En el primer artículo dedicado al hebreo, vimos cómo esta lengua, que se había dado por muerta durante siglos, volvió a hablarse entre finales del siglo XIX y el siglo XX, hasta convertirse en la lengua oficial del Estado de Israel, un poco como si el latín volviera a ser la lengua corriente de un país moderno.
Hoy en día, un número cada vez mayor de estudiosos se plantea una pregunta: ¿en la época de Jesús todavía se hablaba hebreo? ¿O acaso Cristo y sus contemporáneos se expresaban exclusivamente en arameo?
¿La lengua de Jesús: el arameo?
Partamos de un hecho ineludible: Jesús era judío y vivía en un contexto judío. Como buen judío, debía conocer las Escrituras judías, el alfabeto y la Ley. El hecho de que, además, fuera capaz de debatir con los eruditos de su época demuestra que su nivel de conocimiento sobre las cuestiones relacionadas con su fe no era el de un principiante. Por consiguiente, debía conocer el hebreo culto, además de ser la lengua sagrada, utilizada para el estudio de las Escrituras, la oración, la memoria nacional y la reflexión religiosa.
Sin duda, en el siglo I de nuestra era, el hebreo había perdido su “estatus” de lengua hablada predominante en la zona que hoy se conoce como Palestina.
En su lugar, había surgido el arameo, no solo como lengua «vulgar», es decir, de la vida cotidiana, sino más bien como “lengua franca” extendida por todo Oriente Medio como instrumento de comunicación no solo cotidiano, sino también administrativo y cultural, hasta tal punto que algunos pasajes del Antiguo Testamento están redactados en este idioma: partes de los libros de Esdras y Daniel, además de palabras o expresiones sueltas en otros textos .
A esta situación se deben los “Targumim”, traducciones y paráfrasis arameas de la Biblia destinadas a la lectura pública y a la explicación de los textos sagrados (vienen a la mente las lecturas y los comentarios de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm y en otros lugares) para la gente común, que hablaba sobre todo ese idioma.
Por lo tanto, se puede afirmar que Jesús hablaba habitualmente arameo, tanto por lo ya mencionado como porque en los propios Evangelios ciertas expresiones o términos que él utilizaba se recogen fielmente en esta lengua: “Abbá, Talit kum, effatá, Eloí, Eloí, lemá sabactáni” (probable referencia a un “Targum”).
Sin embargo, hemos dejado claro que también debía conocer el hebreo. Si además tenemos en cuenta que la Palestina de aquella época era un país en el que convivían codo con codo diversas lenguas, culturas y religiones, resulta plausible que Jesús y los discípulos tuvieran al menos un conocimiento mínimo del griego, lengua administrativa y comercial de la parte oriental del Imperio romano.
El arameo
El hebreo y el arameo son lenguas hermanas, pero no son la misma lengua. Ambas pertenecen al grupo «norteño» de las lenguas semíticas; el hebreo forma parte del subgrupo de las lenguas cananeas (junto con el fenicio, el moabita, etc.). Una comparación aproximada, pero eficaz para los lectores, podría ser la siguiente: el arameo se relaciona con el hebreo más o menos como el rumano con el italiano.
La zona de origen y desarrollo del hebreo fue la Tierra de Canaán (no solo Palestina, sino también el Líbano y parte de Siria y Jordania), mientras que la del arameo fueron las regiones de Siria en torno a Damasco, desde donde se extendió, especialmente entre los siglos V y IV a. C., por todo el Cercano y Medio Oriente, desde Egipto hasta Afganistán.
El arameo siguió siendo “la lengua franca” de esa zona al menos hasta el siglo VII, cuando comenzó a ser sustituido por el árabe, sin por ello dejar de existir. Sin embargo, ya antes de la conquista islámica se había diversificado en varias variedades: el judeoarameo, el samaritano, el nabateo (influenciado por el árabe y que, a su vez, influyó en el árabe, sobre todo en el alfabeto, que deriva precisamente del nabateo), el palmireno, el siríaco (una de las grandes lenguas del cristianismo oriental y que también influyó en el árabe) y otras más.
¿Y el hebreo?
Hasta 1947, muchos estudiosos estaban convencidos de que, tras el exilio babilónico, el hebreo había sido abandonado definitivamente como lengua hablada en favor del arameo.
El descubrimiento de los Manuscritos de Qumrán, en cambio, ha llevado a reconsiderar esa idea gracias al hallazgo, en los textos encontrados en las famosas cuevas, de una lengua hebrea viva no solo en la liturgia y en el contexto religioso, sino también en la poesía y en la correspondencia de comunidades contemporáneas o cercanas cronológicamente a Cristo.
Existe, además, la convicción de que una forma de hebreo más evolucionada que el bíblico —el hebreo mishnaico, al que ya nos hemos referido — era la que se hablaba efectivamente en algunos ámbitos de Judea hasta la revuelta de Bar Kojba y la aniquilación casi total de la presencia judía en Palestina por parte de los romanos, en el año 135 d. C.
La lengua del pueblo
Imaginemos la Jerusalén del año 30 d. C.: un templo abarrotado de judíos y prosélitos de todas partes, extranjeros, romanos, griegos y… galileos. Estos galileos, por otra parte, hablaban la misma lengua que los judíos (como hemos visto, el arameo en su forma coloquial, no la «clásica»), pero, según nos cuentan las crónicas, no se les tenía en gran estima, tanto por su carácter irascible como por su forma de hablar, considerada un tanto tosca.
Fuentes rabínicas posteriores, en el Talmud, cuentan que se hacían bromas sobre los galileos por la pronunciación «confusa» de algunas consonantes guturales: “alef, he, ḥet y ‘ayin”, letras que tienen todas un sonido propio y distinto, pero que en Galilea se articulaban de la misma manera.
En una anécdota, por ejemplo, se burlan de un galileo que entra en un mercado y pregunta por algo que suena más o menos como «amar». El vendedor le responde: «¡Galileo tonto! ¿Buscas un asno para montar (ḥamār), vino (hamar), lana (‘amar) o un cordero (‘immar) para el sacrificio?».
Incluso los Evangelios confirman que, durante la Pasión de Cristo, a Pedro se le reconoce como galileo porque su acento lo delata.
Sería un poco como hoy, en Italia, reconocer a un toscano por la «gorgia» (aspiración de la letra «c», por lo que «casa» se pronuncia «hasa») o, en España, a un andaluz por su pronunciación (o falta de pronunciación) de las «s» finales.
He aquí, en la práctica, el variado panorama lingüístico de aquella época:
- Hebreo: lengua litúrgica, culta, escrita, quizá también vernácula para algunas clases sociales y comunidades de Judea;
- Arameo: lengua popular, de los mercados, de la vida cotidiana (en sus diversas variantes);
- Griego: lengua intercomunitaria y administrativa, pero también dominante en algunas zonas «paganas» como la Decápoli ;
- Latín: presente sobre todo en el ejército y entre los notables romanos.
Carmignac y el trasfondo semítico
En este contexto se enmarca la obra de Jean Carmignac, gran estudioso de los manuscritos de Qumrán. Carmignac sostenía que el Evangelio de Mateo se había redactado originalmente en hebreo y que, al menos en parte, los demás sinópticos dependían de fuentes semíticas muy antiguas . Consideraba, además, que Jesús había enseñado el «Padre Nuestro» en hebreo.
Aunque muchos exégetas no comparten su tesis, su trabajo ha vuelto a centrar la atención en la necesidad de tener en cuenta el trasfondo semítico de los Evangelios . De hecho, los manuscritos de Qumrán permiten comparar el griego evangélico con estructuras, fórmulas, imágenes, vocabulario y recursos poéticos que se atestiguan realmente en el hebreo y el arameo de la antigua Palestina, para «escuchar» el griego de los Evangelios con un oído más atento al mundo lingüístico del que procede.
Jesús, al igual que los demás maestros judíos de su época, enseñaba mediante palabras destinadas a ser recordadas: parábolas, imágenes sorprendentes, antítesis, paralelismos, repeticiones y fórmulas breves. No se trataba de simples adornos retóricos, sino de instrumentos de la memoria oral.
Cuando un discurso pasa del hebreo o del arameo al griego, y luego del griego a las lenguas modernas, puede perder juegos fónicos, paralelismos y ambivalencias. La traducción transmite el mensaje sin lograr preservar su musicalidad.
La casa del pan
Una observación de filología semítica, con la que me topé al leer “Introducción a las lenguas semíticas”, de Giovanni Garbini y Olivier Durand, ofrece una clave sugerente para abordar el nombre de Belén.
En hebreo, Bet-leḥem significa «casa del pan»: “bet” es la casa y “leḥem”, el pan. En árabe, en cambio, Beyt-laḥm significa «casa de la carne», mientras que “laḥm” significa «carne». En soqotri, lengua semítica meridional hablada en la isla de Socotra, la palabra “leḥem” designa el pescado.
La raíz semítica “l-ḥ-m” se encuentra, por tanto, en términos que, en diversas lenguas semíticas, designan formas esenciales de sustento en función de la ubicación geográfica o del carácter sedentario o no de la población a la que pertenece una lengua: pan, carne, pescado.
Una interpretación personal mía, a la que me ha llevado esa lectura, es que, si Belén sigue siendo, en hebreo, la «casa del pan», a la luz de esa raíz compartida, también puede contemplarse como la casa del verdadero alimento, aquel del que no se puede prescindir.
Para los cristianos, esto tiene una resonancia inmediata. Belén es el lugar de nacimiento de aquel que, en el Evangelio de Juan, dirá: «Yo soy el pan de vida».
Un estudio en profundidad de los antecedentes hebreos y semíticos de los Evangelios y de su contexto cultural puede, por tanto, ayudar a comprender con mayor profundidad el significado de la vida y del mensaje cristiano.





