Evangelio

Corazones que comprenden. Domingo de Pentecostés (A)

Vitus Ntube nos comenta la lecturas del Domingo de Pentecostés (A) correspondiente al día 24 de mayo de 2026.

Vitus Ntube·21 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

El tiempo de Pascua culmina con el envío del Espíritu Santo, que desciende sobre María y los Apóstoles en el Cenáculo. Este acontecimiento poderoso marca, no solo el comienzo de la misión de la Iglesia en el mundo, sino también un nuevo inicio en la vida de cada creyente.

A primera vista, la primera lectura y el Evangelio parecen presentar dos relatos distintos de la venida del Espíritu Santo, casi como si hubiera dos Pentecostés. En el Evangelio de Juan, Jesús resucitado se aparece a los apóstoles y sopla sobre ellos, diciendo: “Recibid el Espíritu Santo”. En los Hechos de los Apóstoles, en cambio, el Espíritu desciende con viento y fuego en Pentecostés. No se trata de relatos contradictorios, sino complementarios. Juan nos muestra la fuente del Espíritu -Cristo resucitado-, mientras que Lucas nos muestra la dirección de la acción del Espíritu, que conduce a la Iglesia hasta los confines de la tierra.

En la primera lectura escuchamos que judíos de todos los pueblos bajo el cielo se encontraban en Jerusalén. Esta reunión ya señala la dimensión universal de la Iglesia y de la misión cristiana. El pueblo está confundido, pero no como en Babel. En Babel, la confusión condujo a la división y a la dispersión de los pueblos. Aquí, en cambio, la confusión da paso al asombro y a la admiración. Se preguntan: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?”. Lo que experimentan no es división, sino unidad en la diversidad. La división que comenzó en Babel ahora es deshecha por el Espíritu Santo.

A los Apóstoles se les concede el don de lenguas: la capacidad de hablar de modo que todos puedan comprender. Pero Pentecostés no trata solo de hablar; también trata de escuchar. Junto al milagro del habla está el igualmente importante milagro de la comprensión. La gente es capaz de escuchar, acoger y entender. Así como vemos lenguas de fuego posarse sobre los Apóstoles, también podemos imaginar corazones encendidos entre quienes escuchan: corazones abiertos para oír y comprender las maravillas de Dios.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que hay muchos dones, pero un mismo Espíritu. Entre estos dones está el de la comprensión, la capacidad de captar el sentido de la acción de Dios en nuestras vidas. Esta es la obra del Espíritu: no solo hablar, sino hacernos comprender.

Hoy, entonces, pedimos al Espíritu Santo este don de la comprensión: reconocer la presencia de Dios en nuestras vidas, conocer más profundamente a Jesucristo y permitir que nuestros corazones ardan dentro de nosotros al escuchar su palabra. Pedimos corazones que puedan ser tocados, incluso traspasados, por la verdad del Evangelio.

Pero este don no es solo para nuestra relación con Dios. También necesitamos comprensión en la vida cotidiana, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestras comunidades. La capacidad de escuchar verdaderamente, de comprender a los demás y de entrar en su experiencia es también obra del Espíritu Santo.

La misión de la Iglesia es anunciar a Cristo a todas las naciones. Esto requiere el don de lenguas. Pero, con la misma importancia, requiere el don de la comprensión: que quienes escuchan puedan realmente recibirlo. Por eso, no pedimos sólo el don de lenguas para nosotros, sino también el don de la comprensión para quienes nos escuchan, y para nosotros mismos cuando escuchamos a los demás.

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