Edukacja

El circo del «malote»

La dinámica social suele sucumbir a la ley del más fuerte... que casi siempre coincide con el más disruptivo. Se tolera su actitud o simplemente se le da por «imposible», mientras los alumnos nobles, con criterio y serenidad, son relegados al rincón del «muermo».

Eloy Asenjo Carpintero-22 de wrzesień de 2026-Czas czytania: 4 minuty
malote

Nos han vendido durante décadas una caricatura perversa: el «malo» es audaz, magnético y seguro de sí mismo; el «bueno», una mosquita muerta, aburrida y predecible. La cultura popular y la vida escolar alimentan esta ficción a diario. El disruptivo ríe alto, gasta bromas crueles y parece devorarse el mundo. Pero tras las bambalinas, la realidad es oscura: no presenciamos fuerza ni plenitud, sino una desesperada huida hacia adelante. 

Na stronie La senda de Aristóteles, la helenista Edith Hall rescata la observación quirúrgica que el filósofo hizo de los estragos psíquicos de la inmoralidad. Rodeado en Macedonia por intrigas sanguinarias bajo Filipo II, Aristóteles no vio líderes poderosos, sino náufragos psíquicos. Observó a criminales arrastrados al suicidio porque eran incapaces de soportar la condena de su propia memoria y la soledad de su conciencia. 

«Los malos buscan compañeros con quienes consumir los días e intentan muchas cosas desagradables e intentan escapar de sí mismos, porque estando solos, se acuerdan de muchas cosas desagradables… pero cuando están con otros se olvidan de ellas (…) Estando llenos de arrepentimientos, no pueden penar y alegrarse al mismo tiempo» (Aristóteles, Etyka nikomachejska)

El mal es polimorfo; el bien, sereno

Existe una asimetría esencial entre la virtud y la ruina moral. León Tolstoi la capturó al arrancar Anna Karénina: «Todas las familias felices se parecen entre sí; cada familia desdichada lo es a su manera». Bebía de la filosofía griega. Aristóteles ya había sentenciado que el bien es simple, pero el mal es impredecible: «El hombre bueno es siempre semejante a sí mismo; el malo y el insensato no se parecen en nada por la tarde a lo que eran por la mañana». 

Quien actúa mal vive en una montaña rusa emocional. Disfruta de un placer efímero durante unos minutos —la carcajada cobarde, el desacato— para caer de inmediato en la descomposición interna. Como no toleran el silencio de su propia conciencia, necesitan multiplicar el ruido, buscar cómplices y escalar el conflicto. Necesitan la multitud para no escucharse. 

El aula como microcosmos: la ley del más ruidoso

Cualquier educador reconoce este patrón. La dinámica social suele sucumbir a la ley del más fuerte… que casi siempre coincide con el más disruptivo. Se tolera su actitud o simplemente se le da por «imposible», mientras los alumnos nobles, con criterio y serenidad, son relegados al rincón del «muermo». Y sin embargo, son los únicos que experimentan, aunque a veces no lo parezca, una verdadera felicidad: la paz interior de quien sabe qué hace y no necesita aplausos robados para dormir tranquilo. 

El reto pedagógico es romper esta parálisis. El bien es intrínsecamente difusivo. Quienes quieren aprender necesitan herramientas, respaldo institucional y convicción para dar un paso al frente y no ceder el liderazgo al «malote» de turno. Cuesta vencer el miedo a ser el blanco de la ira ajena, pero cuando lo dan, descubren que su vida mejora y que de su valentía brotan bienes para todos. 

Docentes desbordados en un sistema injusto

Un buen docente lo es, sobre todo, si sabe poner el corazón en su oficio. Nos duelen profundamente estas situaciones porque se sostienen sobre un sistema manifiestamente injusto. ¡Claro que nos importan todos los alumnos! Nos duele tanto el «malote» perdido como el injustamente llamado «muermo». Pero el problema salpica de lleno a la esencia misma de la enseñanza. 

Los «malotes» y sus familias terminan devorando casi todo el tiempo y la energía de los centros. Los docentes nos hemos visto convertidos en policías, administrativos, fiscales y jueces: cada medida disciplinaria o protocolo se transforma en un laberinto burocrático donde un mero defecto de forma suspende el sentido común, o donde acabamos señalados ante Inspección. Nos pasamos la jornada gestionando expedientes y sofocando incendios, cuando aquello para lo que realmente nos preparamos —y lo que sabemos hacer— es enseñar. 

Es una profunda injusticia. Tenemos que hacernos violencia para arañar unos minutos en el horario y dedicárselos a los alumnos que van bien, a los que estudian, se comportan y no cometen fechorías. Ellos también se merecen tiempo de calidad, entusiasmo y atención del docente. No podemos permitir que el ruido de los disruptivos secuestre la educación de quienes aguantan en silencio. 

Forjar líderes frente a la tiranía

A esos alumnos trabajadores hay que darles las herramientas posibles para que se conviertan en auténticos líderes. Líderes morales frente a los cuales los «malotes» ya no puedan gobernar un aula. 

Debemos insuflarles las virtudes de la prudencia, la fortaleza y la templanza, que son el fundamento de la verdadera justicia. Solo así, armados de valor y convicción, procurarán atraer hacia «el buen camino» a aquellos que hoy no quieren o no pueden. 

El ajuste de cuentas con el tiempo

El mayor drama de esta permisividad no es solo la distorsión del aula, sino el abandono del propio disruptivo. Pocas cosas resultan más desoladoras para un educador que recibir, años después, la visita de antiguos alumnos convertidos en adultos amargados. Vuelven con nostalgia y remordimiento, confesando la falta que les hizo un límite firme, una corrección a tiempo y una oportunidad real para ser mejores personas. 

Es hora de desmontar el mito del «chico malo» triunfador… y también la resignación ante el «chico imposible». Ni el disruptivo es un héroe rebelde, ni su actitud es un caso perdido fuera de nuestro alcance: es un preso de sus propios actos que necesita un circo constante para no mirar su reflejo. La verdadera revolución en nuestras aulas consiste en dar la cara por los buenos, armar su liderazgo y recordar que la integridad no es aburrida, sino el único camino hacia una vida serena, plena y transformadora.

AutorEloy Asenjo Carpintero

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