Por lo general recorremos caminos trazados por otros. En el caso de Hugo Mujica, su itinerario vital y espiritual recuerda al de Thomas Merton: ambos parecen compartir un anhelo de trascendencia semejante y cualquiera de los dos habría podido firmar una autobiografía como La montaña de los siete círculos, aunque Merton se adelantara en el tiempo. En el libro mertoniano —relato de vida y ascenso hacia lo absoluto— su conversión interior se presenta como un proceso moral y biográfico; en Mujica, en cambio, ese movimiento se vuelve más radical y desnudo. En él, la ascensión deja de ser una mera experiencia interior para transformarse en descenso hacia el núcleo del ser, donde vivir desde la apariencia cede paso a vivir desde lo que verdaderamente somos.
Rasgos propios de su poesía
La búsqueda personal de Hugo Mujica se traduce, en primer lugar, en una escritura caracterizada por la brevedad y la condensación, en la que predominan poemas de naturaleza casi aforística -a veces próximos al haiku-, y en los que cada palabra tiende hacia una expresión esencial.
Curiosamente, esa economía verbal convive con una aparente paradoja: la presencia de extensos títulos de sus libros, a menudo ligados a la naturaleza, como En un río todas las lluvias, A las estrellas lo inmenso ou le récent Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras, donde los elementos naturales trascienden su función descriptiva y adquieren un valor simbólico y anímico: el río se vuelve espacio de escucha y devenir; la lluvia, aceptación de lo que somos; y las estrellas, orientación cuando el yo aprende a callar.
En este marco, el lenguaje no se orienta a explicar ni a describir, sino a sugerir, abriendo un horizonte de silencio que desplaza la lectura del plano conceptual al experiencial. En consecuencia, Mujica no construye un razonamiento discursivo, sino un ámbito de escucha. Cada poema funciona como un umbral, es decir, no transmite una verdad, sino que dispone a reconocerla.
A esto se añade otro rasgo muy peculiar: dispone los poemas en la parte inferior de las páginas de sus libros, como si cada uno actuara de forma análoga al aire caliente, ascendiendo para habitar el vacío superior.
Poema En plena noche
Esta particular manera de asumir la creación poética se manifiesta con claridad en el poema reproducido en este artículo: En plena noche. En él, la noche y la nieve trascienden su presencia como elementos del paisaje para transformarse en símbolos de experiencia interior. La noche libera de los reflejos, vacía la mirada de lo accesorio y abre el acceso a una luz esencial; la nieve y la lluvia, en cambio, por su transparencia, sugieren una claridad que no se impone, sino que se revela.
Los versos finales —“lo que busca con su bastón / el ciego es la luz, no el camino”— resumen su poética: la poesía no ofrece instrucciones ni respuestas definitivas, sino que supone una invitación a percibir lo real más allá de lo evidente: intuición que había recogido ya en un poema temprano: “como / un ciego llamando luz / al trueno / mi decir / lo que el silencio nombra”, en el que formulaba la idea de que el silencio no equivalía a ausencia de palabras, sino a su condición de posibilidad. En ese sentido, la poesía no consiste en decir más, sino en decir lo justo para que lo real aparezca, ya que cada poema es el lugar de lo único.
El poema imposible
Esta concepción se expresa aun con mayor intensidad en Confession, texto inicial de Y siempre después el viento: "El poema, el que anhelo, / al que aspiro / es el que puede leerse en voz alta sin que nada se oiga…”, versos a través de los cuales Mújica expresa su aspiración a una escritura más allá del sonido y de la materialidad inmediata de las palabras para orientarse hacia la experiencia misma. De esa forma, la palabra significativa no pretende describir ni explicar el mundo, sino abrir un horizonte de sentido y de posibilidad. Por esa razón, el lenguaje no busca conquistar la realidad ni imponer una interpretación sobre ella, sino crear las condiciones para que pueda revelarse.
La misma intuición reaparece, desde otra perspectiva, en un poema de su último libro: “Todo pasar es entre / dos orillas: el llegar / y la partida, / y en medio, en nuestro / mientras tanto, / este andar entre / otros ciegos / mendigando sus / miradas”, en el que la figura del ciego deja de ser individual para transformarse en una imagen compartida de la condición humana. Así, la existencia se presenta como un tránsito entre el nacimiento y la muerte, sostenido por la mirada de los otros. En consecuencia, la fragilidad deja de entenderse como carencia y pasa a asumirse como una condición común: avanzamos a tientas y necesitamos vínculos para orientarnos.
La poesía como forma de escucha
En conjunto, la obra de Mujica propone una forma señera de conocimiento: frente a la palabra entendida como instrumento de control, su poesía la recupera como espacio de apertura y escucha. Más que ofrecer verdades definitivas o explicar el mundo, invita a habitarlo con una atención más profunda y consciente. Ahí reside, sin duda, su fuerza más penetrante: recordarnos que comprender no siempre significa dominar, sino aprender a escuchar hasta que algo, casi en silencio, comienza a revelársenos.
También en plena noche
la nieve
se derrite blancay la lluvia
cae
sin perder su transparencia.Es ella, la noche,
la que nos libra de los reflejos,la que nos expande
las pupilas.Lo que busca con su bastón
«En plena noche» – Hugo Mujica
el ciego es la luz, no el camino.





