El 28 de octubre de 1965, en medio de la efervescencia del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica hizo pública la Declaración Nostra aetate «sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas». Aquel texto breve, pero sumamente audaz, marcó un giro irreversible al afirmar que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» (NA 2).
Sesenta años más tarde, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso han publicado de forma conjunta la Nota conmemorativa «Un camino de esperanza». El documento, aprobado por el Papa León XIV tras su audiencia con los prefectos y secretarios de los tres dicasterios, no se presenta como un balance burocrático, sino como un manifiesto vivo y urgente para un planeta amenazado por la polarización, el repliegue identitario y las secuelas de la guerra.
Las raíces judías y la memoria imprescindible del Holocausto
La Nota recuerda con precisión periodística e historiográfica que Nostra aetate no nació como un ejercicio académico, sino como una respuesta directa a las atroces consecuencias del antisemitismo y del Holocausto. El documento narra cómo san Juan XXIII, impactado por su providencial encuentro con el historiador judío Jules Isaac y gracias a la mediación de María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto destinado a sanar las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío.
En su desarrollo teológico, la Nota subraya que Jesús era judío y nunca dejó de serlo. Citando la teología del siglo XX, afirma que en la Encarnación el Verbo se hizo «carne judía». Por ello, el diálogo judeocristiano no es una opción diplomática ni una práctica secundaria, sino un elemento intrínseco para que la Iglesia comprenda su propia identidad, y un componente esencial de su misión.
La alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable (cf. Rm 11, 29). A la vez, el texto mantiene la confesión de Cristo como único Redentor. Aclara que, por tanto, esto no implica sostener dos vías paralelas de salvación, sino reconocer que la religiosidad judía vivida hoy sigue siendo un valor activo que enriquece a los cristianos. «Lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia judía forma parte de la estructura teológica del propio cristianismo» (Un camino de esperanza, 11).
Asimismo, el documento renueva la condena del antisemitismo y señala la memoria del Holocausto como una advertencia permanente contra el peligro del odio racial y religioso.
Una sinfonía magisterial: de la «lógica de Asís» al paradigma del poliedro
El texto ofrece un recorrido pedagógico por el magisterio de los últimos seis pontífices, mostrando cómo el diálogo se convirtió en un estilo de vida eclesial:
– San Pablo VI: inauguró la estructura institucional del diálogo al crear el Secretariado para los no cristianos en 1964 y planteó en Ecclesiam suam la metodología de los círculos concéntricos de conversación con el mundo.
– San Juan Pablo II: otorgó visibilidad mundial a esta intuición al convocar el histórico Encuentro de Asís en 1986, donde líderes de diversas religiones oraron por la paz desde sus propias identidades. Articuló las dos exigencias inseparables de la misión: la fidelidad inquebrantable a Jesucristo y la apertura franca al diálogo sincero. En su encíclica Redemptoris missio (1990) reafirmó el valor permanente del mandato misionero. En su visita a la sinagoga de Roma (1986), llamó a los judíos «nuestros hermanos mayores».
– Benedicto XVI: vinculó el diálogo con la exigencia de la razón y la verdad, denunciando que el fundamentalismo y la violencia en nombre de Dios constituyen una falsificación radical de la religión. Consideró a los judíos como «padres en la fe».
– Francisco: impulsó la era de la «fraternidad universal» reflejada en la encíclica Fratelli tutti. Introdujo el modelo del poliedro y estableció una brújula ética para evaluar la autenticidad de cualquier religión: la atención concreta a la persona herida al borde del camino y el cuidado de los más pobres.
– León XIV: ratifica que «quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro». Propone tres palabras clave para todo diálogo: paz, justicia y verdad.
Luces, sombras y los cuatro niveles del diálogo interreligioso
Con notable realismo, la Nota no esquiva las resistencias existentes. Denuncia la persistencia de prejuicios, la creciente indiferencia en muchos países hacia cualquier forma de espiritualidad, el temor al relativismo doctrinal, el repunte del fundamentalismo, la instrumentalización política de la religión y la grave persecución que sufren muchas comunidades cristianas en el mundo.
Ante todo, reafirma la enseñanza del Concilio en Nostra aetate: «No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a comportarnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. […] La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación por motivos de raza o color, de condición o religión» (NA, 5).
Por su parte, la presente Nota señala: «El diálogo presupone una clara conciencia de la propia identidad religiosa y cultural, junto con una apertura real a la alteridad, condición indispensable para la convivencia en las sociedades pluralistas. Debe estar libre de ambigüedades, evitando el relativismo y el sincretismo, en el respeto a la máxima identidad y en el compromiso con el máximo diálogo» (Un camino de esperanza, 22).
Frente a las dificultades, el documento pone en valor los frutos cotidianos y silenciosos a través de las cuatro modalidades definidas en el documento Diálogo y anuncio (1991): 1) el diálogo de la vida: la convivencia pacífica entre vecinos de distintas creencias en pueblos y ciudades; 2) el diálogo de la acción: la colaboración en proyectos de justicia, solidaridad y ecología; 3) el diálogo teológico: el intercambio doctrinal riguroso entre expertos; 4) el diálogo de la experiencia religiosa: la comunión contemplativa y espiritual promovida por monjes y monjas.
En ese mismo documento se subraya que, siendo el anuncio de Cristo el corazón de la misión cristiana, el diálogo interreligioso no solo es compatible con este anuncio, sino que constituye una dimensión esencial y complementaria del mismo, como cauce para el testimonio cristiano.
A esos cuatro niveles se suman logros recientes como la Red de Mujeres para el Diálogo Interreligioso y la apertura al discernimiento fraterno con los seguidores de nuevas experiencias religiosas.
¿Por qué leer esta Nota hoy? Una «pedagogía de la esperanza»
La lectura de «Un camino de esperanza» resulta imprescindible para teólogos, educadores, agentes de pastoral y cualquier lector deseoso de comprender las claves del escenario sociocultural actual. El documento descarta rotundamente la idea de crear una religión mundial sincrética que aplane las diferencias. Por el contrario, invita a auditar nuestras actitudes para pasar de la lógica del aislamiento a la cultura del encuentro.
Este texto demuestra que dialogar no es renunciar a la verdad ni negociar la propia identidad. Es, más bien, el arte de comunicarse con paciencia y coraje, reconociendo en el diferente a un interlocutor y a un compañero de viaje.
«El diálogo que se abre en la estela de Nostra aetate –dice la Nota– no es un ejercicio meramente teórico, sino un compromiso ético y espiritual compartido, orientado a la paz, a la justicia y a la custodia de la casa común» (Un camino de esperanza, 35). Manifiesta que los creyentes –unidos de alguna manera– son testigos del amor de Dios y que son capaces también del diálogo con todos.
En cuanto a la pedagogía del diálogo, supone, ante todo, «una formación profunda en los seminarios, en los institutos teológicos y en los itinerarios pastorales. Ya no basta con proclamar la importancia del diálogo: ahora hay que vivirlo, proporcionar a los fieles las herramientas para participar en él de manera informada, crítica y serena». Entre los factores que favorecen y sostienen el encuentro y el diálogo interreligioso, se citan «el conocimiento de las religiones, la historia de las relaciones interreligiosas, la elaboración de directrices para el diálogo y la promoción de la alfabetización religiosa (religious literacy)» del mismo modo que es necesario integrar la comprensión de las cuestiones culturales y geopolíticas contemporáneas en la formación cristiana (Ibid., 48).
Al recorrer sus páginas, el lector encontrará en este documento un antídoto contra el desencanto y un llamamiento a convertirse en «constructor de puentes y artesano de la paz» en un mundo devastado por la violencia.





