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La entrada en Jerusalén. Duccio: «Jesús entra en Jerusalén»

Duccio di Buoninsegna representa la llegada de Cristo a Jerusalén como un acontecimiento coral: una ciudad entera que sale a recibirlo entre ramas de olivo, mantos extendidos y miradas de asombro.

Eva Sierra and Antonio de la Torre-28 de September de 2026-Reading time: 6 minutes

ARTISTIC COMMENTARY

Este panel pertenece a un monumental retablo conocido como la Maestà, encargado por la ciudad de Siena para su catedral en 1308-1311. El retablo toma su nombre de la imagen central, la de la Virgen con el Niño entronizada con ángeles y santos. El anverso del retablo presenta escenas narrativas de la infancia de Cristo, y el reverso, donde se sitúa la entrada en Jerusalén, muestra la narración de la Pasión junto con escenas de la vida de la Virgen.

La representación vertical de la entrada de Jesús en Jerusalén muestra a Cristo montado en un asno, reconocible por el halo, el manto azul y la túnica roja. Estos atributos eran bien conocidos por los espectadores de principios del siglo XIV. Detrás de él, dos filas de apóstoles le siguen de cerca. Este grupo hace su entrada por la izquierda y comienza a ascender por el camino que conduce hacia la Jerusalén celestial. El templo domina la parte superior del panel, un edificio blanco y resplandeciente cuyos rasgos arquitectónicos son contemporáneos a la época de Duccio. El resto de los edificios y el arco están representados con gran detalle y realismo, salvo en la representación del espacio, que resulta todavía torpe. Pero esto no suponía un problema en el Trecento italiano: este tipo de obras se apreciaban por su valor narrativo y por su capacidad de representar la vida cotidiana entrelazada con la vida de los santos y las figuras sagradas. El público era perfectamente capaz de leer el mensaje que estas pinturas transmitían.

Una multitud expectante

Las multitudes esperan a Jesús; vemos gente situada en todos los lugares posibles para conseguir ver al Salvador. Duccio se ha esmerado en mostrar cómo habría sido esta escena evangélica de haber ocurrido en 1308-1311. Cada figura aparece representada de un modo muy natural: un hombre extiende su manto rojo sobre los adoquines ante los cascos del asno, otros se afanan agitando ramas de olivo, otros se han subido a los árboles y están recogiendo ramas. Las personas se muestran en distintos tamaños para indicar su diferente edad y condición. 

En primer plano hay figuras más pequeñas que parecen niños; después, hombres de mediana edad; y, cerrando el grupo, algunos ancianos de barba gris. Las figuras son muy expresivas, cada una en una pose distinta, y muchas gesticulan con las manos mientras conversan entre sí. Algunas muestran sorpresa, duda, curiosidad. Hay un claro sentimiento de expectación y entusiasmo.

Puertas y árboles: un lenguaje simbólico

El camino conduce hasta una puerta abovedada, la entrada principal de Jerusalén. En la parte inferior derecha hay otra puerta, más pequeña. A su lado se alzan dos árboles frondosos, en marcado contraste con el árbol marchito situado a la izquierda de Jesús. El lugar de la derecha es el de honor, que ocuparán finalmente los bienaventurados cuando asciendan al Cielo. La puerta pequeña se describe en los Evangelios como el camino directo a la salvación. La izquierda es para los condenados. Aquí, en la izquierda, en clara asociación con la caída del hombre y la muerte de Cristo, un árbol muerto se alza entre otros árboles verdes y frondosos: el Árbol de la Ciencia tras la Caída, un recordatorio de la muerte de Cristo, ya que la madera de la cruz procede de un árbol muerto. Este árbol marchito forma parte de los ocho árboles presentes en la pintura. El ocho ha sido, desde los primeros tiempos del cristianismo, el número asociado a la Resurrección (las pilas bautismales suelen tener estrellas de ocho puntas, que también aparecen guiando a los Reyes Magos hacia Belén en multitud de pinturas).

La ubicación de este panel en el reverso de la Maestà significa que no era visible para todo el mundo, sino principalmente para el clero y los espectadores letrados con importantes cargos, quienes habrían comprendido todas las capas de significado de este hermoso panel, obra de uno de los grandes artistas del Trecento, el sienés Duccio di Buoninsegna. 

CATECHETICAL COMMENTARY

Durante el desarrollo de la vida pública de Jesús el anuncio del Reino, como hemos visto en los anteriores artículos de esta serie, ocupa el contenido central de su predicación y de su acción. La culminación de este anuncio se da cuando Jesús, finalizada su vida pública en Galilea primero y a través de Judea después, entra como Rey en Jerusalén, la ciudad santa, la ciudad de David, la ciudad en la que a lo largo de mil años el pueblo de Israel había depositado todas sus esperanzas y anhelos sobre la venida del Rey definitivo, el Mesías, y la instauración del Reino de Dios, un espacio nuevo de la historia en el que el Señor reinaría sobre el mundo entero desde Jerusalén y a través de su pueblo elegido: Israel.

Esta expectación se observa en los vibrantes colores rojos con los que Duccio pinta los mantos que el pueblo hebreo, especialmente los niños, extienden para alfombrar el camino del Rey. Ese rojo, sin embargo, se convertirá en el rojo de la Pasión de Jesús, que recibe su título de Cristo (es decir, ungido, el rey elegido por Dios como Mesías de Israel) en la Cruz y es instaurado como soberano de Cielos y Tierra en su Resurrección. Este es el verdadero destino que persigue Jesús entrando en Jerusalén: vivir en la ciudad de David el misterio pascual que traerá a la tierra el Reino de Dios.

From incarnatus at crucifixus

Los misterios terrenos de la vida de Jesús se exponen en breves frases del Credo: “y se encarnó por obra del Espíritu Santo en María la Virgen, y se hizo hombre; por nuestra causa fue crucificado en tiempo de Poncio Pilato y padeció y fue sepultado”. El credo, por tanto, al mirar la vida terrena de Cristo tan solo cita la encarnación y la Pasión, estando el tránsito entre estos dos enunciados de fe precisamente en la entrada de Jesús en Jerusalén. La Encarnación, el misterio por el cual el Hijo de Dios asume una verdadera naturaleza humana, se expande a lo largo de los misterios de Cristo vistos en los anteriores artículos. La Pasión, la obra redentora por la que Jesucristo expía el pecado de la humanidad y la reconcilia con Dios en la cruz, ocupará los siguientes artículos. Entre ambas, la entrada de Jesús en Jerusalén une lo que ha sido su vida pública, con los discípulos y las multitudes que le acompañan, con lo que será la Pasión, en la que El solo se introducirá en el sacrificio redentor de la cruz, figurado en el templo que aparece en el cuadro, lugar de los sacrificios de la Antigua Alianza.

Jesús, por tanto, entra en Jerusalén dispuesto a morir, pues para ello se ha encaminado libremente hacia esa ciudad (Lc 9, 51). Él mismo fue advirtiendo a los apóstoles de que su entrada triunfal como Mesías no llevaría al triunfo inmediato sino al sufrimiento, a la humillación y la muerte. Así se lo indica claramente en los tres anuncios de la pasión y resurrección que fueron registrados por los evangelistas en su vida pública (Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34).

Por si ello fuera poco, los discípulos, como los judíos en general, estaban familiarizados con la tradición de que los profetas morían cruelmente en Jerusalén, perseguidos y asesinados por su propio pueblo. Un escrito contemporáneo, la Vida de los Profetas, incluso se detenía a narrar el martirio de los enviados de Dios en la ciudad santa y los lugares en los que se podían venerar sus mausoleos. El mismo Jesús alude a esa tradición en Lucas 13, 33. Toda la escena de la entrada en Jerusalén, por tanto, ha de verse en este contexto martirial que encontrará su culminación en la crucifixión

El recibimiento del Rey

El ambiente de sufrimiento y de sacrificio está presente en esta escena, pero a la vez también está llena de la esperanza y de la alegría del pueblo que recibe a su Rey, porque Jesús también indicó con claridad que la pasión que iba a afrontar en la ciudad santa estaba encaminada a reunir de nuevo al pueblo de Israel, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas (Mt 23, 37), aunque eso le costara lágrimas por el rechazo de muchos de los habitantes de Jerusalén. Sin embargo, muchos de ellos le reciben, aclamándolo como Hijo de David, es decir, como Mesías, especialmente los niños y los pobres, como sucedió en su primera presentación pública en Belén (Lc 19, 38).

En definitiva, Jesús, que rechazó ser nombrado Rey en los momentos de triunfo y éxitos humanos (Jn 6, 15), elige ahora ser manifestado como Mesías en la hora de la prueba y del sufrimiento. Como nuevo David, entra en Jerusalén como rey; como Hijo de Dios, Él mismo escoge el momento y la hora de su proclamación real. Como hombre manso y humilde, prefiere entrar en la ciudad de David no a la manera de un conquistador, sino a lomos de un borrico, como habían anunciado las profecías (Zacarías 9, 9). Con igual dulzura y misericordia conquistará a su Iglesia, definida como la Nueva Jerusalén, la Esposa que baja del Cielo ataviada para el Esposo (Apocalipsis 21, 2).

Ante la entrada del Mesías en Jerusalén, las multitudes exclaman "Hosanna" y “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Ambas expresiones han pasado al Santo de la Liturgia Eucarística, como manera de preparar la venida de Cristo en la Eucaristía con las mismas palabras con las que los hebreos prepararon la venida de Jesús a Jerusalén. La primera palabra Hosanna de origen hebreo, y significa “¡Por favor, sálvanos!” o “sálvanos ahora”. Con el tiempo, pasó de ser un grito de auxilio a convertirse en una aclamación de alabanza, júbilo y reconocimiento a Dios en la tradición judeocristiana. La expresión “Bendito” es cita literal del Salmo 118, 16, un salmo que culminaba en las celebraciones del Hallel judío las alabanzas a Dios por la obra redentora del éxodo, la primera pascua.

Con estas expresiones del pueblo de Israel se completa la escena que enlaza la vida pública de Jesucristo con su Pasión y Resurrección. Toda la vida y misión de Jesús, por tanto, ha de despertar la alabanza y el agradecimiento en los labios del pueblo creyente. De ahí que sean estas las palabras que debemos leer en la boca de las figuras del cuadro de Duccio para entender esta obra en toda su profundidad.

Work

Name: La Entrada en Jerusalén
Author: Duccio di Buoninsegna
Year : Entre 1308-1311
Technique: Témpera sobre tabla
Measures: 100 x 57 cm
Location: Museo dell’Opera del Duomo, Siena
The authorEva Sierra and Antonio de la Torre

Art historian and Doctor of Theology

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