Con tan solo 22 años la estudiante de Publicidad y Marketing Meritxell Abadia (Mery) ha puesto en marcha MerydeMaría, una marca de joyería nacida con un propósito: acercar a las personas a Dios a través de la belleza, las redes sociales y unas piezas bendecidas en distintos santuarios marianos.
Su historia está ligada a la de su propia conversión. Aunque creció en una familia católica, Mery cuenta que tenía una fe superficial. La adolescencia, los problemas personales y algunas relaciones la llevaron a alejarse de Dios hasta tocar fondo. Fue entonces cuando, una mañana, entró en la iglesia de su pueblo junto a su madre y su abuela. Allí, ante el Santísimo, experimentó una paz que no había sentido en años.
«Sentí que Dios me estaba esperando detrás de la iglesia y me decía: por fin estás aquí», recuerda. Desde entonces Meritxell cuenta cómo empezó a sanar, a dejar atrás ambientes que no le hacían bien y a confiar en Dios. De esa experiencia nació MerydeMaría, un proyecto que quiere poner sus conocimientos y su creatividad al servicio de la evangelización. «Yo soy las manos, pero ellos son el verdadero motor de todo esto», afirma, en referencia a Dios y a la Virgen María.
En esta entrevista, Meritxell cuenta su conversión, el nacimiento de MerydeMaría y su forma de entender la evangelización.
¿Cómo ha sido el antes y el después de encontrarte personalmente con Dios?
–Encontrarme con Dios ha cambiado mi manera de entender la vida: ha supuesto replantearme el trabajo, algunas amistades y mi forma de tratar a los demás, pero también de tratarme a mí misma. He incorporado hábitos como la oración y he aprendido a buscar aquello que me acerca al Señor.
Ha sido un proceso con miedos y dificultades, incluso dentro de mi propia familia, porque las personas pueden tener una imagen de ti y esperar que sigas siendo siempre la misma. Pero podemos cambiar, escuchar al Señor y evolucionar. Para mí, la conversión ha sido precisamente ese camino de transformación.
¿Cómo fue unir tu trabajo con tu fe?
–Cuando me convertí, me pregunté qué estaba aportando con mi trabajo. Mi emprendimiento funcionaba bien y me daba dinero, pero ya no me llenaba. A través de la oración fui poniendo todo en manos de Dios y entendí que me estaba llamando a un propósito diferente.
Yo siempre había trabajado con joyas, así que comprendí que podía hacerlo desde la fe. Así nació la idea de crear joyas católicas, fabricadas en España y bendecidas en distintos santuarios. Todo fue surgiendo en la oración, y con el tiempo he podido reinvertir lo que genera la marca para acudir a esos lugares, bendecir las joyas y vivir personalmente esa experiencia.
Para mí, MerydeMaria no son solo las joyas, sino también mi propia evolución en la fe. Para poder transmitirla a los demás, yo también tengo que vivirla. Además, creo que una joya puede ser algo bello que despierte interés por la fe y dé lugar a conversaciones sobre Dios.

¿Qué lugar ocupa la Virgen en tu vida y en MerydeMaria?
–La Virgen siempre ha estado muy presente en mi vida. Desde pequeña he ido mucho al Pilar de Zaragoza y siempre he llevado conmigo la cinta del Pilar, así que es la advocación con la que más unida me siento.
Tengo a la Virgen muy presente, tanto en mí como en el propio nombre de la marca. Mery es por mi nombre y María es la Virgen, que es la protagonista absoluta de MerydeMaria. Para mí, el nombre expresa precisamente eso: que todo se haga según la palabra de Dios.
Con el tiempo he descubierto la riqueza de las distintas advocaciones. Sé que todas son la misma Virgen María, pero cada una me recuerda un aspecto diferente de su historia y de su misión. Fátima, por ejemplo, me habla de la oración y de la paz; Lourdes me transmite esperanza y confianza en medio del sufrimiento.
Yo hablo con la Virgen todos los días. La siento como mi madre y como la gran intercesora que lleva nuestras peticiones al Señor. Visitar sus santuarios y conocer la historia de cada advocación ha hecho crecer mucho mi devoción y me ha ayudado a acercarme más a ella.
Lleváis todas las joyas a santuarios marianos…
–Sí. Para mí era importante no hablar de las advocaciones de la Virgen sin haber conocido sus santuarios y sus historias. Por eso, siempre que ha sido posible, he llevado las joyas a estos lugares para bendecirlas y vivir personalmente la experiencia que representan.
Cuando no ha sido posible acudir a un santuario, he buscado otras formas de bendecirlas, como llevarlas a una catedral o utilizar agua bendita. La misión es que todas las joyas estén bendecidas, ya sea en un santuario, por un sacerdote o con agua bendita.

¿Cómo ha sido la acogida de los jóvenes a vuestra labor de evangelización en redes?
–En la oración pedía al Señor y a la Virgen que acercaran MerydeMaria a las personas que necesitan conocerla. Así surgió también la idea de utilizar las redes no solo para mostrar las joyas, sino para aportar algo más y evangelizar.
Empecé a compartir historias de advocaciones como Fátima, fechas importantes de la Iglesia y también situaciones cotidianas relacionadas con la fe. Al final, somos jóvenes y todos podemos experimentar miedos, dudas o momentos en los que no entendemos lo que Dios nos está pidiendo. Intento trasladar esas experiencias a las publicaciones para que otras personas puedan sentirse identificadas.
La acogida ha sido muy buena. Recibo mensajes de personas que me cuentan que alguna publicación les ha ayudado a comprender mejor algo que estaban viviendo. Para mí, aunque una publicación llegue a muchas personas, si ayuda realmente a tres, ya ha cumplido su propósito.
¿Qué crees que necesitan escuchar los jóvenes?
–Los jóvenes necesitan escuchar esperanza y, sobre todo, la frase del Papa León XIV: «alza la mirada», que me hizo reflexionar mucho.
Todos tenemos dificultades y una cruz, pero debemos intentar afrontar la vida con confianza, amor y esperanza. Las redes sociales pueden generar frustración al mostrar una imagen idealizada de la vida, cuando en realidad todos atravesamos momentos difíciles.
La fe no promete que todo vaya a salir bien ni que no tendremos cruces. Nos recuerda que Dios está presente también en ellas y que nuestra vida tiene un propósito. Por eso, mi mensaje a los jóvenes es que confíen y mantengan la esperanza.





