Con nostalgia

Miro hacia atrás con nostalgia y recuerdo a un chaval que grita a una pantalla, bien metido en el argumento y disfrutando de lo que ahí está pasando.

15 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

La tecnología actúa como una extensión de nuestras capacidades, facilitando la comunicación, el aprendizaje y el acceso a la información. Tiene el potencial de liberarnos de tareas tediosas y repetitivas, permitiéndonos enfocarnos en la creatividad, la empatía y la conexión social. Si hoy día quiero ir al cine, antes de sentarme en la butaca ya he visto el tráiler de la misma (y creo que podría gustarme, por eso voy), he sacado las entradas por internet y hasta he elegido la fila de butacas que más me gusta. También he podido elegir un sillón más o menos cómodo. Mi duda viene cuando no veo que esa extensión de mis capacidades que la tecnología me ofrece vaya pareja a una mayor humanidad a la hora de relacionarnos.

Cuando era pequeña, los domingos por la tarde, mi padre nos llevaba a los cuatro al cine. Se veían dos películas seguidas para pasar la tarde en el cine de la parroquia, que era una sala inmensa que se ponía abarrotada de niños. Recuerdo que, en esa sala repleta, no había un absoluto silencio: se comían palomitas, pastelitos de chocolate, gominolas y se masticaban chicles de fresa o clorofila. También se bebía con pajita, haciendo su ruido correspondiente al absorber. En el bar había también un botijo con agua. Se hablaba en voz alta, se reía sonoramente o se lloraba. Los espectadores se levantaban para ir al baño, haciendo levantar a toda una fila. No se respetaba un riguroso silencio y los espectadores lo teníamos asumido; era parte de la experiencia. Eso era así y a nadie se le ocurría en aquellos tiempos (hablo de hace más de cuarenta años) pensar que pudiera ser de otra manera.

Otra característica de ir al cine en los ochenta era que la gente comentaba con el de la butaca de al lado aspectos del tema de la película que no entendía o se hacía contar “qué había pasado” en esos minutos que no había visto al ir al baño (ver dos películas seguidas son casi cinco horas). También se podían oír los ronquidos de alguien aburrido que hubiera decidido que ese era un buen lugar y momento para echarse una siesta. Y podía darse el caso de que un apasionado gritara a la protagonista de la película que aparecía en la pantalla que estuviera tranquila, y que nada malo le iba a pasar. “Tranquila, que ahora viene el chico asalvarte”, gritaba el chiquillo refiriéndose al chico de la película, sin pensar, ni remotamente, que podía ser un maleducado gritando de ese modo.

Hoy estas cosas son inconcebibles, pero ocurren otras como llamadas de teléfono o gente que decide que lee el periódico en su pantalla mientras ve la película al mismo tiempo. Personas que no pueden estar relajadas mirando una película sin consultar sus mensajes de WhatsApp. Las salas están menos llenas y nadie ve dos películas seguidas en una sala, como tampoco se absorbe con la pajita haciendo mucho ruido (¿qué niño no ha hecho eso?). Miro hacia atrás con nostalgia y recuerdo a un chaval que grita a una pantalla, bien metido en el argumento y disfrutando de lo que ahí está pasando. Ir al cine era meterse en una historia y evadirse. Solamente algunas familias tenían televisión.

Cuando ayer, al lado de mi butaca, me toca un tipo leyendo los mensajes y el periódico en la pantalla de su móvil y al mismo tiempo sigue la película, me gustaría volver a esas salas de los años ochenta llenas de vida, cuando al acabar la película no podías levantarte porque un clavo invisible te había fijado en la butaca y salías de la sala comentando con tu amigo las cosas que te habían llamado la atención y pensando que te encantaría volver a verla, mientras alguien que no conoces te está escuchando y pensando que le ha pasado lo mismo que a ti. Al final noto que, si bien antaño no habría podido sacar la entrada por internet, establecíamos relaciones más humanas a la hora de realizar esa actividad.

Un uso equilibrado de la tecnología es la clave, ya que el abuso puede provocar deshumanización, sedentarismo y desconexión social. De hecho, me sienta muy mal cuando, al preguntarle algo a alguien, a veces no hace ni el esfuerzo de pensar y buscar en su desván mental algo para poder responderte, sino que te suelta directamente: “Busca en Google”. Echo de menos, pues, al niño emocionado que gritaba a una pantalla.

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