El primer catecismo universal de la Iglesia católica, también llamado «catecismo de párrocos», fue aprobado en 1566 por la Congregación del Concilio de Trento y promulgado por san Pío V (1504-1572). Finalmente, se publicó en edición bilingüe castellano-latín en 1782, de la que se conserva un ejemplar en el Museo del Prado de Madrid y en la Biblioteca Nacional de España; además, ha sido reeditado en varias ocasiones por la editorial Magisterio Español desde 1972.
El original del texto que fue enviado a la imprenta romana lo descubrió en 1985, en el Archivo Vaticano, el profesor Pedro Rodríguez, catedrático de la Universidad de Navarra. Él pudo comprobar in situ la teoría del también profesor de esa universidad, Alfredo García Suárez, quien afirmaba que el catecismo de párrocos se había basado, como plantilla, en el catecismo de Bartolomé de Carranza (1503-1576) y en el de Domingo de Soto (1494-1560). Ambos eran dominicos y miembros destacados de la Escuela de Salamanca, cuyo quinto centenario estamos celebrando en este año 2026.
Pecados contra el honor y la fama
Es muy interesante que, al tratar los pecados contra la verdad —es decir, el octavo mandamiento de la ley de Dios («no dirás falso testimonio ni mentirás»)—, el catecismo de san Pío V se detuviera específicamente en la importancia del honor y de la fama. A lo largo de un buen número de páginas, afirma que estos bienes son casi tan importantes para las personas «como el valor de la propia vida» (parte III, cap. VIII).
Efectivamente, el profesor Manuel Peña Díaz, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba, ha firmado un magnífico trabajo acerca de los «sambenitos» y otras penas medicinales. Estas se utilizaban para sanar el pecado de herejía cometido por cristianos que, una vez arrepentidos, debían pagar la pena debida. Ciertamente, el gran miedo de la Inquisición era la recaída del reo, pues esto requeriría mayores castigos según la mentalidad de la época. Por tanto, los sambenitos buscaban fomentar el horror al pecado y el temor al peor de los castigos: el miedo a quedar mal ante la familia, los amigos o los enemigos (p. 234).
Lógicamente, el gran mal de la Inquisición no fueron los numerosos procesos que se llevaron a cabo, sino la mentalidad inquisitorial que se conformó en la sociedad, según la cual cada uno podía juzgar a sus vecinos o enemigos por sus ideas y erigirse en juez. A su vez, la Inquisición producía el perverso error de intentar convencer a los demás de nuestras ideas en vez de limitarse a exponerlas.
Sambenitos
Obligar a los reos absueltos —tras reconocer su pecado o ser reconciliados con una pena de levi o de vehementi— a llevar un «sambenito» (un cartel con el símbolo de su falta: blasfemia, etc.), provocaba una reacción en contra de todo el pueblo cristiano (p. 236). Son muchos los legajos consultados por el profesor Peña Díaz, lo cual es de agradecer, pues ha abierto nuevas líneas de investigación para explorar esos archivos y ayudarnos a conocer cómo funcionaba el tribunal de la Suprema Inquisición y los tribunales sufragáneos que se distribuyeron por todos los reinos dependientes de la Corona de Castilla.
Es muy interesante comprobar cómo las palabras del catecismo influyeron en la vida cotidiana. Como demuestra el profesor Peña Díaz, fueron los propios párrocos los que eliminaban los sambenitos de las parroquias y animaban a los parientes a olvidar esa página oscura de la familia, entre otras medidas pastorales (p. 237). Por ejemplo, en Sevilla, según los datos del archivo del tribunal, debería haber a mitad del siglo XVI más de 7.000 estandartes de sambenitos expuestos; la realidad es que los propios párrocos, los interesados y sus familias los hicieron desaparecer (p. 239).
De hecho, recordemos la fuerte reacción de la Santa Sede a los Estatutos de limpieza de sangre adoptados en el Cabildo de la catedral de Toledo, que habían influido en otros obispados, ministerios y colegios mayores. Dichos estatutos iban en contra de la moral y de la doctrina de la Iglesia católica, que siempre ha buscado la unión del pueblo cristiano. Por otra parte, cuando los Reyes Católicos solicitaron a Sixto IV la instauración de la Inquisición, lo hicieron buscando la unidad de los reinos bajo una única monarquía y leyes comunes; prolongar los estatutos de sangre solo provocaba división.
Falsas denuncias
Además, aquellos inquisidores y obispos que gestionaron el problema judaizante entre 1478 y 1511 descubrieron por sí mismos las envidias y rivalidades que provocaban las falsas denuncias. Por eso, estaban muy castigadas las delaciones falsas o las críticas a familias por haber tenido un hereje en su seno. Como bien nos recuerda Peña Díaz, una cosa es que alguien fuera condenado y «relajado al brazo secular» y otra, muy distinta, que alguien pudiera ser denunciado injustamente por un enemigo malévolo.
Era urgente poner coto a las injurias, calumnias y envidias que a menudo se encendían en pueblos y barrios, y que se resolvían mediante acusaciones ante el alto tribunal. De ahí la importancia de saber perdonar, olvidar y confiar en los vecinos. En última instancia, el mandato de la caridad imperaba sobre el de la justicia (p. 33).
El sambenito. Historia cotidiana de la Inquisición



