El martes 2 de octubre de 1928, Josemaría Escrivá, de veintiséis años, hacía ejercicios espirituales en una casa de los paúles de la calle García de Paredes, en Madrid.
Entre una plática y otra se quedó solo en su cuarto, leyó unos papeles donde llevaba años anotando cosas, y vio la iluminación de la Opera.
Se arrodilló, dio gracias y oyó las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles. «Nunca han dejado de sonar en mis oídos esas campanas», repetiría el resto de su vida.
Años después lo resumió en unos verbos: empezó a tratar gente, a formar grupos, «y a rezar y a hacer rezar».
De la visión no queda más que eso. Pero volvía sobre ella sin nombrarla, siempre con las mismas imágenes.
Fuoco
Fuego: para decir lo que le ardía dentro repetía unas palabras de Cristo, «Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?»; sobre esa frase definió la Obra como «participación estrecha e íntima en el ansia impaciente de Jesús por extender el fuego que había venido a traer a la tierra».
Luz
Luz: a los suyos los llamaba «hijos de la luz, hermanos de la luz», y a la Obra entera la describió en 1931 como una antorcha que «irá junto al suelo, vista por muy pocos, pero encendiendo las almas todas».
En una carta juntó las dos y nombró el sitio de donde vienen: «Luz y fuego encendido debemos ser, aquel fuego que siempre arderá en el altar».
Ese altar está en el último libro del Nuevo Testamento. Allí un ángel ofrece incienso junto con las oraciones de los fieles, llena después su incensario con las brasas del mismo altar y lo vuelca sobre la tierra (Ap 8, 3-5). Suben oraciones, baja fuego: rezar y hacer rezar.
Vestiduras blancas
Las vestiduras blancas se las pone el libro a lo que él vio. Lo que vio aquella mañana era una multitud: «las vidas de miles y miles de personas, a lo largo de los siglos».
En el Apocalipsis esa multitud aparece vestida: «Después de esto apareció una multitud que nadie podía contar, de todas las naciones» (Ap 7, 9), y son «los que han lavado sus túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero» (Ap 7, 14); «Los ejércitos celestes, vestidos de lino blanco y puro, le seguían en caballos blancos» (Ap 19, 14).
El libro dice quién da esa ropa y de qué está hecha: «le han regalado un vestido, de lino deslumbrante y puro: el lino son las buenas obras de los santos» (Ap 19, 8). Se la regalan, y la tejen las obras de quien la lleva.
La Esposa del Cordero lleva ese vestido, y el libro la identifica con una ciudad, la Jerusalén nueva que baja del cielo (Ap 21, 9-10). El Concilio llamó a la Iglesia «esposa inmaculada del Cordero inmaculado» (Lumen gentium, 6).
El vestido es, por tanto, de la Iglesia, y lo cosen las obras de unos santos innumerables y casi todos sin nombre. Cada uno aporta hilo.
Servir a la Iglesia
Il Opus Dei no es el fuego: lo extiende. Levanta la luz que recibe con el candelero, y del vestido de la Esposa pone un hilo.
Su fin es el del Cuerpo Místico al que pertenece. Por eso el fundador no quiso para la Obra otra cosa que servir a la Iglesia «como ella quiere ser servida». No es cortesía, es misión.
Noventa y ocho años son pocos. El vestido se sigue cosiendo.
De aquella multitud vestida de blanco el libro dice una última cosa: «el que se sienta en el trono habitará en medio de ellos» (Ap 7, 15). En medio del mundo, alrededor del trono.
Eso predicó Escrivá.





