La contemplación es el centro de la carta pastoral que el prelado del Opus Dei Mons. Fernando Ocáriz ha firmado el 16 de octubre de 2026. Se trata de una cuestión nuclear en el espíritu de la Obra, a la que dedica esta primera carta como preparación para el centenario, que se cumplirá en 2028.
El texto se estructura en trece apartados, que recorren la oración de Jesús y la experiencia de San Josemaría, la búsqueda de Dios en la vida ordinaria, los medios para crecer en la contemplación y sus frutos en la caridad y el apostolado.
Mons. Ocáriz subraya que la vocación al Opus Dei “nos lleva a desear vivir la contemplación en medio de nuestras circunstancias ordinarias”. Una contemplación que no se entiende como “un esfuerzo puramente intelectual ni una especulación abstracta. La contemplación es una mirada llena de afecto, un ver que nace del amor”.
Recuerda que San Josemaría se fijaba especialmente en Cristo durante los treinta años de su vida oculta. “Esa vida de Jesús, María y José es contemplativa y, a la vez, tan normal, sin nada extraordinario”, afirma. En este sentido, asegura que los miembros del Opus Dei, y quienes se acercan a sus apostolados, están llamados “a ser contemplativos itinerantes, a vivir en diálogo con Dios en medio de los caminos de nuestras ciudades y de la agitación de nuestra vida; a estar siempre con Dios allí donde estemos: en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestros ambientes”.
La oración más elevada
El prelado hace referencia a las profundas experiencias de oración que vivió San Josemaría en medio de la agitación del mundo. Precisamente la carta pastoral está fechada un 16 de octubre, 95 aniversario de un momento significativo. Lo recogió el propio fundador del Opus Dei en un texto autobiográfico: “La oración más subida la tuve […] yendo en un tranvía y, a continuación, vagando por las calles de Madrid, contemplando esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre”.
Mons. Ocáriz apunta como dificultad para vivir esta contemplación la actual tendencia al activismo, “a empeñar la vida únicamente en el trabajo”. A ello se suman los efectos de la constante presencia de tecnologías. Todo ello lleva a que se hable de “una auténtica crisis del recogimiento y de la atención, que es un bien tan necesario para la vida interior y para el amor a los demás”.
En estas circunstancias, gran parte del mundo de hoy está buscando dar un sentido a la vida que vaya más allá de la actividad febril. “Esto puede explicar, al menos en parte, el interés por lo ‘espiritual’ que se observa en algunos países desde hace ya algunas décadas”. Junto a ello, se ven muchos signos de un despertar del sentido religioso, un redescubrimiento de la importancia de Dios para la vida del hombre, una exigencia de espiritualidad, afirma el prelado con palabras de Benedicto XVI.
En definitiva, Mons. Ocáriz recoge la idea de San Josemaría, quien “invitaba a todos los cristianos a ‘ser almas de oración’, almas contemplativas en medio del mundo”. “En realidad, vivimos unas circunstancias muy favorables —el mundo nos lo está reclamando— para transmitir esa visión”, afirma. Porque, ante esa sed de espiritualidad, “se hace especialmente necesario el anuncio de la invitación de Dios a ser contemplativos en medio del mundo”.
No es algo exclusivo
El prelado advierte que “la contemplación no está reservada a unos pocos iniciados, ni es una meta solo para quienes se retiran del mundo”. El deseo de ver a Dios, afirma, “se encarna en el centro de las actividades cotidianas. Nos encontramos con el Señor en la mesa de trabajo, en el cuidado de la familia, en las relaciones sociales y en el descanso. El amor nos lleva a descubrir la mirada de Cristo que nos contempla y nos invita a responderle con la nuestra”.
La carta advierte sobre el riesgo de confundir la contemplación con una evasión sentimental de los deberes cotidianos, o con un refugio en ideales abstractos. “Dios no nos pide que miremos a las nubes en un ensueño ineficaz, sino que alcemos los ojos al cielo precisamente a través de lo que vivimos, lo que tenemos entre manos; también a través de los imprevistos y los reveses de cada día”.
Reproduce unas palabras de gran fuerza de San Josemaría: “No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. “Por eso -continuaba- puedo deciros que necesita nuestra época devolver a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo”.
“En definitiva, la contemplación no nos desentiende de nuestras responsabilidades terrenas; por el contrario, nos lleva a vivirlas con esfuerzo y con cariño, porque las vemos y las amamos con Dios, y desde Dios”.
Con el fin de alcanzar esa contemplación, el prelado sugiere, por un lado, “la fidelidad a la oración mental diaria. Necesitamos esos tiempos exclusivos de encuentro a solas con Dios”.
Y, en segundo lugar, cultivar la conciencia de la presencia de Dios a lo largo del día, con “la búsqueda activa de momentos de silencio, la fortaleza para permanecer en una misma actividad, la perseverancia en un trabajo constante, la humildad para escuchar, el contacto con la naturaleza, la apertura a la amistad sincera, entre tantos otros caminos”.
No se trata de centrarse en uno mismo: "La vida contemplativa no cierra al cristiano en un intimismo individualista”. “San Josemaría nos recuerda que no podemos separar el amor a Dios del amor a los demás”, añade.
En este sentido, la carta delinea la relación entre contemplación y la dedicación a los demás: “nuestra contemplación se prueba en la calidad de nuestra caridad fraterna. La delicadeza en las relaciones con los demás, el respeto de su libertad, el espíritu de servicio alegre y la capacidad de escucha son manifestaciones concretas de una vida de oración sincera: muestran que vemos cómo Dios nos espera en los demás”
Por último, destaca: “podríamos decir que no ejercemos la contemplación: somos contemplativos. La contemplación no es algo que hacemos a ratos, junto a las demás cosas: es un modo de ser y de ver la vida, en Dios y desde Dios, que informa todo lo que hacemos, lo que vivimos, lo que sentimos. Por eso, contemplación, trabajo, fraternidad y apostolado son dimensiones de una única vida cristiana. Al contemplar a Dios en la oración, lo descubrimos en el trabajo, lo amamos en nuestros hermanos y lo anunciamos con gozo a todo el mundo”.





