nombre popular de «lágrimas de san Lorenzo». Para comprenderlo hay que volver la mirada hacia la historia de un joven diácono de la Iglesia de Roma, cuya memoria quedó vinculada a la noche de agosto.

Un diácono al servicio de los pobres

San Lorenzo fue diácono de Roma y uno de los hombres más cercanos al Papa Sixto II. Como archidiácono, tenía entre sus responsabilidades la administración de los bienes de la Iglesia y la atención a las personas más necesitadas. Se ocupaba de asistir a enfermos y de atender a huérfanos, viudas y personas marginadas. Lorenzo se convirtió en una figura muy querida en Roma e incluso después de su muerte fue objeto de veneración popular inmediata.

Según la tradición, durante la persecución del emperador Valeriano, en el año 258, el Papa Sixto II fue detenido y ejecutado junto con varios de sus diáconos. Lorenzo fue arrestado poco después. El prefecto de Roma le exigió entonces que entregara los bienes de la Iglesia.

El diácono pidió unos días para reunirlos. Pero, según la tradición, empleó ese tiempo en distribuir entre los pobres los bienes que estaban a su cargo. Cuando regresó ante las autoridades, no lo hizo con riquezas ni tesoros materiales. Lo acompañaba una multitud de personas necesitadas a las que la Iglesia ayudaba. Señalándolas, Lorenzo habría pronunciado entonces una de las frases más célebres asociadas a su figura: «Estos son los tesoros de la Iglesia».

Lorenzo fue condenado a morir quemado sobre una parrilla de hierro, sufriendo una muerte lenta y tortuosa. Se dice que en medio del martirio exclamó: «Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho». Sus lágrimas, reza la leyenda, son las «estrellas» que en las próximas noches caerán del cielo.

¿Por qué «lágrimas de san Lorenzo»?

Según una antigua tradición cristiana, las estrellas fugaces que aparecen en el cielo alrededor de la fiesta de San Lorenzo serían sus lágrimas, derramadas desde el cielo en recuerdo de su martirio. Otra tradición habla de pequeñas partículas o «lapillis» procedentes de las llamas de la parrilla en la que fue quemado.

Así, la imagen de las lágrimas de un santo que parecen caer sobre la tierra convirtió un fenómeno celeste en una expresión de la memoria cristiana de Lorenzo.

San Lorenzo es, además, uno de los mártires más conocidos de la Iglesia de Roma. Su culto está documentado desde el siglo IV y su figura ha quedado ligada a la ciudad de Roma y a la tradición cristiana.

Lo que realmente cae del cielo

Las perseidas no son entonces estrellas que caen ni lágrimas convertidas en luz. Son meteoros producidos por partículas que penetran en la atmósfera terrestre a velocidades muy elevadas.

La Tierra atraviesa cada año, aproximadamente alrededor del 12 de agosto, la zona del espacio en la que se encuentran los restos dejados por el mencionado cometa Swift-Tuttle. Este cometa, compuesto por polvo y hielo, sigue una órbita alrededor del Sol que tarda unos 133 años en completar. Su último paso cerca del Sol tuvo lugar en 1992 y el próximo está previsto para 2126.

Cuando las pequeñas partículas de ese enjambre entran en la atmósfera, la fricción con los gases atmosféricos provoca que se calienten y se desintegren. El destello que vemos desde la superficie terrestre es lo que llamamos un meteoro. Por eso, aunque popularmente hablemos de «estrellas fugaces», no estamos viendo estrellas: estamos contemplando el rastro luminoso producido por diminutos fragmentos de material cometario.

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