Vaticano

Cardenal Bustillo: “Hay que recuperar los valores del Evangelio para reparar una vida social”

En esta entrevista, el cardenal franciscano François Bustillo, obispo de Ajaccio, analiza cómo la sociedad occidental contemporánea está profundamente fracturada y propone sanarla mediante un profundo proyecto relacional.

Javier García Herrería·17 de septiembre de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

En esta entrevista, el cardenal franciscano François Bustillo, obispo de Ajaccio (Córcega), analiza cómo la sociedad occidental contemporánea está profundamente fracturada y propone sanarla mediante un profundo proyecto relacional. Para lograrlo, el autor aboga por desarmar el “tribunal” de la sospecha y el linchamiento en las redes sociales, contraponiendo a este frenesí digital el silencio y la distancia reflexiva de la tradición monástica, que permite juzgar las cosas con calma y proporción.

Bustillo invita a una conversión de la mirada que reemplace el individualismo por el bien común —viendo al otro como un aliado en lugar de una amenaza— y exige un ejercicio de la autoridad política y eclesial basado en la humildad y la escucha, transformando las diferencias en una riqueza colectiva que permita reconstruir de forma conjunta el tejido social dañado.

Usted acaba de publicar Reparación. ¿Una sociedad rota puede sobrevivir?, sobre cómo sanar una sociedad fracturada. ¿Cuál es la tesis del libro?

—Con mucha sencillez, yo diría que comparto lo que decía Max Weber a principios del siglo XX: que estamos en “un mundo desencantado”. No puedo limitarme a constatar que el mundo va mal, que la sociedad va mal, o a hacer una lista de todo lo que no funciona en la sociedad. Mi objetivo —porque soy creyente y soy un hijo de la Resurrección— es decir cómo puede mejorar nuestra sociedad. Y quizás, en este sentido, tenemos que reconocer que, en nuestra sociedad occidental, hemos dejado de lado los valores y los principios del Evangelio.

Por eso, en el libro propongo, de una forma sencilla pero directa, volver a unos principios que hoy no se viven, pero que dan fuerza y solidez a nuestra sociedad: el amor, el perdón, no juzgar, no condenar, dar. Para mí, esos principios del Evangelio no son poesía, son las bases de una sociedad mejor, de una sociedad evangelizada y, porque es evangelizada, civilizada.

En la primera parte del libro apunta que estamos demonizando a políticos y a personas normales en las redes sociales.

—Vivimos en una sociedad en la que, con mucha tranquilidad, a través de las redes sociales y del poder mediático, engendramos polémicas: “Ha dicho, no ha dicho, estoy de acuerdo, no estoy de acuerdo…”. Creo que, en este punto, nuestra sociedad merece y necesita reflexión.

El sistema mediático y, sobre todo, el sistema de las redes sociales, es un mensaje muy básico y de principios muy primarios. Hay una mentalidad más de jueces que de filósofos. Se juzga y se condena sin tener los elementos ni los argumentos, en vez de ser filósofos que, ante las cuestiones, buscan soluciones a partir de una reflexión, no a partir de la emoción.

Efectivamente, somos humanos, no somos robots. Estoy de acuerdo con que tiene que haber emoción, pero hay un déficit de reflexión. Hemos de tomar un tiempo para profundizar sobre ciertos argumentos y no reaccionar de manera impulsiva y, muchas veces, injusta.

En este sentido, ¿qué escenas del Evangelio deberíamos tener más presentes para entender la postura cristiana en estos asuntos?

—Si cito ciertos pasajes del Evangelio es porque, al final, Jesús nos dijo hace dos mil años que tuviéramos cuidado con nuestros juicios. Cuando vemos, por ejemplo, a la mujer adúltera, los hombres de la ley están ya armados, ya la han condenado. Jesús desarma nuestra capacidad de juzgar y condenar sin saber todo. Nos pregunta quién está sin pecado. Parece que estamos en una sociedad en la que están los puros y los perfectos, por una parte, y los demás, por otra. Ese dualismo es peligroso para nuestra sociedad, porque no todo es blanco y negro, ni en la sociedad ni en nuestras vidas.

También vemos otros pasajes del Evangelio, como el de Juan el Bautista y la hija de Herodías: “Quiero la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja”. Hoy muchos piden la cabeza de otros, y eso también es peligroso. Por una parte, está la facilidad de “pedir la cabeza de alguien” porque no nos gusta o porque no está de acuerdo con nosotros. Por otra parte, quizás hoy no hay lapidaciones con piedras, pero lapidamos con libros, con tuits, con palabras. Muchas veces, con la escritura, vamos a manchar la dignidad de las personas. En una sociedad dura y violenta hay que recuperar los valores del Evangelio para reparar una vida social pacífica.

«Temos de tomar un tiempo para profundizar sobre ciertos argumentos y no reaccionar de manera impulsiva y, muchas veces, injusta»

Cardenal François-Xavier BustilloObispo de Ajaccio

A quienes se dedican profesionalmente a este mundo de las redes, a los misioneros digitales, ¿qué mensaje les daría?

—Las redes sociales, en sí mismas, son bellas. Pero no hay que idolatrarlas ni tampoco demonizarlas. Son medios para una finalidad: transmitir un mensaje.

Podemos transmitir un mensaje positivo o negativo. He visto que en Francia hay mucha evangelización a través de las redes sociales. Hoy, muchos de los jóvenes que se convierten en Francia y se acercan a vivir el Evangelio pasan por las redes sociales.

Hay que tener en cuenta esa facilidad de las nuevas generaciones para usar las redes sociales, por lo que tenemos que evangelizar ahí también. Hay algunos riesgos, se pueden utilizar mal, pero quizá hay que cambiar de mentalidad ahí también y tener, a través de las redes sociales, no solo palabras de maldición, porque somos duros, sino palabras de bendición.

Al final de las Misas, al final de las celebraciones, hay una bendición. Y, en la etimología, benedire es “decir bien”. Creo que es un reto excepcional para nuestra sociedad: tener palabras que no sean ingenuas, pero que digan cosas buenas de los demás. Para decir lo malo somos muy rápidos, pero para decir lo bueno tenemos mucho pudor y no somos muy libres.

Hay quien puede considerar ingenuos algunos mensajes de la Iglesia referidos a la paz o a la inmigración. ¿Qué piensa de esto?

—Hablé de esto hace tiempo en una entrevista en Francia, quizás con un poco de fuerza. Vivimos en una sociedad que predica el simplismo con el sistema de likes de Facebook. Estamos unos contra otros y no dejamos de poner etiquetas: soy de derechas, de izquierdas, moderno, carca, qué sé yo… Siempre etiquetas.

Corremos el riesgo de entrar en un sistema tribal, en el que protegemos a los nuestros y atacamos a los que no son como nosotros. La Iglesia católica tiene un mensaje universal. Esa es la originalidad y la potencia de la Iglesia católica.

Nosotros no formamos parte de un club elitista de puros y perfectos, en el que se protege a los nuestros y criticamos a los demás. El aspecto universal abre las fronteras. Yo creo que, en nuestra sociedad occidental, hemos olvidado una forma de catolicidad.

Quizá, en el aspecto más mundano y no católico, se juzga y condena, estando unos contra otros. Los católicos tenemos que estar por encima de eso. No porque seamos mejores, sino porque tenemos un ideal potente. Si no seguimos ese ideal, caemos con mucha facilidad en la ideología, porque todos tenemos ideas: queremos un bien, un ideal noble, pero podemos caer en la ideología. La ideología no tiene corazón. Ahí tenemos que tener cuidado. La Iglesia tiene un mensaje único para salir de las etiquetas. Jesús habla con el corazón apostólico.

Los cristianos no somos clones. ¿Quién podía poner juntos a Mateo, un recaudador de impuestos, y a Simón el Zelote, un nacionalista? Nadie, solo Jesús. Jesús y la Iglesia tienen ese deber de poner juntas a personas que quizá no tienen las mismas ideas, la misma visión. Que seamos distintos no quiere decir que seamos enemigos. Hoy en día, por desgracia y con mucha facilidad, lo que es la distinción o la diferencia, cae en la división. Hay que tener cuidado.

¿Cómo no caer en esta división en temas controvertidos o que se han podido interpretar mal, por ejemplo, en algunos referidos a la pastoral de las personas homosexuales?

—Hay temas que son delicados y difíciles porque, por una parte, para la Iglesia está clarísimo su ideal: el matrimonio es hombre y mujer. Con respecto a la doctrina sobre la homosexualidad, tenemos Amoris laetitia.

Ahora bien, vivimos una realidad, por ejemplo en Francia, con los catecúmenos, sobre todo los jóvenes que vienen a la Iglesia; muchos vienen con un pasado afectivo que no ha sido orientado ni guiado por la Iglesia. Creo, sin ingenuidad ni angelismos, que vamos a vivir un periodo —que me parece normal— en el que los que se acercan a la Iglesia lo hacen con su historia; son las ovejas perdidas, en muchos casos. Lo veo en Francia, gente de 20 o 40 años que viene de otro mundo, que no ha recibido educación religiosa, no conoce a Jesucristo, no conoce el Evangelio, no ha conocido el catecismo. Todo lo que antes para nosotros era «normal», natural, por la educación y la formación en el catecismo, ellos no lo tienen.

Entonces, ¿cómo acoger, sin puritanismo, por una parte, y, por otra, sin banalizar el ideal del Evangelio? ¿Cómo acompañar a estas personas? Por ejemplo, en la cuestión de los divorciados o los que no están casados y viven juntos y, de repente, piden el Bautismo. ¿Qué hacemos? ¿Miramos el pasaporte para ver si son puros y perfectos, y no acogemos a nadie? ¿Decimos que todo va bien, que no importa? Creo que la inteligencia de la Iglesia es la pastoral, también ad personam.

Es decir, hay que tener en cuenta qué está viviendo cada persona y conocer el derecho canónico y la moral. Hemos de preguntarnos luego: ¿cuál es el derecho canónico?, ¿cuál es la moral?, ¿por dónde pasa el bien para esta persona? Y ahí tenemos y vivimos una fase delicada para ajustar. Estamos creando ahora una base nueva, que no tenemos en Francia, para que desde la infancia tengamos una educación y sepamos lo que está bien, lo que no está bien, los principios, etcétera.

«Corremos el riesgo de entrar en un sistema tribal, en el que protegemos a los nuestros y atacamos a los que no son como nosotros. La Iglesia católica tiene un mensaje universal»

Cardenal François-Xavier BustilloObispo de Ajaccio

En su libro habla de la educación. Sin embargo, hay algunos colegios católicos en los que apenas se cuida la formación doctrinal, moral y sacramental, pero sí la social.

—Yo creo que eso es parte de la grandeza de la Iglesia católica, que dentro de ella hay tendencias progresistas y conservadoras. Eso nos salva de una forma de sectarismo.

Siempre habrá un sector de la sociedad católica que diga: “hay que ser más así”, “hay que tener más clara la doctrina, la moral”. Y otros que dirán: “bueno, hay que ser más abiertos”. Lo que tenemos que evitar es lo que hemos visto con sufrimiento en Francia: que haya un sector que se separe de la Iglesia y ordene cuatro obispos sin mandato pontificio.

El 8 de mayo de 2025, cuando León XIV fue elegido y salió al balcón de la basílica de San Pedro, habló de unidad y de paz. ¿Cómo trabajamos dentro de la Iglesia por la unidad y por la paz? ¿Cómo trabajamos para evitar que haya una forma de dureza que nos separe?

Que haya tendencias distintas en la Iglesia, para mí, no es un problema. Lo importante es que no se dogmatice, como en los años 70, 80 y 90 del siglo pasado en Francia, cuando algunos que se decían modernos y abiertos, entendían esto como que cada uno hiciera lo que le diera la gana, que para celebrar Misa bastaba con una estola. A partir de 2010, tenemos a otro sector que pasa al extremo opuesto.

¿Cómo evitar estas divisiones? A veces, a quienes son más rígidos, les digo que tengan cuidado, no vaya a ser que dentro de 40 años vayan a tener la reacción opuesta, con curas que vayan a celebrar como en los años 70.

¿Cómo, con la inteligencia, la sabiduría y la experiencia de la historia, evitamos estos extremos? ¿Cómo evitamos la fractura de la Iglesia en Francia el pasado mes de julio? Creo que la Iglesia en Francia hoy ha buscado un equilibrio bastante sano.

En su libro habla mucho del cambio que debemos realizar, tanto creyentes como no creyentes, para tener una visión más social. ¿Esta conversión pasa por el confesionario?

—La Confesión ahora está de moda en Francia. Tenemos un coach para la alimentación, para el deporte, para la opinión pública… Para todo. En Francia está volviendo un poco a descubrirse la Confesión como ese espacio de intimidad en el que creces humanamente.

En la Confesión, muchos han puesto el foco solo en el aspecto moral y no en el aspecto espiritual: en cómo es tu relación con Dios, cómo creces interiormente, cómo eres mejor… Eso es lo que parece más interesante en la Confesión. Hay que descubrir este sacramento como un espacio en el que crecemos espiritualmente y luchamos por comportarnos de manera coherente con nuestra fe.

Libro

Título: Reparación
Autor: Cardenal François Bustillo
Editorial: Palabra
Páginas: 158
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