España

“La Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no  para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios en Cataluña”

El Sumo Pontífice presidió una multitudinaria Misa en la Basílica de la Sagrada Familia y culminó la ceremonia bendiciendo la gran cruz que corona los 172,5 metros de la nueva torre, hito histórico para el templo inacabado más célebre del mundo.

Javier García Herrería·10 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
sagrada familia

Imagen: Basilica de la Sagrada Familia / Felipe Mondino

La noche del 10 de junio de 2026 quedará grabada en la historia de Barcelona. El Papa León XIV presidió una solemne Eucaristía en la Basílica de la Sagrada Familia ante los Reyes de España y miles de fieles, antes de bendecir desde la fachada del Nacimiento la torre de Jesucristo, cuya cruz ilumina la ciudad con sus haces de luz, tal y como Antoni Gaudí había soñado hace casi un siglo.

La jornada comenzó con una sorpresa que no pasó desapercibida. A las 19.15 horas, Valentina, una niña invidente, explicó al Papa y a los Reyes de España, con notable soltura y sirviéndose únicamente del tacto sobre una maqueta de casi dos metros, los detalles arquitectónicos de la nueva torre. El momento, captado por las cámaras de televisión que lo transmitieron a todo el mundo, fue muy emocionante.

600 voces bajo las bóvedas de Gaudí

A las 20.00 horas dio comienzo puntualmente la santa Misa, en la que el Pontífice alternó el catalán y el castellano, junto con cantos en ambas lenguas y en latín, interpretados por un coro de más de 600 cantores. La monumentalidad del templo, consagrado por el Papa Benedicto XVI en 2010, acrecentó el esplendor de la liturgia.

El número de autoridades era amplísimo, empezando por los reyes, Pedro Sánchez y 14 ministros del gobierno.

Miles de fieles siguieron la ceremonia por pantallas desde el exterior. Imagen: Basilica de la Sagrada Familia / Felipe Mondino

La homilía: fe, belleza y responsabilidad ante el mundo

En su homilía, León XIV tomó como punto de partida el salmo octavo —«Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra»— para tejer una reflexión que recorrió la teología, la historia del arte, la responsabilidad moral de los creyentes y el significado profundo del templo que lo acogía.

El Papa comenzó dando gracias por la basílica y enlazando su intervención con la de su predecesor Benedicto XVI, quien la consagró en 2010 definiéndola como «signo visible del Dios invisible». En esa misma línea, León XIV presentó el edificio no como un monumento terminado, sino como imagen viva de la comunidad cristiana: «Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin». Una obra que crece con constancia siguiendo un mismo proyecto, igual que la fe, que es siempre un camino y nunca una meta alcanzada de una vez por todas.

Para fundamentar esta idea, el Pontífice acudió a las Escrituras y recuperó el diálogo entre Dios y el rey David recogido en el Segundo Libro de Samuel. Cuando David desea construir una casa para Dios, es el propio Señor quien le responde invirtiéndolo todo: no es el hombre quien da un lugar a Dios, sino Dios quien da un lugar al hombre. Y ese lugar, subrayó León XIV, no es otro que su propio corazón: «el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores». Una gratuidad que, a juicio del Papa, define la entera lógica del Evangelio.

Esa voluntad divina, continuó el Pontífice, se cumple a través de Jesús. León XIV se detuvo con particular intensidad en las palabras que el Señor dirige a los fariseos en el Evangelio de Juan: «Si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados». Lejos de interpretarlas como amenaza o chantaje, el Papa las leyó como una invitación a la libertad: Cristo quiere para el ser humano «el bien definitivo, eterno», y ante el mal permanece siempre de parte del hombre. El nombre divino «Yo soy», revelado a Moisés desde la zarza ardiente, es en Jesús la fuente de gracia, perdón y vida nueva. De ahí que la cruz no sea un instrumento de condena sino un signo de esperanza: Dios transforma la muerte en luz.

Coherencia en las obras

Fue precisamente en ese punto donde el Papa pronunció las palabras que resonaron en con fuerza el interior del templo: «No podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria». Tres afirmaciones rotundas, pronunciadas bajo las bóvedas de la iglesia más alta del mundo, que dibujaron el perfil de una fe que no puede desvincularse de sus consecuencias éticas y sociales.

A continuación, el Pontífice elevó la mirada hacia la torre que estaba a punto de bendecir. La cruz que la corona, dijo, es el culmen de la fe cristiana, tal como proclama la inscripción en su base: Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus. Esa cruz brilla de día con la luz del sol y de noche ilumina la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo. Para ser iluminados por la gloria del Resucitado, explicó León XIV, es necesario pasar por la pasión del Crucificado: desde siempre el Padre enseña a dar la vida, y el Hijo la recibe y la entrega a todos con el poder del Espíritu Santo.

La homilía reservó también un lugar central al arte como forma de evangelización. Es la fe, afirmó el Papa, la que «da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos». El artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del Creador. En ese marco, León XIV rindió homenaje explícito a Antoni Gaudí —cuyo centenario de muerte se conmemora este año—, a quien definió como «arquitecto ardiente de fe» que concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor. El Papa extendió el reconocimiento a todos los promotores, benefactores, artistas y trabajadores que a lo largo de generaciones han cooperado en la construcción de una obra maestra que es, al mismo tiempo, «una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz». La Iglesia, señaló, renueva así la antigua tradición de las catedrales medievales —la Biblia pauperum, la Biblia de los pobres— en un tiempo en que la imagen resulta un canal de evangelización más poderoso que nunca.

León XIV cerró su homilía con una llamada a la acción que unió lo contemplativo y lo comprometido: así como se alza la mirada hacia el Crucificado Resucitado, hay que comprometerse a «levantar el rostro de quienes yacen en el polvo». La Sagrada Familia, concluyó, es la iglesia más alta del mundo no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para «guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo».

La bendición y el encendido de la cruz

A las 21.45 horas, desde el punto central de la herradura de la fachada del Nacimiento, el Santo Padre bendijo la torre de Jesucristo. Con sus 172,5 metros, la Basílica de la Sagrada Familia se convierte oficialmente en la iglesia más alta del mundo. Eso sí, Gaudí decidió no hacerla dos metros más alta para que la obra del hombre no superara la obra de Dios en la naturaleza, reprentada en el cercano monte de Montjuïc.

La cruz que corona la torre está revestida de vidrio y de 15.000 piezas de cerámica blanca esmaltada. Sus brazos incorporan ventanales por los que penetra la luz y desde los que, a partir de 2028 —cuando concluyan los trabajos interiores—, será posible contemplar el entorno. En el interior cuelga el Cordero de Dios, obra del escultor Andrea Mastrovito. En el exterior, palmas de trencadís llevan inscrita en latín la frase: «Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus» —«Tú el único Santo, Tú el único Señor, Tú el único Altísimo»—.

Torre de Jesucristo. Imagen: Basilica de la Sagrada Familia/Marti Segura Ramoneda

Tras la bendición tuvo lugar el acto inaugural del exterior de la torre, una propuesta artística creada específicamente para la ocasión que combinó música, canto coral y luz, y que culminó con el encendido de la gran cruz. Iluminada por potentes focos proyectados desde las demás torres, la cruz brilló sobre la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo, cumpliendo así la visión que el propio Gaudí plasmó en el Cuarto Álbum del Templo Expiatorio, en 1927: «La cruz será de cristal; de día reflejará la luz del sol y por la noche, mediante potentes focos, proyectará haces de luz sobre la ciudad».

La Sagrada Familia, cuya construcción comenzó en 1882, sigue siendo un templo en obras. El nuevo hito no cierra, sino que subraya ese carácter inacabado y vivo que el propio Papa León XIV celebró en su homilía: una catedral que, como la fe cristiana, «es siempre un camino».

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