Educación

La trampa del pragmatismo en colegios y universidades católicas

Las universidades católicas necesitan recuperar el protagonismo de las Humanidades para formar líderes capaces de influir en la cultura y renovar la sociedad desde los valores del Evangelio.

Santiago Leyra Curiá·21 de octubre de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
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Joven leyendo, de Matthias Stom

En las últimas décadas, el panorama de la educación superior y escolar de identidad católica experimentó una mutación silenciosa pero profunda. Algunas instituciones fundadas bajo el impulso de grandes carismas, orientadas a la búsqueda de la verdad y a la formación integral del ser humano, parecieron haber sucumbido a la lógica implacable del mercado. Durante años, el éxito de un centro educativo católico pareció medirse en los gráficos de sus departamentos de admisión, en la rentabilidad de sus campus y en el porcentaje de egresados que lograban colocarse en consultoras multinacionales tras cursar Administración y Dirección de Empresas (ADE).

Sin duda, cuadrar las cuentas y garantizar la viabilidad económica es una condición indispensable para la supervivencia de cualquier institución. El problema no radicó en la eficiencia de la gestión, sino en la abdicación de su misión primordial: la formación integral de las personas y la transformación cristiana de la cultura. Cuando la máxima aspiración que se transmite en una institución de esta naturaleza -quizá no de palabra, pero sí muchas veces con los hechos- a los alumnos es la obtención de un título rentable que les asegure un buen nivel de vida y una cómoda inserción en el sistema, la incidencia cultural de los antiguos alumnos se vuelve irrelevante o, peor aún, asimilada por el pensamiento dominante.

El refugio de lo políticamente correcto

Pienso que el diagnóstico invita a una profunda autocrítica para afrontar con acierto el futuro. Si los líderes de estas instituciones se escogen entre gestores financieros obsesionados con el riesgo reputacional y pánico a que los medios de comunicación hablen mal de ellos, el resultado es la parálisis creativa. Se acaba educando a los estudiantes en una suerte de prudencia mal entendida, un caminar sobre ascuas conceptuales para no molestar a nadie, moviéndose siempre dentro de los límites de lo políticamente correcto de cada momento.

Bajo este esquema, el alumno excelente y con inquietudes no encuentra en su alma mater el fuego del espíritu vanguardista ni el anhelo de conquista cultural. Aprende, en cambio, a no meterse en problemas. No es extraño, por tanto, que la huella de estos egresados en los grandes debates contemporáneos —el arte, la literatura, los medios de comunicación o las corrientes de pensamiento— haya sido muchas veces prácticamente invisible. En el mejor de los casos, su excelencia se ha reducido al ámbito técnico, corporativo o incluso militar, con escasa capacidad para fermentar la sociedad con los valores del Evangelio. Y cuando algunos antiguos alumnos destacaban en el ámbito del arte y de las humanidades no rara vez lamentaban su paso por esos colegios y universidades, en los que quizá no se sintieron comprendidos cuando no directamente maltratados por su especial sensibilidad.

El verdadero motor del cambio: las Humanidades

La historia demuestra que la cultura no se transforma desde los balances contables, sino desde las ideas, la belleza y la comprensión del misterio humano. La verdadera vanguardia cultural nace de la Filosofía, la Historia, el Arte y las Humanidades. Son estas disciplinas las que dotan al estudiante de un pensamiento crítico, de una capacidad de lectura profunda del signo de los tiempos y de las herramientas conceptuales necesarias para proponer alternativas audaces a la crisis antropológica actual.

Como decía el inmortal profesor Keating de “El club de los poetas muertos” (Peter Weir, 1989), “no olviden que a pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo (…). Les contaré un secreto: no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería, son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos».

Cuando las universidades que pretenden proporcionar una formación católica renuncian a ser faros de las humanidades para convertirse en meras escuelas de negocios de alta gama, están entregando el monopolio de la configuración social a otras cosmovisiones. Un graduado en ADE puede ser un excelente profesional y un católico ejemplar en su vida privada, pero con sólo esa preparación difícilmente tendrá el bagaje cultural necesario para disputar la hegemonía de las corrientes ideológicas que configuran el alma de nuestro tiempo. Y en el frenesí del día a día quizá no encuentre tiempo para leer, pensar y formarse.

Lecciones desde la Corona

Mientras muchos centros católicos corren el riesgo de homogeneizarse en la búsqueda del prestigio corporativo, las instituciones públicas o de tradiciones ideológicas diferentes comprenden perfectamente el valor de la influencia y el rigor académico. Un ejemplo reciente y significativo en España es el de la Princesa Leonor, quien ha iniciado sus estudios universitarios en la Universidad Carlos III de Madrid.

Se trata de una institución pública, tradicionalmente asociada a la izquierda laicista intelectual, que sin embargo ha sabido labrarse un prestigio académico indiscutible a base de rigor, exigencia y una fuerte presencia en el debate social. Este movimiento pone de manifiesto que el verdadero atractivo y la capacidad de convocatoria —incluso para las más altas instituciones del Estado— no dependen de la afinidad ideológica previa, sino del prestigio real y de la relevancia intelectual que se proyecta hacia la sociedad. Para la futura Reina de España no se ha elegido una universidad de inspiración católica sino una universidad que se piensa la puede preparar para lidiar con los debates culturales e intelectuales del momento. Esperemos que las cosas hayan cambiado cuando el que elija universidad sea su heredero o heredera.  

Hacia una vanguardia cultural católica

Para no continuar con esta tendencia, las instituciones de inspiración católica necesitan detectar este peligro. No basta con directivos expertos en marketing y optimización de recursos. Se necesitan líderes dotados de una sólida formación humanística, con visión estratégica y, sobre todo, con un espíritu de conquista cultural. No olvidemos que las universidades nacieron precisamente en el seno de la Iglesia católica y ejercieron durante siglos una impronta decisiva en la creación de una cultura y unas sociedades profundamente cristianas.

El reto no es menor: exige la valentía de arriesgar, la audacia de proponer la verdad cristiana sin complejos y la inversión decidida en aquellas disciplinas que el mercado actual ha considerado muchas veces «inútiles», pero que son las únicas capaces de salvar al hombre de la alienación. Los colegios y universidades que se dicen católicos serán motores de cambio cuando sus aulas dejen de ser meros trampolines hacia el confort socioeconómico y vuelvan a convertirse en los talleres donde se forjan los pensadores, artistas y líderes capaces de renovar el mundo desde sus cimientos. La oportunidad que se presenta con el cambio de época y el hartazgo del modelo nacido en 1968 es histórica, si se sabe aprovechar.

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