Europa atraviesa una de las transformaciones más profundas de su historia reciente: el invierno demográfico. La natalidad se encuentra por debajo del nivel de reemplazo en la mayoría de los países europeos, la población envejece aceleradamente y cada vez son menos los trabajadores que sostienen sistemas de pensiones diseñados para una realidad social que ya no existe. Algunos gobiernos buscan soluciones y la política migratoria parece que cuenta con aceptación de los dirigentes, pero rara vez se preguntan si el problema no se encuentra en la propia arquitectura económica y cultural sobre la que se han construido nuestras sociedades.
Durante décadas hemos diseñado la economía como si el cuidado fuese un recurso inagotable. Hemos dado por sentado que siempre habría alguien dispuesto a criar hijos, acompañar a los mayores, sostener a los enfermos y atender a las personas dependientes. Sin embargo, aquello que sostiene nunca ha ocupado un lugar en las cuentas nacionales, en los sistemas de cotización ni en las métricas del éxito económico. El mercado ha necesitado constantemente el cuidado, pero lo ha tratado como una realidad invisible.
La paradoja del PIB
La consecuencia es una paradoja difícil de ignorar. Las sociedades necesitan niños para garantizar su futuro, pero penalizan económica y profesionalmente a quienes los tienen y los crían, fundamentalmente sus madres. Se necesitan personas que cuiden de los mayores, pero a la vez se considera improductivo el tiempo dedicado a acompañarlos, cuando quien lo hace es un hijo. La sociedad necesita familias capaces de sostener vínculos estables y redes de apoyo, pero el Estado, las instituciones, las empresas organizan el trabajo como si esas responsabilidades no existieran.
El cuidado no es un problema que la economía deba resolver, sino la condición previa que hace posible cualquier economía. Sin personas dedicadas a los demás no existen trabajadores, consumidores, contribuyentes ni ciudadanos. Sin embargo, quienes realizan ese trabajo dentro de la familia continúan asumiendo costes económicos, laborales y previsionales que rara vez son reconocidos.
La mujer ocupa un lugar central en esta reflexión, aunque el hombre va entrando poco a poco en este terreno. A lo largo de las últimas décadas, la mujer ha conquistado prácticamente todos los espacios educativos, profesionales y económicos que históricamente le fueron negados. Ese avance constituye una de las grandes transformaciones sociales de nuestro tiempo. Sin embargo, precisamente porque la mujer ha conquistado esos espacios, resulta necesario reconocer también a aquellas que continúan sosteniendo la vida mediante el cuidado, la crianza y el acompañamiento familiar.
Valorar la maternidad
Reconocer esta realidad no significa reducir la maternidad a una función económica ni encerrar a la mujer en un papel determinado. Significa admitir que engendrar, criar y sostener una familia genera un valor social del que se benefician los padres, el Estado y el conjunto de la sociedad. Del mismo modo, acompañar a los padres en la vejez, cuidar a los enfermos o estar presentes cuando la vulnerabilidad aparece constituye una aportación indispensable para la cohesión social.
De hecho cuando esos cuidados son realizados por profesionales externos, aparecen inmediatamente en el PIB y tiene un precio de mercado. Sin embargo, cuando lo realizan los miembros de una familia por amor, responsabilidad o compromiso, desaparece de las estadísticas. La paradoja es evidente: aquello que resulta imprescindible para la supervivencia de la sociedad se convierte, precisamente por su gratuidad, en invisible.
No se trata de cuestionar la labor de los profesionales del cuidado, cuya aportación es valiosa y necesaria, sino de reconocer que existen formas de atención, presencia y entrega que difícilmente pueden sustituirse por completo mediante una relación laboral. Hay situaciones que exigen algo más que competencia técnica: exigen tiempo, afecto, disponibilidad y, en ocasiones, la entrega de una parte importante de la propia vida.
Hablemos de justicia social
Proteger el cuidado de la familia, los familiares y la comunidad no es una concesión ni un privilegio.
Si el sistema se beneficia de generaciones enteras de personas que dedicaron años a criar hijos o atender familiares dependientes, resulta razonable que reconozca esas contribuciones mediante mecanismos fiscales, laborales y previsionales adecuados: sistemas de pensiones que computen adecuadamente los años dedicados al cuidado, mercados laborales compatibles con trayectorias familiares no lineales, reconocimiento de la denominada “deuda biográfica” acumulada por quienes sacrificaron oportunidades profesionales para sostener a otros y una cultura económica que deje de considerar improductivo todo aquello que no genera beneficios inmediatos.
Tratar así el cuidado, desde todos los prismas, también el económico, es justicia.
El invierno demográfico europeo obliga a replantear muchas certezas. Quizá la solución no consista únicamente en incentivar los nacimientos o aumentar el gasto público, sino en reconocer aquello que siempre ha estado sosteniendo silenciosamente nuestras sociedades: si queremos más niños, más cohesión social y más bienestar para nuestros mayores, debemos dejar de tratar el cuidado como una realidad marginal y empezar a incluir al cuidador, también cuando es el padre, la madre, un hijo o un hermano, en las cuentas nacionales.
Toca poner el cuidado en el centro y reconocer que la riqueza de una sociedad no es únicamente la que aparece en sus balances, sino la que nace de las personas que cuidan, acompañan y sostienen la vida de los otros.
Periodista y madre de tres hijos.





