Evangelio

El rebaño de Jesús: ovejas y pastores. Domingo IV De Pascua (A)

Vitus Ntube nos comenta la lecturas de Domingo IV De Pascua (A) correspondiente al día 26 de abril de 2026.

Vitus Ntube·23 de abril de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

En este cuarto domingo de Pascua, frecuentemente llamado Domingo del Buen Pastor, volvemos al Evangelio según san Juan después del pasaje del Evangelio según san Lucas de la semana pasada. Los tres primeros domingos de Pascua nos presentaron escenas de Cristo resucitado apareciéndose a sus discípulos. Ahora, san Juan nos introduce en uno de los grandes discursos de Jesús, rico en imágenes y figuras de lenguaje.

Hoy, Jesús se presenta, no solo como el Buen Pastor, sino de manera aún más llamativa como la puerta: “Yo soy la puerta de las ovejas…, yo soy la puerta”. Antes de hablar de pastores y de ovejas, primero debemos pasar por la puerta. Cristo mismo es la entrada, el acceso, el camino hacia la vida.

Se nos anima a formar parte del rebaño de Jesús tanto como ovejas como pastores. Solo quienes entran por Cristo pueden ser verdaderamente pastores; solo quienes aprenden a reconocer su voz pueden seguirlo verdaderamente como ovejas. Jesús establece un criterio muy claro: “el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas”. El verdadero pastor es el que entra por la puerta. La autenticidad de cualquier pastor se mide por su relación con Cristo. Debe pasar por Cristo. Debe pertenecer a Cristo. Debe amar a Cristo.

Jesús le preguntó a Pedro tres veces antes de su ascensión: “¿Me amas?”. Solo después de que Pedro profesó su amor, Jesús le confió estas palabras: “Apacienta mis ovejas”. El amor es la puerta. Amar totalmente a Cristo es el modo de entrar.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a Pedro actuando como pastor. En el día de Pentecostés, Pedro demuestra que realmente ha pasado por esa puerta del amor. Se levanta y habla, no con mera retórica, sino con la voz de Cristo que resuena en él. Sus palabras traspasan los corazones. La gente no se limita a aplaudir; quedan compungidos de corazón y exclaman: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Aquel día se añadieron unas tres mil personas. El rebaño crece porque la voz del Pastor se escucha en la voz de Pedro.

La señal de todo verdadero pastor en la Iglesia es hacer resonar la voz de Cristo. La autoridad nace de la comunión con el Señor. Por eso Pedro puede hablar más tarde de Cristo como el “pastor y guardián de vuestras almas”. Él sabe que es pastor solo porque primero pertenece al Pastor.

Las ovejas también tienen una responsabilidad. No son pasivas. Jesús dice que ellas reconocen su voz. Incluso huyen de los extraños porque no reconocen la voz de un extraño. Existe un sentido instintivo para reconocer la voz de Cristo. Este instinto crece con la cercanía a Él, con una vida de oración y de sacramentos. Cuanto más tiempo pasamos con Cristo, más claramente reconocemos su voz. En un mundo lleno de voces que compiten —políticas, sociales, ideológicas, digitales— es esencial distinguir la voz de Cristo de todas las demás si queremos permanecer en su rebaño.

Hoy la Iglesia también nos invita a rezar por las vocaciones. De entre las ovejas, Dios llama a pastores que permitan que su voz se convierta en la voz de Cristo. Pero las vocaciones florecen donde el amor a Cristo es fuerte. Donde el rebaño escucha atentamente al Pastor, allí surgen nuevos pastores.

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