A las 11,51 del jueves 11 León XIV pisaba tierra canaria. Era la primera vez en la historia que lo hacía un Romano Pontífice. Recibido por las autoridades, entre ellas, buena parte del gobierno de España, su primer acto ha sido en el Puerto de Arguineguín. Allí ha pronunciado uno de los discursos emblemáticos de su viaje, en que ha insistido en la dignidad de los migrantes y ha clamado por luchar contra la indiferencia y contra quienes se aprovechan de ellos.
El discurso del Papa fue precedido por varias intervenciones. Entre ellas, de Tito Villarmea, capitán de Salvamento Marítimo, que ha salvado en 18 años a más de veinte mil personas. O de Blessing, una mujer víctima de la trata, cuyo testimonio no leyó en persona por motivos de seguridad, lógicamente. También el Papa bendijo una cruz, que se va a dejar en el lugar, elaborada con madera procedente de cayucos.
En una plataforma construida simbólicamente de cara al mar, y con un dique levantado en un par de días, el Santo Padre elaboró a partir de los testimonios, un matizado discurso sobre la emigración: se trata de seres humanos y hay que combatir las causas que les hacen salir de sus países.
En el inicio, hizo una referencia a la isla de El Hierro. “Esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas”. Y clamó: “La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana”. Con fuerza, insistió: “Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”.
León XIV tuvo palabras duras: “También hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido. Pero la fe no se queda paralizada ante el poder del mar”.
Inclinarse ante la dignidad del migrante
Refirió la necesidad de hacer algo por el otro, a veces desde lo más humilde: “La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche. No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos”. Resaltó que “vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla”. Más aún, afirmó: “Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida”.
La situación de la emigración exige soluciones. León XIV pidió que “Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”. Estas palabras han sido especialmente recibidas con aplausos.
Una llamada de coherencia a la Iglesia
Y también para la Iglesia: “La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios”. Pidió coherencia: “Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso”.
El Papa León ha hecho una llamada a todos aquellos que se enfrentan a este drama: «desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—», y también a las comunidades cristianas: «no basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido».
“No podemos acostumbrarnos”
Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida? Pidió “vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración”. Habló de que “Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia”. Reclamó: “No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte”.
Concluyó: “cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros”.
Una ofrenda en «el puerto de la vergüenza»
Tras el discurso del Papa, se realizó una ofrenda floral «por los que ya no están». El Papa se dirigió al muelle cercano al agua para lanzar una corona de flores al mar. Tras este gesto, se hizo un minuto de silencio instrumental, viendo así a un Pontífice sobrecogido. Después realizó la bendición de la cruz, hecha con trozos de cayucos.
El muelle de Arguineguín, al que muchos han llamado “puerto de la vergüenza”, “ha sido testigo de la llegada de miles de personas que huyen del hambre, de la guerra y de la desesperación”, recordó el obispo de Canarias, monseñor Mazuelos. Siguiendo la Ruta Atlántica, una de las más peligrosas del mundo, han llegado en cayucos y pateras principalmente desde Senegal, Mauritania, Gambia, Mali y Marruecos, realizando travesías que pueden superar los 1.600 kilómetros. El Papa se despide del puerto al grito de «¡Gracias!» de los fieles.
La expectación por la visita del Papa a Canarias es tremenda. Uno de los mil quinientos voluntarios que han trabajado estos días en la organización, explicaba a Omnes: “Es el mayor regalo que podríamos tener. El Papa visitando las dos islas”. “Las expectativas son altísimas, sobre todo viendo cómo ha sido la acogida en Madrid y en Barcelona”.





