Evangelio

No es bueno que Dios esté solo. Santísima Trinidad (A)

Vitus Ntube nos comenta la lecturas de la Santísima Trinidad (A) correspondiente al día 31 de mayo de 2026.

Vitus Ntube·28 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

El primer domingo después de Pentecostés está dedicado a la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Con la conclusión del tiempo pascual, la liturgia vuelve al Tiempo Ordinario, y lo hace invitándonos a contemplar a Dios en su realidad más profunda.

La solemnidad de hoy, en cierto sentido, resume toda la revelación de Dios tal como se ha desplegado a través del misterio pascual: la muerte y resurrección de Cristo, su ascensión a la derecha del Padre y el descenso del Espíritu Santo. Es como si la Iglesia nos condujera, paso a paso, hasta el mismo corazón de Dios. Al llegar al misterio de la Trinidad, profundizamos en lo que significa decir: «tanto amó Dios al mundo».

Las lecturas de hoy trazan un camino de esta revelación. En la primera lectura, Moisés se encuentra con el Señor en el monte Sinaí, donde Dios se revela: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Aquí Dios aún no se revela como Trinidad, pero ya vislumbramos algo de su vida interior: una riqueza, una plenitud, un amor que desborda.

Este amor divino alcanza su expresión plena en el Evangelio: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. El Padre envía al Hijo; el Hijo entrega su vida; el Espíritu es derramado en nuestros corazones. Dios no es soledad, sino comunión.

Esta es la profunda sencillez de nuestra fe: hay un solo Dios, y sin embargo este único Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas distintas, unidas en un amor perfecto. El amor, por su propia naturaleza, no puede permanecer cerrado en sí mismo. De manera sugestiva y casi lúdica, G. K. Chesterton comentó una vez que “no es bueno que Dios esté solo”, evocando las palabras del Génesis sobre el hombre: “no es bueno que el hombre esté solo”. Aunque, por supuesto, Dios es perfecto en sí mismo, el misterio de la Trinidad revela que en Dios hay una comunión eterna, un intercambio vivo de amor.

Somos introducidos en esta vida divina por el Bautismo. Somos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. La vida de la Trinidad no solo nos ha sido revelada, nos ha sido dada. Cada vez que hacemos la señal de la cruz, invocamos ese nombre, el nombre de Dios que es amor. Ese gesto sencillo marca toda nuestra existencia: desde el inicio de nuestra vida en Cristo hasta su plenitud, nos acompaña recordándonos quiénes somos y a quién pertenecemos.

San Pablo expresa esto bellamente al final de su segunda carta a los Corintios: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”. No es solo un saludo; es un resumen de la vida cristiana.

Si es cierto, en cierto sentido, que “no es bueno que Dios esté solo”, entonces ciertamente no es bueno que el hombre esté solo sin Dios. Hemos sido creados para la comunión con Dios y entre nosotros. La Trinidad revela tanto nuestro origen como nuestro destino: venimos del amor y estamos llamados a entrar plenamente en ese amor.

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