¿Dónde empieza la belleza?

La belleza nace de nuestra manera de mirar y puede transformar la percepción de la realidad, el encuentro con los demás y el cuidado de la dignidad humana.

19 de septiembre de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
belleza mirada

¿Por que vemos, escuchamos, tocamos…? Sabemos hoy que los sentidos capturan estímulos físicos o químicos específicos y los convierten en un lenguaje eléctrico que el cerebro descodifica. Ningún sentido imprime o transporta percepciones.

La prioridad del uso de los sentidos ha pasado evolutivamente del olfato y el oído a la vista, que se ha convertido en el sentido dominante. Incluso la estructura ósea de la cara sufrió un cambio radical, se achicó el hocico y los ojos se adelantaron. La vista desarrolló una visión del color avanzada y el cerebro humano reasignó sus áreas de procesamiento.

Los sentidos y la percepción

Esta maravillosa máquina -a la que llamamos cuerpo-, de la que depende la vida humana, nos da la posibilidad de conocer lo que le rodea, pero además de sentir y expresar a través de ella. El estímulo exterior es procesado por el cerebro, evaluado emocionalmente y finalmente relacionado con el significado y el reconocimiento.

A finales de 1990, los estudios de neuroestética ponen en diálogo filosofía, arte y ciencia, permitiendo observar algunos de estos procesos mediante técnicas de imagen cerebral. El neurobiólogo Semir Zeki ha estudiado la relación entre percepción y belleza. Sus investigaciones muestran que la experiencia de lo bello implica áreas relacionadas con la recompensa, la memoria y el procesamiento emocional. 

Cuando la belleza despierta

Podríamos decir que la experiencia comienza cuando algo llama nuestra atención, tratamos de comprenderlo y, cuando se produce una conexión, aparece el placer de haber encontrado un sentido. A cada una de estas experiencias cada quien le asigna -consciente o inconscientemente- un valor. 

La belleza es, en primer lugar, el resultado de una valoración. Es cierto que existen componentes universales de la belleza, vinculados a determinados patrones que resultan atractivos para muchas personas y que nuestro cerebro parece procesar con mayor facilidad. Por ejemplo, la admiración por la naturaleza ha sido, en todos los tiempos y culturas, un factor común.

Desde esta perspectiva, la belleza no reside únicamente en el objeto que contemplamos. Tiene lugar también en nosotros. Es una experiencia en la que aquello que vemos se encuentra con nuestra memoria, sensibilidad e historia.

Asimismo lo que en una cultura se considera armónico puede resultar extraño en otra. La belleza, entonces, no depende exclusivamente de la perfección de una forma. Hay elementos objetivos que pueden favorecer nuestra percepción de lo bello -la simetría, el equilibrio, la armonía-, pero también intervienen nuestra memoria y herencia. Miramos desde lo que somos.

Zeki ha medido de forma cuantitativa la actividad neuronal asociada a los juicios estéticos y morales y plantea una relación entre ambas experiencias. Nuestro cerebro puede reaccionar ante la belleza de una obra de arte, pero también ante la belleza que reconocemos en un gesto humano. Un acto de bondad puede suscitar admiración.

Belleza y bondad

La belleza, cuando se comprende de verdad, puede ser una forma de cuidado. Cuidar la belleza de la vida cotidiana, de los espacios que habitamos o de nuestros propios gestos es también una manera de cuidar la dignidad humana. Lo bello no sería solamente aquello que contemplamos, sino también aquello que nos invita a tratar con amor la realidad y a los demás.

Ante el desbordamiento que provoca lo bello, y allí donde las palabras no llegan a transmitir lo que el hombre siente, aparece el lenguaje del arte. La manera de representar lo bello habla de una forma de mirar la realidad. El arte contemporáneo nos ha mostrado que también puede haber belleza en lo roto, en lo incierto y en aquello que inicialmente nos incomoda. A veces, la belleza no está en la perfección de las cosas, sino en su capacidad para revelar una verdad.

Desde la tradición clásica y el pensamiento cristiano, lo bello, lo bueno y lo verdadero han mantenido una relación estrecha. Pero quizá convenga no convertir esa relación en una fórmula cerrada. La belleza no consiste en buscar el reflejo de nuestros propios cánones, sino en aprender a mirar al otro hasta descubrir en él una verdad que todavía no sabíamos ver. 

La mirada que se deja transformar por la belleza puede atravesar la diferencia sin negarla y convertir el encuentro con el otro en una forma de reconocimiento. En ese movimiento, de la contemplación al encuentro, la belleza puede ayudarnos a comprender quiénes somos y a reconocer, en el otro y en el mundo, la huella de su Creador.

El autorPeca Macher

Peca Macher es arquitecta y curadora de arte, fundadora de Präsenz, un proyecto que integra arte, educación y liderazgo consciente a través de la pausa, la mirada y la escucha. Con más de 25 años de experiencia en gestión y reflexión cultural, escribe e investiga sobre memoria, experiencia estética y el arte como herramienta de transformación personal y social. Es autora del libro Präsenz. El arte como herramienta de transformación humana y educativa.

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