Cuatro años de rodaje para acercarse a la vida cotidiana de los monjes de Montserrat. Ese es el tiempo que el director Carles Prats ha pasado entrando y saliendo del monasterio para dar forma a El Temps de Montserrat («El Tiempo de Montserrat»), un documental que durante la celebración del milenario del monasterio busca mostrar, sin juicios ni voz en off, el día a día de la comunidad benedictina. El proyecto comenzó antes de la pandemia y permitió al equipo contemplar un Montserrat insólito, prácticamente vacío de visitantes, así como acceder a espacios y momentos que habitualmente quedan fuera de la mirada de los turistas.
Prats, acostumbrado a trabajar en documentales sobre cultura, cine y música («Peret i l’origen de la rumba catalana», «Drácula Barcelona» ), reconoce que esta experiencia ha sido especialmente enriquecedora. El resultado es una mirada pausada a una comunidad que vive su jornada marcada por la oración, el trabajo y una particular concepción del tiempo. Presentado en el BCN Film Fest, se estrenará este 10 de septiembre en una sesión especial de la mano de A Contracorriente Films.
Detrás del proyecto hay también una historia personal. Nuria Casaldáliga, compañera de colegio de Prats y sobrina del obispo Pere Casaldáliga, fue quien impulsó y levantó la producción del documental junto a él. Su muerte, el pasado mes de enero, convierte además El Temps de Montserrat en un proyecto al que el director guarda un agradecimiento especial.
En esta entrevista, el director habla de su experiencia junto a los monjes y de lo que ha descubierto sobre la vida monástica, la repetición y otra forma de entender el tiempo.
¿Por qué hacer un documental de los monjes de Montserrat?
–Montserrat siempre ha sido para mí un sitio muy interesante e inspirador. Hace unos años leí un ensayo de Neil Postman en el que hablaba de cómo las comunidades benedictinas gestionaban el tiempo. Llegaba a decir que parecía que los benedictinos hubieran inventado el reloj.
Por otro lado, hacer un documental sobre la vida cotidiana de un monasterio es realmente complicado, porque implica que te abran las puertas. Entre la fascinación por el monasterio, por el uso del tiempo y la posibilidad de mostrar su vida cotidiana, Nuria Casaldáliga, que fue quien levantó la producción, y yo nos pusimos a ello.
El documental pone especial énfasis en el tiempo. ¿Qué aprende uno de cómo estos monjes gestionan su tiempo?
–Llega un momento en la vida en que, al menos en mi caso, te vuelves más repetitivo. Eso es lo que decía Jorge Luis Borges: “Hay un momento en tu vida en que dejas de leer y lo que haces es releer”
En el documental, el abad dice que la repetición te lleva a una comprensión de cómo eres tú y del mundo. Creo que también estoy bastante en ese momento de la repetición, en un momento contemplativo. Para mí ha sido una experiencia enriquecedora.
La comunidad de Montserrat es muy especial. Son unos 50 monjes y la mayoría tienen estudios superiores, con lo cual te encuentras con una comunidad culta en aspectos muy diferentes.
Cuando ves a los monjes cantando en la basílica tienes una imagen que luego tiene poco que ver con su vida cotidiana. Cada uno tiene sus tareas: hay quien se encarga de la biblioteca, quien lleva el hostal o quien recibe a los peregrinos.
Además, la comunidad ha cambiado mucho. Se rige por la Regla de San Benito, un texto del siglo VI, pero el abad la va adaptando según los tiempos. Ahora, por ejemplo, todos los monjes llevan móvil y se envían WhatsApps, algo que hace 200 años no habría sido así.
Uno podría pensar que, por la forma en que manejan su tiempo, la vida de los monjes puede parecer una vida monótona. ¿Cómo responderías a este prejuicio?
–La vida depende de lo que te guste o no te guste. Por ejemplo, explicaban del filósofo Kant que cada día hacía exactamente lo mismo. Quizá durante las últimas décadas se ha valorado mucho el ocio, las vacaciones, el turismo, ir al cine o los videojuegos. De ahí viene esta idea.
Pero yo no encuentro que la repetición esté mal; al contrario. Desde un punto de vista de meditación y de profundizar en uno mismo, puede aportar cosas positivas.
Hay personas muy inquietas que son incapaces de estar allí. A otros, en cambio, esto les llena. Lo que yo he visto es que a los monjes les gusta. Este tipo de jornada, muy pautada, les hace llevar una vida plena.

Después de convivir durante años con esta comunidad, ¿qué cree que puede aportar hoy la vida monástica a una sociedad que vive cada vez más deprisa?
–Creo que estamos en una sociedad que, en algunos aspectos, es superficial. Todo va muy rápido y nos hemos acostumbrado a los mensajes breves y a los contenidos muy fraccionados.
Esta gestión del tiempo y la finalidad con que lo utilizas creo que aportan cosas positivas. De hecho, históricamente siempre ha habido gente que ha querido vivir en comunidad, en lugares apartados.
La comunidad de Montserrat no es una comunidad cerrada. Está muy conectada con el mundo: hay monjes que dan clases fuera del monasterio y mantienen diferentes actividades, aunque siguen las pautas del horario benedictino.
Pero, al mismo tiempo, existe este modelo de vida monástica, más introspectivo y de meditación, que creo que es muy positivo, sobre todo en un mundo cada vez más frívolo.
En un momento del documental, uno de los monjes dice que se tiene la imagen de un monje leyendo por el jardín y que es una imagen distorsionada. ¿Crees que la gente tiene una imagen de la vida monástica que no es acorde a la realidad?
–Sí. En muchos aspectos la realidad de estos monjes es sorprendente. Ese monje es el responsable de la biblioteca y es muy discreto (salió en el documental por insistencia, porque no tenía afanes de protagonismo). Me hizo mucha gracia su reflexión sobre esa imagen idealizada del monje debajo de un árbol leyendo un libro.
También son sorprendentes los orígenes de los diferentes monjes. El que ahora es director del museo había sido responsable de seguridad informática en una empresa americana. El que lleva el santuario había sido gerente de Burger King. Otro había sido jardinero y otro daba clases en la universidad.
Es un mundo muy variado que no te imaginas antes de llegar. Y sí, existen esos tópicos.
Además, cuando empiezas a convivir con ellos descubres una relación muy diferente. Al final del día pueden reunirse para leer la prensa, comentar un partido de fútbol o jugar al parchís. Los monjes son divertidos. Como todo el mundo, hay personas más sociables y otras más retraídas, pero para mí ha sido una experiencia muy interesante y enriquecedora.

¿Le costó que los monjes se expusieran de esta forma?
–Nos costó un tiempo que nos abrieran las puertas. Uno de los documentales monásticos de referencia, El gran silencio, tuvo que esperar 18 años para que le dejaran entrar a rodar. Nosotros tuvimos que esperar ocho meses.
Esto lo entiendes una vez estás dentro del monasterio, porque para los monjes es más importante su día a día, su pauta de oraciones y de oficios que atender a alguien que viene a hacer un documental.
A mí me sorprendió también que todos los monjes llevan reloj. Me explicaban que, cuando entran en la comunidad, el abad recoge sus relojes y los reparte aleatoriamente, de manera que probablemente cada uno acaba con uno diferente al que tenía cuando llegó.
Los monjes hablan de por qué dejaron su vida anterior para entrar en el monasterio. ¿Hubo algún testimonio o historia personal que le haya marcado especialmente?
–Me llamó mucho la atención lo que explica un monje que conoció Montserrat siendo muy joven, durante una excursión. Vio a los monjes y decidió que quería formar parte de la comunidad.
Para estar seguro de que su vocación era realmente la vida monástica, pidió vivir un año fuera del monasterio. Le cedieron una vivienda en un pequeño pueblo de los Pirineos.
La gente del pueblo desconfiaba de él porque llevaba el pelo largo y pensaban que era un hippie. Cuando descubrieron que era un monje de Montserrat, empezaron a relacionarse con él de otra manera. Terminó quedándose 19 años en aquel pueblo, trabajando en el campo.
Después se fue a cuidar a su madre enferma y posteriormente a su padre. Pasaron otros 12 años. Es decir, había pensado estar fuera un año y acabó pasando 31 años hasta que decidió volver al monasterio.
Volvió, llamó a la puerta y dijo: «Mire, me fui hace 31 años». Y volvió a ser monje. La historia me llamó mucho la atención.
¿Qué es lo que uno más puede admirar de la vida de estos monjes?
–Yo admiro que hayan llegado a la conclusión de que querían ser monjes. Durante un tiempo muchos hacen pruebas y algunos lo dejan porque ven que la vida monástica no es para ellos.
También me llama la atención el hecho de convivir en una comunidad de una forma tan diferente. Nosotros pensamos mucho en la propiedad: «Me he comprado esto, quiero esto, quiero lo otro». Allí la mentalidad es muy diferente. Es como una liberación mental de las obligaciones que crea el consumo.
Creo que, si lo llevas bien, te va enriqueciendo. En Montserrat ha habido intelectuales fantásticos y las publicaciones de la Abadía de Montserrat son maravillosas. Ves que personas que han estado allí dentro del monasterio han conseguido hacer obras absolutamente admirables.
Un monje me decía que publicaban una revista trimestral. Pero decía “si sale cada medio año no pasa nada” porque para ellos lo importante es mantener el horario de cada día. Creo que es una lección positiva: dar primera importancia a las cosas que son importantes. Luego ya vendrán las otras.





