Hace unos años, una conocida marca de alimentación infantil sometió a un grupo de niños a un curioso test para demostrar que el sentido de la belleza cambia de niños a adultos. Para ello, se les ponía de uno en uno frente a una mesa llena de retratos de mujeres y se les pedía que eligieran a la más guapa. Las imágenes pertenecían, en su mayoría, a modelos publicitarias, pero, entre ellas, destacaba la de una señora, digamos, del montón. Sorprendentemente, todos los niños pensaban que la mujer más guapa era, precisamente, la menos llamativa según los estándares de belleza de las revistas de moda. La explicación no tenía nada que ver con un cambio en la percepción de niños a adultos, sino que la foto de la mujer elegida como la más bella era, en realidad, la de la madre del niño al que le correspondía hacer el test.
Con las madres solemos ser exagerados y caemos en cegueras de amor. Nuestra madre es la más guapa, pero también hace la mejor tortilla de patatas y también el mejor arroz. ¿Y las albóndigas? La madre de uno suele ser insuperable en casi todo y nos hace perder tantas veces la objetividad.
También con nuestra madre del cielo, la Virgen, cometemos excesos, no por mala intención sino por demasía de cariño y es bueno que lo divulguemos y nos prevengamos para no equivocarnos nosotros ni inducir a error a los que nos ven desde fuera.
En estos días en los que en todo el orbe católico se celebran las fiestas de la Asunción, reuniendo a millones de devotos, podemos recordar lo que el Catecismo nos dice sobre el culto a María. Afirma que Ella «es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de «Madre de Dios», bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades»; aunque nos advierte también de que «este culto […] aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo». Aunque, añade, «lo favorece muy poderosamente». Aquí está la clave del famoso «Ad Jesum per Mariam» (A Jesús por María) que nos explica que la devoción a María es un muy buen camino para llegar al Dios verdadero.
Cuando la devoción se queda solo en María
Sin embargo, aún quedan manifestaciones de la religiosidad popular que se quedan en bucle en el «per Mariam» sin llegar al «ad Jesum» y lo que conlleva convertirse en su seguidor. También hay quienes, a pesar de que el Concilio nos insistió en que «no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo», pasan más tiempo pendientes de supuestas nuevas revelaciones de la Virgen que delante del Evangelio, lugar en el que se hace auténticamente presente Cristo, el Verbo Encarnado. Él es la Palabra que hay que escuchar.
Poniendo a María por delante de Dios nos puede pasar como a quienes, a pesar de las advertencias, miraron el pasado miércoles el eclipse de sol sin la debida protección y acabaron en urgencias. Es verdad que María, como la luna, es más dulce de mirar, más agradable, porque es más cercana. El culto mariano es más amable porque la muchacha de Nazaret es una de nuestra raza, pero no olvidemos que su brillo es solo reflejo de la luz del «Sol que nace de lo alto». Si nos empeñamos en asimilarla tanto a Dios hasta el punto de que nos oculte su rostro, podemos quedarnos ciegos, es decir, podemos terminar creyendo en cualquier cosa menos en el Dios verdadero revelado en Jesucristo.
La luna que señala el camino al cielo
La identificación de la Virgen (o de su figura arquetípica, la madre Iglesia) con la luna, el famoso «mysterium lunae», viene desde los primeros siglos del cristianismo. La «mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies» del Apocalipsis que tan bien expresa la Virgen de Guadalupe, es María revestida de Cristo para los Padres de la Iglesia. La luna, con sus ciclos, es también imagen del paso del tiempo. Por lo que, colocándola sobre ella, se nos está mostrando a una mujer que trasciende el tiempo, pues antes de empezar a existir ya fue elegida (Inmaculada Concepción) y, tras su paso por la tierra, vive ya para siempre en cuerpo y alma en el cielo (Asunción).
También el Papa Francisco nos dio otra imagen lunar de María precisamente en un día de la Asunción. Dijo que, al igual que el primer hombre que pisó nuestro satélite dijo aquello de que «este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad», así también la pequeña María, con su Asunción, dio el primer paso de una de nosotros en el cielo, abriéndonos así, con ella, el camino a toda la humanidad.
Así que, felicitémonos por este pequeño gran paso que celebramos estos días y no olvidemos las gafas de protección cuando contemplemos el misterio de una madre a la que queremos con locura, no vaya a ser que nos ciegue su belleza.
Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.





