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Balance del viaje de León XIV a Francia

En la primera visita de un Papa a Francia en 18 años, León XIV trascendió el protocolo para abordar los grandes debates de la sociedad europea actual. El Pontífice combinó actos de Estado y encuentros pastorales multitudinarios, destacando su postura sobre la tecnología, la bioética y la laicidad, así como su encuentro con víctimas de abusos para reivindicar en todo momento la dignidad humana.

Rafael Navarro-Valls-1 de październik de 2026-Czas czytania: 6 minuty

El viaje de León XIV a Francia, desarrollado entre el 25 y el 28 de septiembre de este año, ha tenido una dimensión que va bastante más allá de la estrictamente protocolaria. Se trataba de la primera visita de un Papa a Francia en dieciocho años y, desde el comienzo, quedó claro que no iba a limitarse a una sucesión de actos oficiales. El Pontífice combinó la dimensión institucional propia de una visita de Estado con una intensa actividad pastoral y con intervenciones sobre algunas de las cuestiones que hoy generan mayores debates en las sociedades europeas: la inteligencia artificial, la bioética, la relación entre religión y Estado y el futuro del proyecto europeo.

León XIV quiso situar en el centro de su mensaje la dignidad de la persona y la necesidad de que el progreso político, científico y tecnológico permanezca subordinado a ella. Al mismo tiempo, su estancia puede calificarse de plural, pues se dirigió a sectores muy diversos de la sociedad francesa: autoridades políticas y diplomáticas, los jóvenes, los fieles reunidos en Lourdes o las víctimas de abusos cometidos por miembros del clero.

La recepción ofrecida por el presidente Macron en el Palacio del Elíseo, dio ocasión de que desde el primer momento se planteara con firmeza, pero con suavidad, las relación entre la tradición laica francesa y la presencia de la religión en el espacio público.

León XIV defendió una concepción de la laicidad que no implique la desaparición de las convicciones religiosas de la vida pública. La neutralidad del Estado, según el planteamiento expresado por el Pontífice, no debería confundirse con la exclusión de la dimensión religiosa de la sociedad. Se trata de una cuestión especialmente significativa en Francia, donde la laicidad constituye uno de los elementos centrales de la identidad política de la República.

Uno de los elementos más definidos de la visita ha sido el tratamiento de las cuestiones relacionadas con la bioética y el desarrollo tecnológico. En ambos campos, León XIV planteó una preocupación común: que determinados avances terminen desplazando a la persona del centro de las decisiones.

El reto de la bioética y los límites de la tecnología

La cuestión era especialmente importante en Francia, por el debate generado en torno a la ayuda a morir. El Papa volvió a insistir en la visión positiva de la Iglesia sobre la defensa de la vida y puso en cuestión la consideración de la muerte asistida como solución a determinadas situaciones de sufrimiento. Para León XIV, la vida humana es un don que posee una dignidad propia y que no puede ser medido exclusivamente desde criterios de utilidad o conveniencia.

El Papa dedicó también una atención considerable a la inteligencia artificial. Para él, el desarrollo tecnológico no significa incidir en una especie de «paraíso de las máquinas>> sin límites. El problema, no reside en la tecnología en sí misma, sino en la posibilidad de que el ser humano termine delegando en sistemas automatizados decisiones que exigen discernimiento, responsabilidad y juicio moral.

Esta preocupación estuvo presente tanto en la UNESCO como en sus encuentros con jóvenes. León XIV insistió en que los algoritmos pueden convertirse en instrumentos de enorme utilidad, pero no pueden sustituir la capacidad humana para decidir sobre cuestiones fundamentales. De ahí su llamamiento a establecer una regulación que garantice que la tecnología permanezca al servicio de la persona y no quede subordinada exclusivamente a los intereses económicos o a las dinámicas de poder.

En este sentido, su discurso no fue tanto una crítica al progreso tecnológico como una llamada a establecer sus condiciones y límites. La cuestión fundamental planteada por el Pontífice fue, en último término, quién debe conservar la responsabilidad sobre las decisiones que afectan a la vida y a la dignidad humanas.

La respuesta pastoral y el mensaje a los jóvenes

La dimensión pastoral del viaje tuvo una importancia equivalente a la institucional. En una sociedad profundamente secularizada como la francesa, la capacidad de la visita para movilizar a un número elevado de personas constituye, por sí misma, uno de los elementos más significativos del balance.

Uno de los momentos más simbólicos fue la celebración de las Vísperas en la catedral de Notre-Dame. La recuperación y restauración de Notre-Dame se ha convertido en un símbolo de continuidad, y León XIV aprovechó ese contexto para hablar de una Iglesia llamada a permanecer abierta y a no encerrarse en sus propias estructuras.

El momento de mayor participación popular se produjo, en el entorno de la Plaza de la Concordia (800.000 asistentes) y en el Stade de France (80.000 jóvenes). El tono del Pontífice ante los jóvenes, fue especialmente directo. Les animó a «elegir a Jesús>> en un contexto marcado por la ansiedad, la soledad y la incertidumbre.

El mensaje se dirigió a jóvenes que viven en un entorno caracterizado por la presencia constante de las pantallas, la preocupación ante el cambio climático, las incertidumbres económicas y la inestabilidad internacional. Frente a estas circunstancias, León XIV trató de ofrecer una propuesta religiosa, pero también un espacio de escucha y de diálogo.

La respuesta obtenida en el Stade de France constituye uno de los datos más relevantes de la visita. En una sociedad en la que la práctica religiosa ha disminuido de manera considerable. La concentración de una multitud de jóvenes muestra que continúa existiendo un espacio para un mensaje cristiano capaz de presentarse de manera directa y comprensible.

Lourdes, la responsabilidad ante los abusos y el futuro de Europa

La llegada a Lourdes introdujo un componente diferente. El carácter mariano del santuario aportó una dimensión espiritual particularmente intensa, pero el encuentro de León XIV con víctimas de abusos sexuales cometidos por miembros del clero añadió una cuestión de gran importancia institucional y moral.

El gesto se sitúa en la línea de las iniciativas de transparencia y reparación impulsadas por la Santa Sede. El encuentro pretendía expresar que la Iglesia no puede afrontar su futuro sin asumir también las responsabilidades derivadas de los daños causados dentro de sus propias estructuras.

No pasó desapercibida la decisión de cubrir los mosaicos realizados por el sacerdote y artista Marko Rupnik en la fachada de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario. Como es sabido, el artista había sido expulsado de la Compañía de Jesús, por abusos continuados a religiosas.

Los abusos de algunos clérigos y religiosos constituyen uno de los eventos más sorprendentes en la vida de la Iglesia. Su firme y delicado tratamiento durante la visita papal, resaltó la sensibilidad existente en torno a esta cuestión y la clara obligación de los responsables a responder ante las víctimas.

La presencia del Papa en Lourdes permitió, por tanto, unir dos dimensiones que en ocasiones aparecen separadas: la dimensión espiritual de la Iglesia y su responsabilidad institucional. El encuentro con las víctimas recordó que cualquier reflexión sobre la evangelización y sobre el futuro de la Iglesia debe incluir necesariamente una respuesta ante quienes han sufrido dentro de ella.

La última etapa del viaje, en Metz, permitió introducir otra de las cuestiones centrales del pontificado de León XIV: el futuro de Europa. En ese lugar, tan vinculado a Robert Schuma, impulsor del proyecto europeo, el Papa abordó directamente las raíces cristianas del continente cuestión tan cara a su antecesor Juan Pablo II- dibujando la idea idea de una Europa basada en la paz, la búsqueda del bien común y la cooperación.

La celebración de la Santa Misa en la catedral de San Esteban de Metz puso el punto final a la visita antes del regreso del Pontífice a Roma el lunes 28. Con ella concluía una peregrinación que había recorrido en pocos días escenarios muy distintos, desde los centros políticos de París hasta el santuario de Lourdes y la ciudad asociada a los orígenes del proyecto europeo.

El principal interés del viaje de León XIV a Francia se encuentra, precisamente, en la combinación de todas estas dimensiones. No fue únicamente una visita institucional, ni tampoco exclusivamente una peregrinación religiosa. El conjunto permite plantear la presencia de la Iglesia no tanto como una alternativa a las instituciones políticas, científicas o culturales, sino como una voz que pretende intervenir en ellas desde una concepción concreta de la persona y de la dignidad humana.

El mensaje de León XIV buscó conectar la propuesta cristiana con problemas muy concretos de las nuevas generaciones, evitando presentar la fe como una respuesta ajena a las inquietudes de la sociedad actual.

Al mismo tiempo, la visita a Lourdes recordó que la Iglesia tiene que afrontar sus propias responsabilidades. La cercanía a las víctimas y la referencia a los abusos introducen una dimensión imprescindible en cualquier balance serio del viaje. La recuperación de la credibilidad institucional no puede separarse de la transparencia, y la protección de quienes se encuentran en una situación de vulnerabilidad.

Resumiendo el viaje ha permitido a León XIV presentarse como un Pontífice dispuesto a intervenir en los grandes debates de la modernidad sin renunciar al núcleo de su misión religiosa. El balance inmediato es significativo. La visita ha devuelto al Papa al centro de la vida pública francesa después de dieciocho años, ha movilizado a cientos de miles de personas y ha abierto espacios de discusión sobre cuestiones que afectan directamente al futuro de las sociedades europeas. Queda por determinar hasta qué punto los mensajes pronunciados durante estos cuatro días tendrán consecuencias concretas, tanto en el ámbito político como en el eclesial.

Lo que sí parece evidente es que la visita no ha quedado reducida a una sucesión de actos protocolarios. León XIV ha utilizado su presencia en Francia para plantear una serie de preguntas de fondo sobre la relación entre progreso y dignidad, entre libertad y responsabilidad, entre religión y espacio público, y sobre el propio futuro de Europa. La importancia de la peregrinación dependerá, en buena medida, de la capacidad de esas preguntas para mantenerse vivas una vez que el Papa haya regresado a Roma.

AutorRafael Navarro-Valls

Catedrático Emérito de la Universidad Complutense y Presidente de Honor de la Unión Internacional Iberoamericana de Jurisprudencia.

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