El 3 de mayo de 2026, durante el rezo del Regina Caeli, el Papa León XIV ofreció una meditación centrada en la esperanza pascual, la promesa de Cristo y el destino común de la humanidad en Dios.
La promesa de un lugar para todos
El Papa partió del Evangelio de la Última Cena, destacando la promesa de Jesús: “Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo”. En este anuncio, explicó, se revela una verdad fundamental: en Dios hay lugar para cada persona. La imagen de la “casa del Padre” no es solo consuelo ante la muerte, sino una afirmación de acogida universal. Cristo, como servidor, prepara ese espacio para cada uno, de modo que nadie es extraño ni olvidado, sino esperado desde siempre.
De la exclusión a la acogida
El Pontífice contrastó dos lógicas opuestas. Por un lado, el “viejo mundo”, marcado por la búsqueda de privilegios, exclusividad y reconocimiento limitado a unos pocos. Por otro, el “mundo nuevo” inaugurado por el Resucitado, donde lo más valioso está abierto a todos.
En este nuevo horizonte, cambian las reglas fundamentales de la convivencia: “la gratitud toma el puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la abundancia ya no genera desigualdad”. En lugar de diluir la identidad personal, esta apertura universal permite que cada uno sea plenamente sí mismo. Frente a la amenaza de la muerte, que parece borrar la memoria y el nombre, Dios garantiza la identidad definitiva de cada persona.
La fe que libera del afán de reconocimiento
El núcleo del mensaje se concentra en la invitación de Jesús: “Crean en Dios y crean también en mí”. Según el Papa, esta fe tiene una fuerza liberadora: rompe la ansiedad por poseer, por destacar o por alcanzar prestigio como condición para valer.
En Dios, afirmó, cada persona posee ya un valor infinito. No es necesario competir por reconocimiento, porque la dignidad no se conquista, se recibe. Esta certeza se fortalece en el amor mutuo, vivido según el mandamiento nuevo. Amar como Jesús amó permite anticipar el cielo en la tierra y mostrar que la fraternidad y la paz no son utopías, sino el verdadero destino humano.
La comunidad cristiana como casa abierta
La meditación concluyó con una oración a la Virgen María, presentada como Madre de la Iglesia. El Papa pidió que cada comunidad cristiana refleje esa “casa abierta a todos”, donde cada persona sea acogida y valorada en su singularidad.
Llamamientos y saludos
Tras la oración del Regina Caeli, el Papa León XIV recordó el inicio del mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la Virgen María, subrayando la importancia del rezo del Rosario como experiencia comunitaria de oración, en continuidad con los días en que los discípulos esperaban la venida del Espíritu Santo.
También destacó la celebración del Día Mundial de la Libertad de Prensa, impulsado por UNESCO, denunciando las frecuentes violaciones de este derecho y recordando a los periodistas víctimas de la violencia.
Finalmente, dirigió saludos a diversos grupos de fieles y asociaciones presentes, con especial mención a quienes trabajan en la defensa de los menores frente a los abusos, agradeciendo su compromiso con la prevención y el acompañamiento a las víctimas.





