Cuando el sueño de la razón aterroriza

Tenemos que aceptar que la belleza, la bondad y la verdad pueden revelarse cuando dejamos de intentar dominar la experiencia.

16 de agosto de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
Fuego

(Unsplash / Ricardo Gómez Ángel)

Cuando miramos, lo primero que hacemos, consciente o inconscientemente, es preguntarnos si conocemos aquello que tenemos delante, a qué se parece o qué nos recuerda. Ese reconocimiento activa emociones asociadas al estímulo. Después construimos una narración propia y evaluamos la experiencia.

El mundo no es neutro. Entra en nosotros a través de los sentidos y provoca una respuesta. La mente identifica una emoción y, mediante la memoria y la inteligencia, la transforma en un sentimiento y la interpreta. Como señala Byung-Chul Han, “los sentimientos son narrativos. Las emociones son impulsivas”. (“La salvación de lo bello”).

Ante un estímulo experimentamos placer o dolor y aparece, casi automáticamente, la posibilidad de enfrentarlo o huir. Interpretamos la realidad desde nuestra propia perspectiva y, a partir de ahí, regulamos nuestra conducta y nuestra relación con los demás y con el mundo. Prestar atención a este proceso introduce una pausa entre el estímulo y la reacción y nos permite decidir si reaccionar o responder.

El miedo y los límites de la razón

El miedo es una de las emociones más primitivas y aparece casi inmediatamente ante determinados estímulos. El miedo a la oscuridad es uno de los primeros miedos que experimentamos. Allí donde falta comprensión, la imaginación puede llenar el vacío con amenazas. La razón actúa entonces como una luz que permite distinguir y comprender lo desconocido.

Pero hay experiencias, como la muerte o el dolor, ante las que la razón no siempre encuentra respuestas. Frente a aquello que nos sobrepasa podemos huir, escondernos o rendirnos.

Huir es la respuesta más automática. Esconderse significa protegerse, ponerse máscaras, interpretar personajes o levantar muros. La tercera posibilidad es rendirse. No significa abandonar, sino reconocer que estamos ante algo que excede nuestro control y aceptar el límite de nuestra capacidad de comprender.

La contemplación del arte y la convivencia de opuestos

Algo parecido ocurre ante una obra de arte. Frente a ella buscamos identificar, comprender qué representa, qué significa, a qué se parece o cómo fue hecha. La mente intenta rápidamente construir una explicación y cerrar la experiencia. Contemplarla exige permitir que la obra actúe sobre nosotros antes de apresurarnos a interpretarla.

El arte puede hacer algo distinto con aquello que nos atemoriza. Alumbra porque juega con la sombra, con lo roto y con lo feo, sin esconderlos ni rehuirlos. Los mira y los transforma, haciendo convivir lo bello y lo terrible, la luz y la oscuridad, lo que comprendemos y lo que permanece como pregunta. Busca así una unidad perdida entre los opuestos.

Rendirse ante una obra de arte no significa renunciar a la razón, sino permitir que llegue después. Aceptar que no todo tiene que ser interpretado. Permanecer ante aquello que no comprendemos puede abrir una pregunta y convertirse en una forma de conocimiento.

El ruido digital y el valor del silencio

Para ello necesitamos una pausa. Y la pausa necesita silencio.

Vivimos en un tiempo en el que el silencio incomoda. Imágenes, palabras, notificaciones e información ocupan cualquier vacío. Los algoritmos captan aquello que atrae nuestra atención y el miedo, la indignación y la confrontación suelen ser más eficaces que la calma para retenerla. Mientras creemos elegir lo que vemos, podemos quedar atrapados en narrativas que alimentan nuestros temores, polarizan nuestra mirada y levantan muros entre nosotros y los otros.

En ese vacío podemos recuperar la distancia necesaria para observar qué nos está afectando, en qué estamos creyendo y hacia dónde está siendo conducida nuestra atención. Allí donde el ruido busca provocar una reacción inmediata, el silencio introduce una pausa. Y en esa pausa podemos volver a mirar.

Aprender a atender: lecciones de la brisa y el agua

El relato de Elías en el Primer Libro de los Reyes lo expresa con fuerza. El profeta sale de la cueva y busca a Dios en el viento, en el terremoto y en el fuego. “Pero el Señor no estaba” allí. Después llega “el murmullo de una brisa suave” y es allí donde Elías reconoce su presencia.

Lo esencial no siempre irrumpe con fuerza. A veces exige detenerse, escuchar y permanecer.

Algo parecido sucede con Pedro cuando camina sobre el agua. Mientras mantiene la mirada en Cristo, avanza. Pero cuando siente el viento y tiene miedo, deja de rendirse. Busca controlar y comienza a hundirse. El miedo ha desplazado su atención al corazón para buscar fundamentos en la razón.

Elías y Pedro nos hablan, de maneras distintas, de una misma disposición: aprender a atender. No todo lo importante reclama nuestra mirada con estruendo. Algunas cosas solo pueden percibirse cuando hacemos silencio.

La revelación de lo esencial sin dominación

Contemplar exige hacer silencio. Permanecer ante aquello que no comprendemos es aceptar que la belleza, la bondad y la verdad pueden revelarse cuando dejamos de intentar dominar la experiencia.

El autorPeca Macher

Peca Macher es arquitecta y curadora de arte, fundadora de Präsenz, un proyecto que integra arte, educación y liderazgo consciente a través de la pausa, la mirada y la escucha. Con más de 25 años de experiencia en gestión y reflexión cultural, escribe e investiga sobre memoria, experiencia estética y el arte como herramienta de transformación personal y social. Es autora del libro Präsenz. El arte como herramienta de transformación humana y educativa.

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