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El eco de los panes y los peces 

El Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba.

Eloy Asenjo Carpintero·23 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
Panes y peces

Milagro de la multiplicación de los panes y los peces, por Giovanni Lanfranco (Wikimedia Commons / Web Gallery of Art)

Quienes me conocen saben que convivo con una imaginación desbordante. 

Hoy, mientras contemplaba el tercer misterio luminoso del Rosario —la predicación del Reino de los Cielos—, una imagen se instaló con fuerza en mi mente: la escena evangélica de la multiplicación de los panes y los peces. Casi de inmediato, de forma inevitable, el recuerdo me llevó a los días compartidos y disfrutados en España junto al Papa León XIV.

Cuenta el Evangelio que la multitud se acomodó por grupos sobre la hierba. Jesús bendijo aquellos cinco panes y dos peces que alguien, entre la masa, había puesto a disposición. Un gesto casi ridículo si escuchamos el susurro escéptico de la razón: “¿Qué es esto para tanta gente?”.

Visualizaba una estampa —muy similar a la de algunos cuadros que guardo en la memoria—: el propio Jesús, cargando una canasta repleta de pan, caminando entre los grupos. Su rostro dibujaba una sonrisa mientras la gente lo acogía con una mezcla de asombro, gratitud y profunda devoción. Me los imagino poniéndose en pie de un salto, agolpándose en los límites de su grupo, estirando la mano con el único anhelo de rozar, aunque fuera por un instante, la orla de su manto.

¿No es acaso lo mismo que hemos visto repetirse , como un eco, estos días por las calles de Madrid, Barcelona y Canarias?

Ahí estaba el Papa León XIV, cruzando alegre las multitudes, deteniéndose el tiempo justo para acariciar la frente de un bebé, mientras el gentío se apelotonaba contra las vallas, buscando arañar un segundo de cercanía con el Pontífice. Aquella escena bíblica late en sintonía con el Sermón de la Montaña, ese instante en que Cristo despliega la Buena Nueva ante el mundo. De igual manera, en cada uno de sus actos, el Papa ha querido insistir en los pilares de la fe cristiana. Y nosotros, igual que aquellos que rodearon a Jesús, hemos bebido sus palabras con emoción, gratitud y un hondo deseo de correspondencia.

¿No ha sido ese el latido de España estos días? Un agradecimiento sincero, un vuelco en el corazón ante la voz del Vicecristo en la Tierra. Estoy convencido de que de estos encuentros han brotado promesas íntimas de mayor entrega y generosidad; una urgencia real de convertirnos en verdaderos apóstoles dentro de esta Iglesia en salida. ¡Qué alegría tan honda!

La hora de la verdad

Sin embargo, tras el Sermón de la Montaña, mi mente viaja inevitablemente al sexto capítulo del Evangelio de san Juan. Resuenan aquellas palabras de Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. 

En aquel momento, muchos se escandalizaron y le dieron la espalda. Al ver la desbandada, el mismo Cristo preguntó a los suyos si también ellos querían marcharse. Fue entonces cuando Pedro rompió el silencio con un bellísimo acto de fe: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. 

Ahora el Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba. Es evidente que muchos permanecerán fieles al lado de Jesús, emulando a los Apóstoles. En otros, en cambio, se cumplirá la Parábola del Sembrador: desaparecerán sin ruido porque el mensaje no llegó a echar raíces, o porque el camino se les volvió demasiado empinado. Quién sabe. Incluso habrá quienes, arrastrados por la corriente y la «sabiduría» de los poderosos de turno —los nuevos miembros del Sanedrín—, terminen gritando: “¡Crucifícalo!” 

Pero la historia no acaba ahí. Llegará el día en que muchos judíos de la época volverán a mirar expectantes hacia el Cenáculo, y vendrá el Espíritu Santo. Y entonces, más de tres mil almas se bautizarán de los que los oyeron. Y al escuchar la Verdad muchos otros vendrán detrás, y serán capaces de transformar el viejo mundo pagano. 

Eso mismo sucederá en nuestro tiempo, porque el tiempo y el mundo le pertenecen a Dios, y nos los ha confiado para transformarlo y dominarlo desde el Amor. 

Si tuviera hoy al Papa León XIV frente a mí, solo acertaría a darle las gracias y le diría que no se preocupara —aunque sé bien que vive en el optimismo cristiano— por aquellos que hoy parecen alejarse; porque al final, todos volverán. Y no lo harán solos: traerán consigo a sus amigos.

“Vosotros podéis cambiar la historia. Hacedlo con el Amor”.

El autorEloy Asenjo Carpintero

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