Evangelización

Jacek Magiera, ¿un entrenador de futbol, santo?

Muchos de los que entrenaron balo las órdenes de Jacek Magiera repiten lo mismo: «Me ayudó a ser mejor persona».

Stanisław Urmański·19 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
Jacek Magiera

El día 10 de abril falleció inesperadamente a sus 49 años, Jacek Magiera, el entrenador adjunto de la selección polaca de futbol. Su nombre no sonara a los seguidores de los grandes equipos de futbol, pero sí ha sido un referente de los últimos años a nivel nacional. Magiera no solo tenía resultados en el campo, sino ayudó a crecer como personas a muchos futbolistas. El entrenador no ocultaba que, si ha hecho algo bueno, era porque respondía a lo que Dios le ha dado. 

Es raro que en Przegląd Sportowy, el diario deportivo polaco de referencia aparezca un adjetivo santo. Desde luego, debido a la irrupción de internet como fuente de noticias de última hora —como los resultados de los partidos—, el diario evolucionó dejando más espacio para entrevistas y artículos de opinión que explican, con mayor profundidad, el porqué de lo que pasa en los campos de fútbol u otras arenas deportivas.

¿Un santo?

Así que vuelven los temas como el trabajo constante, la lucha contra la adversidad o el no perder el ánimo tras la derrota. Pero, ¿santidad? Resulta significativo que, en su comentario sobre el fallecimiento de Jacek Magiera, su colega de la época de la selección juvenil polaca, Kamil Kosowski, lo describa de la siguiente manera: “No quería describir a Jacek solo como entrenador o futbolista porque, independientemente del oficio que desempeñara, sería para mí el mismo compañero: lleno de calidez humana, servicial, inteligente y empático con el otro. Un hombre de fe, profundamente religioso, asiduo lector, hambriento de conocimiento y capaz de entender que el desarrollo futbolístico no lo es todo. Un hombre sin adicciones, cristalino; se puede decir que ha sido un santo”.

Es interesante que su colega, en vez de hablar de sus éxitos como futbolista y entrenador, destaque su lado humano y subraye su profunda fe. Su relación con Dios, normal y sencilla, afectaba a todo lo que hacía. El hecho de que incluso las personas que no compartían su fe se dieran cuenta de que allí había algo más, es muy significativo.

¿Quién fue Jacek Magiera?

Nacido en Częstochowa, junto al santuario de Jasna Góra, Magiera empezó su carrera en el club local Raków, pero pronto se trasladó al Legia de Varsovia, el equipo de la capital, que encabeza el ranking de los clubes polacos con 15 títulos. En el Legia jugó 10 temporadas y ganó 2 veces el campeonato nacional. Ya en su etapa de jugador pensó en dedicarse a los banquillos. A los 32 años terminó su carrera como futbolista y empezó a entrenar. Entre sus logros destaca el campeonato de Polonia de 2017 con el Legia de Varsovia. Siete años más tarde logró el subcampeonato con el Śląsk Wrocław. También colaboró de diversa manera con la selección polaca, de la cual fue entrenador adjunto recientemente.

Pero más que los títulos, lo que realmente vale es el trabajo que hizo con los futbolistas. Los años que más le marcaron fueron 2014 y 2015, cuando estuvo a cargo del segundo equipo del Legia de Varsovia. Allí tenía bajo su tutela a jóvenes jugadores de 17, 18 y 19 años con mucho talento y todo el futuro por delante, que tenían que enfrentarse a la entrada en la vida adulta y corrían el riesgo de echarse a perder. Ahí entraba Magiera con su exigencia y su acompañamiento integral.

Muchos de los que entrenaron con él repiten lo mismo: «Me ayudó a ser mejor persona». En una de sus entrevistas explicaba que su modo de entender el oficio de entrenador consistía en ver en un joven jugador algo que otros no habían visto, para así edificarlo y darle la oportunidad de adquirir experiencia.

Lo que dicen sus jugadores

Y estas no son solo palabras suyas; los jugadores lo confirman. Resulta muy ilustrativo lo que dice Jakub Rzeźniczak, quien empezaba su carrera profesional en el Legia cuando Magiera terminaba la suya y luego lo tuvo como entrenador: “Fue uno de mi mentores, siempre apoyaba a los jugadores jóvenes. Me ayudó a aprobar el examen de bachillerato y me prestaba dinero cuando me faltaba”.

Rzeźniczak cuenta cómo, cuando Magiera ya trabajaba en otro club, le llamaba en los momentos difíciles, incluso en asuntos de su vida privada: “Me ayudó muchas veces: cuando pasaba por un mal momento futbolístico, cuando falleció mi hijo o cuando pasaban cosas malas en mi vida; siempre pude contar con él. Después de llamar al entrenador Magiera, uno simplemente revivía de algún modo; sabía infundir un espíritu muy positivo en las situaciones difíciles”.

A estos jóvenes jugadores, y no solo a ellos, les transmitía la necesidad de actuar a conciencia. En un momento dado se topó con el libro de Álex Rovira y Fernando Trías de Bes, La buena suerte. El libro, en forma de fábula, explica que el éxito profundo —ya sea empresarial, futbolístico o vital— no es una cuestión de azar, sino de decisiones bien tomadas y de integridad. Magiera se fascinó tanto con la obra que compró los 700 ejemplares que quedaban de la edición polaca para regalárselos a sus jugadores y explicárselos en las charlas de los entrenamientos. Hacía pensar a los jóvenes futbolistas para que se cuidaran y no desperdiciaran el esfuerzo del entrenamiento con entretenimientos nocivos.

En cuanto a su modo de dirigir al equipo, también se veía que iba a lo profundo. Por ejemplo, respecto a la disciplina en el vestuario, explicaba en una entrevista que no buscaba imponerla a gritos para que los jugadores hicieran lo que él quería, sino que consideraba que la disciplina debía nacer del interior de los futbolistas. Los buenos jugadores quieren hacer lo que dice el entrenador porque ya lo tienen interiorizado.

El fútbol, en su sitio

En las entrevistas no ocultaba que para él el fútbol no era lo más importante. Antes, desde luego, estaba su familia. Se casó tarde con Małgorzata, quien compartía su pasión por el fútbol, y tuvieron dos hijos. Es significativo que diera mucha importancia a no cambiar de equipo con demasiada frecuencia. Sabía que sus hijos necesitaban a su padre y requerían estabilidad para crear lazos duraderos, algo de lo que, según reconocía, su mujer siempre le advertía.

Y lo primero de todo era su trato con Dios. En una entrevista afirmaba: “Para mí, la fe es el fundamento sobre el cual construyo todo. Construyo la familia, el equipo y a cada jugador individualmente (…) Yo sé que sin Dios no existiría, no existiría todo lo que hago. Confío completamente en que el camino divino es mi camino”.

Circunstancias del fallecimiento

Su muerte fue inesperada: se desplomó durante un entrenamiento individual mientras corría por un parque de Breslavia (Wrocław) a causa de una parada cardíaca. Pocas semanas antes se había sometido a un examen médico exhaustivo que no detectó anomalía alguna.

Su fallecimiento fue ampliamente comentado en los medios de comunicación. A su funeral asistió el presidente de la república, Karol Nawrocki. La Asociación Polaca de Fútbol decretó un minuto de silencio antes de todos los partidos de la Ekstraklasa en la semana de su muerte. Los aficionados del Legia prepararon un tifo con su retrato a gran tamaño para acompañar al club en el partido de liga. En el siguiente encuentro del Śląsk, su último club tras su fallecimiento, el juego se detuvo en el minuto 19 y 47 segundos, en referencia al año de fundación del club (1947).

Un año y medio antes había visitado el santuario de Gietrzwałd, al norte de Polonia, lugar de las apariciones de la Virgen en la segunda mitad del siglo XIX. A partir de aquella visita, la familia Magiera rezaba el rosario diariamente. Jan, su hijo de doce años, de manera espontánea el día del fallecimiento y viendo el ambiente tan cargado de tristeza, dijo: “Oye, ¿por qué no rezamos el rosario? Eso es lo que haría papá”.

El autorStanisław Urmański

Sacerdote polaco.

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