La comprensión lectora de nuestros niños y jóvenes ha alcanzado el peor resultado de la historia en el informe PISA. No caeré en la tentación de decir que son peores que nosotros porque, reconozcámoslo, esto ya no es solo un problema de los jóvenes, nos alcanza a todos.
La cultura digital ha impuesto una nueva forma de enfrentarnos a un texto. No es que ya no leamos –quizá incluso leamos muchas más horas entre chats, noticias que nos llegan al móvil, comentarios en redes, etc.–, sino que lo hacemos de una forma superficial impidiendo que la información nos cale. La lectura, para que aproveche, necesita su tiempo, su espacio, su contexto vital.
Ahora, mientras vamos en el metro tratando de leer en el móvil un libro de autoayuda con técnicas para reducir el estrés, nos interrumpe una notificación con la última hora de nuestro diario de cabecera sobre el ataque a un buque en el estrecho de Ormuz entre cuyos párrafos nos entremeten módulos publicitarios explicando las bondades de aquel nuevo pan para bocadillos mientras que, por el chat de padres del colegio, alguien pregunta si algún compañero se ha llevado por error el libro de historia de su hijo. Así pues, por la noche, mientras tratamos infructuosamente de conciliar el sueño practicando la técnica de Ormuz, recordamos que no hemos revisado la mochila de nuestro hijo por si se llevó por error el bocadillo de su compañero a la vez que se nos viene a la mente aquella preciosa ilustración sobre batallas navales que venía en nuestro libro de historia del instituto. Un cacao mental, vamos.
La lectura apresurada, compulsiva, que busca solo la curiosidad, el impacto, el no perderse nada de lo que está pasando ya sea en nuestro círculo más cercano, ya en el mundo mundial, nos deja sin posibilidad de aprehender nada. Horas de lectura que por un ojo nos entran y por el otro (con perdón) nos salen, sin aprovecharnos en absoluto. Nuestro cerebro, nuestro espíritu, son como tierra reseca, agostada, sin agua. Viene un torrente digital de datos, pasa por encima, pero enseguida se vuelve a secar. Para convertirse en tierra fértil y dar fruto, es necesario que esas ideas caigan como rocío, como llovizna sobre la hierba, como orvallo sobre el césped.
Y ahora que cito los salmos, ¿cómo afectará esta pandemia de falta de comprensión lectora a la forma en que la Palabra de Dios cala en los corazones de los hombres y de las mujeres de hoy? Hay que recordar que muchos santos se encontraron con el Señor y experimentaron la conversión gracias a lecturas espirituales que, por supuesto, comprendieron y dejaron que tocara realmente sus vidas.
Entre los más famosos, san Ignacio de Loyola que, durante una larga convalecencia por una herida de guerra, para pasar el tiempo, pidió que le trajeran libros de caballerías a los que era aficionado. Resultó que en aquella casa solo había «un Vita Christi y un libro de la vida de los santos en romance», como él mismo cuenta. Se aficionó a estas lecturas y, «poco a poco, Dios se fue metiendo en mi alma, y de caballero valeroso de un señor terreno pasé «a heroico caballero del Rey Eterno, Jesucristo”».
¿Y qué decir de san Agustín, que tras escuchar una misteriosa voz infantil que le decía «toma y lee” abrió las escrituras al azar y encontró concretamente en una carta de san Pablo lo que llevaba buscando toda su vida sin saberlo y que no era otra cosa que a Cristo? Así lo contó él en su libro las Confesiones, obra que siglos después caería en manos de santa Teresa de Jesús y cuya lectura fue clave para su conversión y su cambio de vida; vida que, a su vez, fue recogida en una autobiografía que, tras ser leída por la profesora de filosofía judía Edith Stein la llevó a exclamar: “¡Esta es la verdad!”. Se convirtió, pues, al cristianismo llegando luego a los altares con el nombre de santa Teresa Benedicta de la Cruz. La cadena de conversiones que la lectura (bien comprendida) de la Palabra de Dios y de las vidas de los santos han dejado y siguen dejando es infinita.
No seré yo quien demonice las aplicaciones para rezar los salmos o leer el Evangelio en el móvil, pues las uso a diario y pueden ser un medio muy útil, pero estaría bien que revisáramos si es la mejor manera de enfrentamos a esos textos y en qué contexto lo hacemos. Tenemos que buscar tiempo, tenemos que buscar espacios para que la Palabra de Dios, que «es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo» y las lecturas espirituales no nos resbalen como si fueran el enésimo mensaje de felicitación de cumpleaños de un grupo de Whatsapp, sino que de verdad se claven en nuestro corazón porque nos va la vida en ello. ¿Comprende?
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.





