A medida que avanzamos gradualmente en el tiempo pascual, las lecturas del Evangelio comienzan a dirigir nuestra mirada hacia la fiesta de la Ascensión y Pentecostés. Vemos a Cristo preparando a sus discípulos para su partida y prometiendo la presencia permanente del Espíritu Santo que guiará a la Iglesia.
En el Evangelio de hoy, Jesús acaba de hablar de su partida. Percibe la ansiedad de sus discípulos y les dice: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí”. Habla de irse y de volver, precisamente para estar con ellos de una manera definitiva: “volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros”. Jesús quiere que estemos donde Él está. Ese es el significado más profundo de la salvación: la comunión con Él y, por medio de Él, con el Padre. Él va delante de nosotros para prepararnos un lugar. Pero es Tomás quien da voz a un corazón inquieto: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”.
En este tiempo de partida y retorno, se nos recuerda dónde permanece Cristo con su Padre. Este misterio se hace concreto en la vida de la Iglesia. Cristo permanece presente en su Iglesia. En la Iglesia encontramos a Cristo, que es “el camino, y la verdad y la vida”, quien nos conduce al Padre, fuente y culmen de nuestra existencia y del camino de la vida.
La segunda lectura, tomada de la primera carta de Pedro, describe a la Iglesia como un templo vivo edificado sobre Cristo, la “piedra viva”. Él es la piedra angular, el que mantiene todo unido. Pero también es la piedra que algunos rechazan, la piedra sobre la cual algunos tropiezan. La Iglesia, edificada sobre Él y formada por “piedras vivas”, participa de este mismo misterio.
La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra esta realidad en acción. La primera comunidad cristiana experimentó tensiones: los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque sus viudas eran desatendidas en el servicio diario. La diversidad cultural provocó incomprensiones y divisiones. Sin embargo, como la Iglesia estaba edificada sobre Cristo, se encontró una solución. Los Apóstoles discernieron, delegaron responsabilidades y así preservaron la unidad de la Iglesia. La debilidad humana no destruyó la Iglesia.
Esta es la Iglesia a la que pertenecemos: una realidad diversa, unida en Cristo, en la que cada uno de nosotros es una “piedra viva”. Como miembros vivos de la Iglesia, el apóstol Pedro nos llama “un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios”. Esta es nuestra dignidad y también un don. Al mismo tiempo, tenemos la misión de anunciar las maravillas de Cristo. Estamos llamados a ser fieles a este don que Dios ha dado a la Iglesia y a no permitir que nuestras limitaciones humanas la destruyan.
Así, la pregunta de Tomás se convierte también en la nuestra: «¿cómo podemos saber el camino?» Conocemos el camino permaneciendo en Cristo. Permanecemos en Cristo permaneciendo en su Iglesia como piedras vivas. El camino hacia el Padre no es un mapa, sino una persona viva, una realidad viva.





