Todavía recuerdo mi estupor al ver por primera vez la inmensa fachada de la basílica de San Pedro, y mi decepción al descubrir que aquellas grandes letras en latín no eran una cita evangélica, sino el nombre de un Papa que quiso dejar su huella sobre una de las iglesias más importantes de la cristiandad. Con el tiempo, he llegado a comprender mejor la historia de este peculiar edificio, que este 2026 celebra cuatrocientos años de su dedicación tras haber sustituido a la antigua basílica constantiniana.
Ante este aniversario, el Vaticano ha organizado una serie de iniciativas que ayuden a profundizar en el inmenso valor espiritual del templo. Habrá momentos de oración y canto litúrgico cada sábado por la tarde, una aplicación que ayude a los peregrinos a seguir mejor la liturgia en la basílica y meditaciones a cargo del predicador de la Casa Pontificia, entre otras cosas. Destaca también la inauguración de un nuevo Via Crucis encargado al artista suizo Manuel Dürr. Otras iniciativas subrayan también el valor artístico como las cúpulas Gregoriana y Clementina, que se podrán visitar a partir de ahora, además de nuevas áreas de exposición.
Este programa de celebraciones me trae a la memoria el recuerdo de la visita más impresionante que hice en esta basílica. Fue en mayo de 2020, el día que terminó el confinamiento en Roma. Fui con un amigo recorriendo las calles vacías. Habían desaparecido las largas filas de peregrinos en la plaza y se escuchaba únicamente el rumor de las fuentes. Al entrar, descubrimos la inmensidad del templo sumido en un silencio absoluto. Apenas seríamos quince personas en todo el recinto. En medio de aquella sobrecogedora soledad, mi amigo se inclinó y susurró: “Verdaderamente, esta es la casa de Dios”.



