Evangelio

Rechazar la invitación de Dios. Domingo XXVIII del tiempo ordinario (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas del Domingo XXVIII del tiempo ordinario (A) correspondiente al día 11 de octubre de 2026.

Vitus Ntube·8 de octubre de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Con las lecturas de hoy dejamos atrás la imagen de la viña y entramos en un escenario de alegre celebración. El marco ya no es un campo de trabajo, sino un banquete de bodas. El Reino de Dios se nos presenta como un banquete: la alianza de amor entre Dios y su pueblo.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos anuncia: “Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos”. El Evangelio hace eco de esta visión. Jesús nos dice que “el reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo”.

La parábola tiene, ciertamente, un significado histórico. Refleja el drama de la historia de la salvación: del pueblo de Israel y los gentiles. Pero la parábola no habla solo de ellos; habla también de nosotros. Cada uno ha recibido la invitación de Dios. Los primeros invitados “no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”. Rechazaron la invitación porque otras ocupaciones les parecían más importantes. Esa misma tentación sigue presente hoy. ¿Cuáles son nuestras “tierras” o nuestros “negocios”? ¿Qué actividades ocupan el primer puesto en nuestra vida? ¿Se han vuelto el trabajo, el entretenimiento, la comodidad o el descanso más importantes que la oración? ¿Tratamos a veces la Misa dominical como algo opcional, al que acudimos solo si no surge nada más urgente?

La invitación de Dios puede rechazarse de dos maneras: ignorándola o aceptándola indignamente, es decir, presentándonos sin la debida preparación. Cuando el rey entra en la sala, ve a un invitado que no lleva el traje de boda y le pregunta: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?” El vestido de boda es, ante todo, un símbolo de la disposición interior con la que nos acercamos a Dios: un corazón convertido, purificado y dispuesto a acoger su gracia.

Esto adquiere un significado especial en la celebración de la Sagrada Eucaristía. Estamos llamados a prepararnos tanto interior como exteriormente. La preparación espiritual incluye la oración, el recogimiento y, cuando sea necesario, el sacramento de la reconciliación. También nuestra manera de vestir y nuestro comportamiento respetuoso deben reflejar la dignidad de Aquel con quien vamos a encontrarnos. Si nos esmeramos en vestirnos adecuadamente para asistir a una boda importante, ¡cuánto más deberíamos prepararnos para participar en la Santa Misa! 

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