Vaticano

El cardenal David pide acompañar a las familias en sus dificultades reales

El cardenal David invita a acompañar a las familias vulnerables desde la escucha y la cercanía, sin juzgarlas por sus circunstancias.

Redacción Omnes·12 de octubre de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
familias

El cardenal Pablo Virgilio Siongco David, obispo de Kalookan, en Filipinas, ha defendido la necesidad de acompañar a las familias en situaciones complejas sin juzgarlas de antemano, sino escuchando sus historias y comprendiendo las dificultades que afrontan. Así lo ha expuesto durante el encuentro «Diez años después de Amoris laetitia: anunciar el Evangelio con las familias hoy», celebrado este lunes en el Vaticano con el Papa León XIV, los jefes de las Iglesias Orientales Católicas y los presidentes de las conferencias episcopales. En su intervención, el purpurado ha subrayado que la misión de la Iglesia consiste en acercarse a las personas allí donde viven y sufren.

Desde su experiencia pastoral en una diócesis que comprende tres ciudades densamente pobladas del área metropolitana de Manila, el cardenal ha explicado que muchas familias viven condicionadas por la pobreza, la migración, la violencia, las adicciones, el encarcelamiento, la injusticia y la precariedad laboral. Estas circunstancias, ha señalado, pueden limitar gravemente su libertad y su capacidad para vivir el ideal cristiano de la familia.

David ha recordado el caso de un padre que se ocupaba de sus cuatro hijos tras separarse de su pareja y que fue asesinado. Sus familiares tuvieron que hacerse cargo de los niños, el menor de tres años y el mayor de doce. «¿En qué categoría deberíamos clasificar a una familia así?», se ha preguntado, para mostrar que la fragilidad familiar no depende únicamente de las decisiones personales.

Escuchar antes de juzgar

El purpurado ha destacado la importancia de Amoris laetitia, la exhortación apostólica del Papa Francisco sobre el amor en la familia, que invita a acompañar a las personas en el camino que separa el ideal cristiano de sus circunstancias concretas. Según ha explicado, este enfoque permite discernir cada situación, favorecer un crecimiento gradual y reconocer la acción de la gracia incluso en vidas marcadas por la debilidad y la imperfección.

En su diócesis, esta perspectiva cobró especial importancia durante la violenta campaña contra las drogas ilegales, que dejó numerosas víctimas en las comunidades más pobres. La Iglesia acompañó a las familias que perdieron a padres, hijos, maridos y hermanos, algunas de las cuales incluso temían llorar públicamente a sus seres queridos por las sospechas que podían recaer sobre ellas.

«Nuestra primera reacción durante los años de la guerra contra las drogas no fue, en realidad, un programa. Fue la presencia», ha afirmado el cardenal. Los misioneros visitaron a las familias en duelo, las escucharon sin juzgarlas y rezaron con ellas. El sufrimiento compartido permitió que viudas y padres que habían perdido a sus hijos establecieran vínculos de apoyo mutuo, que poco a poco dieron lugar a una comunidad.

Las Estaciones Misioneras, comunidades de acompañamiento

Esta experiencia contribuyó a la creación de las Estaciones Misioneras, pequeñas comunidades eclesiales establecidas en barrios urbanos pobres a los que las estructuras parroquiales habituales apenas conseguían llegar. Sacerdotes, religiosos y misioneros laicos comenzaron recorriendo las calles, visitando las casas y escuchando a sus habitantes. Con el tiempo, los propios vecinos, entre ellos viudas, jóvenes, antiguos drogodependientes y familias, se convirtieron en acompañantes y guías pastorales.

El cardenal ha explicado que muchos católicos pobres se identificaban como miembros de la Iglesia y conservaban imágenes religiosas o rosarios en sus hogares, pero no sentían que pertenecieran realmente a la comunidad eclesial. Algunos consideraban que la parroquia era un lugar reservado a personas con recursos económicos, cultura o determinada posición social.

Ante esta realidad, la diócesis cambió la pregunta: en lugar de preguntarse por qué esas personas no acudían a la Iglesia, comenzó a plantearse si era la Iglesia la que debía ir a su encuentro.

«La presencia se convirtió en el punto de partida de la misión», ha señalado David, quien considera que estas comunidades han enseñado a su diócesis a escuchar antes de hablar y a reconocer a Cristo ya presente entre los pobres. «A menudo descubrimos que Dios ya ha llegado allí antes que nosotros», ha añadido.

Las familias no deben afrontar solas sus dificultades

Para el cardenal, una familia vulnerable necesita algo más que consejos pastorales: necesita una comunidad que la ayude a soportar aquello que ya no puede llevar por sí sola. Por eso, ha planteado la necesidad de comprobar si quienes se sienten solos encuentran compañía y si quienes tienen miedo recuperan el valor gracias al apoyo de otros.

El acompañamiento, ha explicado, no consiste únicamente en lo que un sacerdote o un agente pastoral hace por una familia, sino en lo que toda la comunidad cristiana aprende a ser a su alrededor.

La Sagrada Familia también ofrece una clave para comprender esta realidad. David ha recordado cómo la violencia política obligó a José a huir a Egipto con María y el niño Jesús, mientras que otras familias no tuvieron la misma suerte y sufrieron la muerte de sus hijos en Belén. Así, el Evangelio de la familia no presenta un ideal abstracto ajeno al sufrimiento humano, sino a Emmanuel, Dios con nosotros, que entra en la fragilidad de la vida.

Además, quienes reciben acompañamiento pueden convertirse después en acompañantes de otros. Las viudas ayudan a otras viudas, quienes salen de las adicciones apoyan a quienes atraviesan el mismo proceso y las familias que recibieron ayuda comienzan a ofrecerla a los demás. De este modo, personas que antes creían no tener un lugar en la sociedad descubren capacidades de liderazgo y servicio.

«Dejan de ser meros destinatarios de la atención pastoral. Se convierten en protagonistas de la misión», ha afirmado el cardenal.

En esta línea, ha concluido que la invitación de Amoris laetitia exige preguntarse no solo hasta qué punto las familias se acercan al ideal cristiano, sino también hasta qué punto la Iglesia está dispuesta a acercarse a ellas en sus dificultades reales. «La Iglesia no puede esperar siempre a que sean las personas las que acudan a ella», ha subrayado. A veces, ha añadido, debe ir allí donde las personas viven, luchan, sufren y esperan, para descubrir que Cristo ya está allí.

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