En medio de las celebraciones del Orgullo, y rodeados por un discurso social que suele presentar la libertad como ‘hacer siempre lo que uno desea’, el testimonio de Leandro ofrece una perspectiva distinta. No pretende imponer su visión a nadie, sino compartir el camino que él ha elegido recorrer, como católico que experimenta Atracción hacia el Mismo Sexo (AMS) y que ha decidido vivir de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia.
Su historia no es la de alguien que afirma que el camino es sencillo. Tampoco la de quien dice haber resuelto todas las preguntas. Es, más bien, el relato de una reconciliación construida desde el conocimiento, la fe y la convicción de que la identidad de una persona es mucho más profunda que sus inclinaciones.
Conocer para reconciliar
Para Leandro, el punto de partida fue descubrir que la reconciliación entre su fe y la atracción hacia el mismo sexo solo podía comenzar desde el conocimiento. «No se puede tener fe en lo que no se conoce», explica.
Durante años desconoció cuál era realmente la enseñanza de la Iglesia sobre esta realidad. Fue alrededor de los 25 o 26 años cuando conoció el apostolado Courage y asistió por primera vez a una de sus reuniones. Allí encontró una explicación que cambiaría su manera de entenderse a sí mismo: “Dios ama infinitamente al pecador, pero nunca al pecado”.
Desde esa perspectiva, Leandro comparte que su reconciliación fue posible al saber que “sentir AMS no es pecado, pero al actuar de acuerdo a las AMS nos alejamos de Dios y de su plan divino”. “En años más recientes,enseñanzas de la Iglesia como la Teología del cuerpo, de sanJuan Pablo II, le han dado sentido y motivación a esta reconciliación” añade.
La fortaleza de una vida espiritual
Cuando se le pregunta dónde encuentra fuerzas para perseverar, Leandro señala especialmente tres apoyos: “la devoción a algunos santos, la cercanía de su ángel custodio y la Eucaristía”.
Para él, la fe no consiste únicamente en aceptar unas normas morales, sino en mantener una relación viva con Dios que sostiene el camino cotidiano.
Su experiencia dentro de las comunidades parroquiales no ha sido siempre la misma. Reconoce que hay lugares donde se ha sentido acogido y otros donde no tanto. Sin embargo, evita convertir esa experiencia en motivo de resentimiento.
«La Iglesia es imperfecta», afirma, “y creo que lo más importante es aprender en el camino que nosotros somos quienes debemos cobijar y valorar a los demás con el amor que recibimos de Dios mismo”.
Frente al rechazo, elige la empatía
Leandro no niega que existan comentarios o actitudes de rechazo, pero, según dice, “no me quitan el sueño”. «Son más los comentarios y actitudes de apoyo que los de rechazo», explica.
Incluso considera que algunas reacciones negativas pueden convertirse en una oportunidad para crecer en empatía, ya que muchas nacen de la ignorancia o del miedo, sentimientos que, reconoce, todos experimentamos alguna vez frente a aquello que no comprendemos.
Para quienes viven el mismo conflicto
Leandro considera que cada vez menos jóvenes viven un conflicto interno entre su orientación sexual y su fe. “El mundo y la sociedad actual se han encargado de eliminarlo con la relatividad moral” comenta. “Pero si encontrara a alguno en esa situación, le diría que la enseñanza de la Iglesia católica es la única que realmente da sentido a la fe y a la orientación sexual”.
En su opinión, la enseñanza de la Iglesia no pretende negar la sexualidad humana ni reprimirla, sino conducirla hacia su plenitud: “Generalmente se piensa que la Iglesia propone una castración o prohibición a la orientación sexual, pero no hay nada más alejado de la verdad. La enseñanza de la Iglesia es la que da plenitud de la sexualidad humana (con la orientación sexual incluída)”.
En su conversación hace referencia al documental The Third Way (La tercera vía), producido por Blackstone Films, que considera una buena introducción para comprender esta visión.
Nunca se sintió rechazado por Dios
Uno de los aspectos más llamativos de su testimonio es que, incluso en los momentos en los que estuvo alejado de la práctica de la fe, nunca pensó que Dios lo hubiera rechazado. Más bien ocurrió lo contrario: «sabía que yo era el que era infiel y rechazaba a Dios.»
Leandro comparte una gran verdad: la misericordia de Dios permanece, incluso cuando la respuesta humana es imperfecta.
Una vocación compartida
Leandro también hace una precisión que considera importante respecto al lenguaje. Prefiere hablar de una «persona con atracción hacia el mismo sexo» antes que de una «persona homosexual», porque entiende —siguiendo la enseñanza del Catecismo y del apostolado Courage— que esas atracciones no definen la identidad más profunda de la persona.
Respecto a una posible misión específica dentro de la Iglesia, reconoce que todavía no la ha descubierto, “si es que hay una” comenta. Mientras tanto, abraza la vocación común de todos los cristianos: “luchar y aspirar a vivir en santidad, sea cual sea mi entorno y realidad”.
En ese camino encuentra una guía especial en las cinco metas propuestas en la pastoral Courage, que entiende como un itinerario de crecimiento espiritual y de fidelidad al Evangelio: vivir la castidad según la enseñanza de la Iglesia, fortalecer la relación con Cristo mediante la oración y los sacramentos, cultivar una auténtica fraternidad con quienes recorren el mismo camino, apoyarse en amistades castas que ayuden a crecer en la fe y ofrecer, con la propia vida, un testimonio coherente del Evangelio.
¿Libertad?
La historia de Leandro no pretende zanjar un debate que continúa presente tanto dentro como fuera de la Iglesia. Su intención es mucho más sencilla: compartir cómo vive él esa realidad desde la fe.
En un contexto cultural donde con frecuencia la libertad se identifica con la ausencia de límites, su experiencia plantea una pregunta diferente: ¿puede la libertad consistir también en elegir un camino exigente por fidelidad a aquello que uno considera verdadero?
Su respuesta es afirmativa. No porque ese camino sea fácil, sino porque está convencido de que seguir a Cristo da sentido también a aquellas dimensiones de la vida que exigen renuncia, perseverancia y confianza.
Ese es, en definitiva, el centro de su testimonio: una fe que no ignora la realidad personal, sino que busca iluminarla desde el Evangelio.su testimonio: una fe que no ignora la realidad personal, sino que busca iluminarla desde el Evangelio.





