Dichosos los que creen sin haber visto.
Ver no es lo mismo que reconocer. Tocar y palpar no son lo mismo. Oír y escuchar, tampoco. Percibimos el mundo a través de los sentidos y es la vista en la que principalmente nos apoyamos. Nuestra percepción sensorial no es neutra. Está orientada, atravesada por la atención, por lo que buscamos, por lo que esperamos encontrar. No recibimos simplemente lo que hay; interpretamos desde un horizonte previo de sentido. Cuando vemos lo hacemos desde lo que esperamos, lo que ya sabemos y lo que estamos dispuestos a admitir. Por eso, lo evidente no siempre se impone.
A partir de lo sensible construimos conocimiento. Nombramos, clasificamos, abstraemos. Esos conceptos que guardamos en la memoria ordenan la realidad y a la vez la recortan. Seleccionan qué cuenta como dato y qué queda fuera. La percepción requiere presencia mientras que la interpretación decide su sentido.
Reconocer lo que vemos
En el Evangelio según san Juan, María Magdalena llega al sepulcro con la expectativa precisa de encontrar un cuerpo. La ausencia no encaja en ese marco. Ve los signos -la piedra movida, los lienzos-, pero no alcanza a mirarlos. Incluso cuando Cristo está delante, lo confunde. No falta información. Falta una forma de reconocer lo que desborda lo esperado. Existe allí un límite en la interpretación de lo que los sentidos perciben.
Algo similar ocurre en el camino de Emaús. Los discípulos escuchan, pero no comprenden. El contenido es accesible, pero no disponen todavía de la clave que lo ordena. Tienen la atención puesta en su propio dolor y decepción. No son capaces de encontrar la manifestación del amor de Dios en el dolor. Hasta que dirigen la atención a sus propios corazones ardientes ante Cristo que parte el pan.
La tumba vacía no es solo un vacío físico. Es un punto de inflexión. Nos obliga a revisar el marco desde el que se interpreta la realidad. La fe no sustituye la percepción, introduce un criterio nuevo de lectura que excede el de la razón. No añade un objeto más; altera el modo en que lo dado se entiende.
En ese sentido, vacío y lleno dejan de ser términos excluyentes. El vacío puede operar como condición de aparición.
Posibilidad en el vacío
En la escultura de Jorge Oteiza, el vacío no es ausencia de trabajo, sino su resultado. El vacío que podría ser considerado como resto se convierte en espacio activado. La materia se retira para hacer posible otra forma de presencia. Lo que se percibe es más que volumen, es tensión entre lo que está y lo liberado. Ahí el vacío que podría remitir a carencia, es posibilidad.
También en la experiencia simbólica lo material no se agota en sí mismo. Funciona como mediación. Hace accesible el significado, no lo esconde.
La cuestión es reconocer el alcance de la razón sin abandonarla. No todo lo real se deja estabilizar en conceptos. Hay un tipo de conocimiento, de reconocimiento que exige implicación, tiempo y una atención que no se limita solo a identificar. Exige rendición.
En ese marco, vaciarse no significa negarse, significa más bien suspender libre y voluntariamente la pretensión de control sobre lo que aparece. Introducir una distancia respecto a las propias expectativas para que lo real no quede reducido a ellas.
Educar la mirada
En nuestro mundo sensible eso que tocamos, vemos, escuchamos, olemos, gustamos lo podemos convertir en símbolo. El hombre se conecta con aquello que lo sobrepasa a través de símbolos. Como formas de leer la experiencia sin caer en categorías cerradas. En ese horizonte, lo material no se opone a lo espiritual. Se abre a un proceso.
Caminar con Cristo en su Pasión y en la Resurrección exige esa apertura. Aprender a mirar, a escuchar, a tocar de otro modo. No se trata de abandonar la razón, sino dejar que no sea lo único que determine lo que vemos.
La fe educa esa mirada. Ensancha la capacidad de reconocer sin añadir algo externo. Hace visible lo que estaba ahí, pero no habíamos sabido mirar.
Y, como en la obra de arte, esa transformación no se queda en uno mismo. Quien aprende a mirar se convierte también en mediación para otros. En un lugar donde algo puede ser visto, que no se cierra sobre sí, sino que abre espacio.
Esa transformación afecta al modo en que uno se sitúa ante lo que tiene delante. Y, a veces, hace posible que otros también vean. No como conclusión, sino como apertura.
Peca Macher es arquitecta y curadora de arte, fundadora de Präsenz, un proyecto que integra arte, educación y liderazgo consciente a través de la pausa, la mirada y la escucha. Con más de 25 años de experiencia en gestión y reflexión cultural, escribe e investiga sobre memoria, experiencia estética y el arte como herramienta de transformación personal y social. Es autora del libro Präsenz. El arte como herramienta de transformación humana y educativa.





