La oración en verano

La oración puede ser estar en silencio junto a Dios y en paz , sabiéndose amado, sin necesidad de muchas palabras.

1 de agosto de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
oración verano

Como cada día, el misterioso matrimonio mayor se ha colocado hoy a nuestro lado en la playa. Llegan en silencio, sueltan los bártulos, clavan su sombrilla, despliegan sus sillas y se sientan tranquilamente a contemplar el mar, sin dirigirse una sola palabra. 

En torno a mediodía, como siempre en el más absoluto de los silencios, se disponen a tomar el aperitivo, que preparan con una coreografía milimétrica. Él saca de la nevera dos refrescos y, tras cerrar su tapa, la cubre con un pequeño mantel de cuadros verdes y blancos. Ella dispone sobre la improvisada mesita lo que toque, unas veces, pequeños bocadillos de atún; otras, unas lonchas de embutidos o queso con piquitos de pan. Hoy parece que traen fruta pelada y cortada a trocitos, que pinchan con dos pequeños tenedores de plástico.

El ágape se desarrolla sin que se les oiga decir una sola palabra. Como cada día, cada bocado, cada sorbo de la bebida se produce con parsimoniosa cadencia. Primero uno, luego el otro. No se interrumpen, no coinciden a la vez pinchando su trozo de fruta, no hay conversación, ni siquiera cruce de miradas. Acabadas las viandas, como si dieran marcha atrás a una moviola, todo queda colocado como al principio, con ellos dos contemplando el horizonte infinito de la mar, que hoy es un plato. Jamás los he visto sacar el móvil para ver las notificaciones ni leer un periódico o una revista para entretenerse. 

¡Qué aislamiento –pienso–, qué falta de comunicación entre ellos! ¿No habrá temas sobre los que informarse o asuntos sobre los que charlar? Los incendios, el cambio climático, la guerra, la corrupción política, el nuevo lío del cuñado, lo caro que está todo, la última insidia de la vecina, las notas del nieto o el problema en el trabajo de la nuera. ¿Por qué no hablan? Seguro que se llevan mal. Están tan quemados el uno del otro que prefieren no hablar para no discutir. Seguro que, de jóvenes, no paraban de charlar y se dedicaban apasionadas miradas; pero ahora, míralos, ¡qué tristeza! O quizá ni siquiera eso, a lo mejor son así de sosos desde el principio, cada uno preocupado solo de lo suyo. Se casaron por no quedarse solos, porque era la costumbre de la época, pero en realidad ni se gustaban ni se querían. 

Por cierto, ahí llegan. Como cada día, poco después del tentenpié, habían salido de debajo de su sombrilla para darse un baño rápido y ahora regresan a la quietud de sus sillas plegables. 

Pero… ¡Un momento! Él ha extendido su mano y ella se la ha tomado. ¿Será posible? Me incorporo un poco para ver mejor y aguzo el oído por si llegaran a decir algo. Y el milagro sucede:

—Mari Carmen, –comienza él– qué bonitas vacaciones estoy pasado contigo.

—Yo también contigo, Ramón –responde la esposa–.

—¿Sabes? Lo que más me gusta del mundo es estar juntos. Aunque no hagamos nada interesante, aunque solo vengamos a la playa a pasar el rato y apenas hablemos, pero hacerlo junto a ti ¡es que me encanta!

—Me pasa lo mismo –contesta ella mirándolo con cariño–. Después de tantos años juntos, ¿qué nos vamos a decir? Si tú ya sabes lo que yo quiero y yo ya sé lo que tú piensas antes de que lo digas. Yo, solo estando a tu lado, ya soy feliz y disfruto de las cosas más sencillas.

—Te quiero Mari Carmen.

—Yo a ti también, Ramón.

Han terminado la conversación y han seguido cogidos de la mano, mirando al infinito azul. 

Con cara de pánfilo, reflexiono sobre lo metomentodo que soy y me viene a la mente una entrevista sobre la oración contemplativa que leí hace unos días. Explicaba que los grandes maestros de la oración no la entendían tanto como una conversación (porque tantas veces Dios «no contesta»), sino como un estar a solas con quien sabemos nos ama.

Mientras sigo el rastro de las miradas de Ramón y Mari Carmen, contemplo la belleza del cielo, del mar y de un barquito pesquero que pasa, lento, justo delante de nosotros. Descanso, vacaciones, silencio, naturaleza, presencia. Estar contigo, Señor.

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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