Hace aproximadamente quinientos años, Juan Luis Vives, venerado tocayo renacentista, en su tratado “De disciplinis” se quejaba con mucha viveza del estado de las asignaturas en la universidad de su tiempo y veía necesaria una reforma. Siempre es necesario mejorar y hoy también.
Algunas limitaciones y defectos de la vida académica
La vida académica tiene virtudes y defectos. Como todas las cosas humanas, tiene las virtudes de sus defectos y los defectos de sus virtudes. Si soy muy amable, puede ser que sea también bastante lento. Y si soy una persona muy eficaz y ejecutiva, puede que no sea muy amable.
La gran virtud de la vida académica es que reúne, sintetiza y transmite el saber, que es un beneficio extraordinario. Pero siempre lo hace limitadamente; de entrada, por las dificultades que tiene la transmisión humana que no se hace por cable, sino de tú a tú, requiriendo de una parte explicarse bien y, de otra, tener ganas de aprender, y habilidades intelectuales mínimas para entender y atesorar lo que se recibe, además de poder prestarle atención. Cosa hoy no tan obvia.
Hay otro defecto académico importante, bien expresado en una famosa cita de Albert Camus: “Antes los filósofos pensaban en la verdad, ahora se piensa en los filósofos” (nota en “Cuadernos” a finales de 1935). En realidad, Camus comenta allí una frase de Étienne Gilson: “Se ha sustituido la búsqueda de la verdad por la historia de la filosofía”. Es el paso del lenguaje directo al lenguaje indirecto. Cuando desaparece en las clases el testimonio de la verdad, porque ya no se habla de la verdad de las cosas, sino solo de la verdad (indirecta) de lo que unos y otros han dicho sobre las cosas.
De hecho, todas las asignaturas tienden a adquirir una forma histórica con sus programas más o menos estándar (porque se copian mucho unos a otros): sus referencias obligadas, sus temas de discusión histórica, sus autores más conocidos. Todos estos materiales más o menos simplificados se convierten en tópicos, que se repiten como en una cartilla, perdiendo generalmente su conexión con la base real que les dio origen. La virtud de acumular erudición conlleva el defecto de perder conexión real.
En filosofía, son ejemplos muy notables la ética y la lógica. Cuando se enseña ética, ya no se pretende, como pretendía Sócrates, que la gente mejore, sino solo que aprenda los contenidos históricos de la asignatura. Y lo mismo sucede cuando se enseña lógica: no se intenta que el alumno adquiera habilidades de pensamiento y síntesis, sino que sepa la historia y tópicos de la asignatura. Por supuesto, no se excluye que, por algún camino desconocido, esto pueda ayudarle a ser mejor o a pensar mejor, pero no es lo que se pretende conscientemente en la enseñanza.
El caso de la teología
En el caso de la teología, los usos académicos invitan, además, a cierta asepsia. A quedarse en afirmaciones históricas que son, o parecen, más seguras y “objetivas”, porque las afirmaciones de fe pueden parecer opiniones personales, de carácter privado y no suficientemente justificadas. Por ejemplo: es seguro que san Agustín creía y habló mucho de la Trinidad. Pero yo no necesito confesar que creo en la Trinidad para tratar ese tema histórico. Incluso puede parecer que es más riguroso y académico que me limite exclusivamente a afirmaciones históricas y objetivas sobre lo que dijo san Agustín sobre este tema.
En realidad, las afirmaciones de fe no son de ninguna manera “privadas”, sino que las posee la Iglesia, por una revelación y asistencia divinas, que tiene fundamentos históricos. Pero esto puede ser difícil de aceptar por quien no tiene fe, que son muchos en la vida académica. No es raro, por eso, que, en muchos lugares, se prefieran enseñanzas “objetivas” o históricas (e indirectas). Pero la teología, como se repite sin problema en los cursos de introducción, se define como la “Ciencia de la fe”. En consecuencia, donde no está presente la fe, no hay teología, sino pensamiento religioso o historia de las ideas. Y esto sucede en muchas facultades.
Como la filosofía, también la teología tiene paradojas en sus tradiciones escolásticas. Por ejemplo, se puede definir la moral cristiana como “vivir en Cristo”, y así titula esta parte el Catecismo de la Iglesia Católica. Pero las asignaturas de moral no están pensadas para que el alumno aprenda a vivir en Cristo o a seguirle, que es el camino de la moral cristiana. Ni tampoco para que se convierta en maestro de ese camino para otros. Están pensadas para transmitir la historia de los temas, con sus referentes y problemas históricos, que han conformado esas asignaturas.
El asunto es más chocante con las asignaturas centrales. La asignatura sobre Dios o la Trinidad no está pensada, generalmente, para introducirse realmente en el misterio de Dios, lo que llevaría a la fascinación y a la adoración, sino que transmite el conjunto de problemas históricos que ha acumulado esta materia en su historia. Cosa que más bien aleja que acerca al misterio. Y lo mismo sucede con las asignaturas sobre Jesucristo: no se orientan a la adhesión de fe a su persona, sino al conocimiento de los problemas, que, con el paso de los años, cada vez son más, y tienden a ocupar todo el espacio de la asignatura. Por cierto, que son muy luminosas en este sentido, algunas de las últimas predicaciones de Raniero Cantalamessa (17.III.2023), que supo hacer una teología viva.
Los manuales y la manualística
La Universidad nació con la teología. Y las asignaturas de la teología que hoy conocemos tomaron forma poco a poco a partir del siglo XVI cuando se usó como libro de texto la “Suma Teológica” de santo Tomás. Francisco de Vitoria empezó a usarla en Salamanca en 1526. Como la “Suma” es tan extensa el comentario se extendía varios cursos. Y se repartieron por cursos los temas en que está dividida la “Suma”. Así, desde el siglo XVIII hasta el XX, se estableció la separación de las áreas de la teología y el temario y la tópica de cada asignatura, y se escribieron los manuales de cada asignatura. Y así han llegado hasta el siglo XX. A esto se le puede llamar teología manualística.
Esa teología, vigente hasta los años cincuenta del siglo XX, tenía un método muy claro. Pensaba, como Aristóteles, que la verdad se formula en proposiciones, en tesis. Los manuales se presentaban muy ordenados por temas y cada materia tenía sus tesis; es decir, las afirmaciones de fe que se sostenían y se probaban con argumentos de autoridad teológica: recurso a la escritura y a la tradición y sobre todo al Magisterio, representado especialmente por el famoso compendio que hizo Enrico Denzinger, libro básico de referencia. Cada asignatura proporcionaba un conjunto ordenado de tesis demostradas. Era un método riguroso, aunque se emplease de manera un tanto estereotipada.
Generalmente, se presentaban como manuales hechos “ad mentem Sancti Thomae”, según la mente de santo Tomás. Es decir, no representaban necesariamente el pensamiento exacto de santo Tomás, sino algo hecho a su manera. Los manuales se parecían bastante porque se copiaban mucho unos a otros. Tenían un método riguroso (un tanto simplificado), y eran doctrinalmente seguros, ordenados, resumidos (un tanto esqueléticos) y bastante didácticos, pero aburridos y con escasas referencias culturales y de contexto.
Los cambios en la enseñanza
Durante los siglos XIX y XX, se redescubrió la teología de los Padres de la Iglesia, se desarrollaron los estudios bíblicos, se enriquecieron los estudios históricos y se desarrolló inmensamente la reflexión teológica. Era un material muy rico y abundante y con otras perspectivas. Los antiguos manuales no pudieron incorporarlo y desaparecieron en todas partes, dejando grandes vacíos, que se rellenaron más o menos improvisadamente. Las síntesis y renovaciones no se improvisan, tardan siglos.
Se han hecho ya bastantes manuales, pero todavía no recogen ni compendian la riqueza enorme de la teología del siglo XX, y tampoco tienen un método riguroso que justifique la construcción de las asignaturas, fuera de consideraciones generales. Aparte, en el siglo XX, se han añadido algunas materias, que ya son imprescindibles. Por ejemplo, la teología fundamental, la eclesiología, el ecumenismo y la teología de la liturgia, además de todas las materias bíblicas, patrísticas e históricas (historia de la Iglesia, historia de la Teología).
Hay un debate, en curso ahora mismo en la Iglesia, sobre si no sería mejor volver solo a santo Tomás y, en general, a la Iglesia de los años cincuenta. Pero es una opción utópica, por muchos motivos. Quedándonos solo en el campo de la teología, cabe decir, primero, que lo anterior era un santo Tomás bastante retocado. Después, que santo Tomás hubiera optado, sin dudar, por incorporar las “nuevas” aportaciones, como hizo en su día recogiendo lo mejor de todas partes.
Si se quiere hoy hacer una teología “ad mentem sancti Thomae”, hay que hacer lo que él hizo y con el discernimiento de fe con que él lo hizo. La “vuelta a atrás” en realidad es inviable. La fe de la Iglesia tiene su referencia en Cristo, que es su fundamento y piedra angular, esa es su fidelidad, pero, en lo demás, se adapta a las circunstancias y necesidades del tiempo. Sucedió en tiempos de Santo Tomás y es lógico que también suceda ahora.
Los retos de la síntesis
La inmensa cantidad de material “nuevo” nos sitúa ante otro aspecto del problema: hay que construir asignaturas que tengan la proporción del alumno. Es decir, no se le puede ofrecer una erudición inmensa, acumulada y desintegrada. Las capacidades medias de aprender de los alumnos dan la medida de lo que se puede ofrecer en todas las materias y en la enseñanza en su conjunto, como proponía brillantemente Ortega y Gasset en su lúcida conferencia sobre “La Misión de la Universidad”. También hay que tener en cuenta los retos nuevos, como son el uso masivo de la inteligencia artificial y los déficits de atención del alumnado que requieren una enseñanza más dinámica y directa.
Las síntesis no se hacen solas y no basta acumular el material. Se requiere mucho trabajo y sentido de la proporción. Y una reflexión eficaz sobre los métodos de elaboración de las asignaturas y sobre la enseñanza, Entre otras cosas, la teología tiene que tener hoy, como se ha dicho, un tono más testimonial y personal dirigido a que el oyente aumente su adhesión cristiana (fe) y la pueda proponer a un mundo que se ha alejado (evangelización).
La especialización
Las nuevas exigencias académicas de especialización, que han venido del área de las ciencias positivas, añaden nuevas dificultades, que son nuevos retos. Las ciencias positivas tratan de la materia que es muy divisible en campos bastante claros, aunque todos tienen relación unos con otros porque todo el universo está hecho de lo mismo y en un único proceso. Pero cabe un grado de especialización muy alto.
No funcionan igual las ciencias humanas, como la psicología, la sociología, el derecho, la política, la economía, la lingüística, las ciencias de las religiones o la etnografía. Tampoco las humanidades: la historia, la literatura, las bellas artes, la filosofía y la teología. Porque no se basan en la materia extensa, sino que son obra y expresión del espíritu humano. Requieren un buen conocimiento de una antropología filosófica o humanística, para tener en cuenta adecuadamente los fenómenos humanos propios de cada disciplina. Y no se pueden cultivar sin síntesis y visiones de conjunto muy fuertes.
El espíritu es mucho más intenso y concentrado que la materia. Si no se sabe un poco de todo y de manera sintética, no se puede profundizar en nada. Solo en los aspectos históricos y físicos se puede concretar todo lo que se quiera. Para hacer rigurosamente la historia de la economía en un pueblo del siglo XVIII, no hace falta casi ninguna visión de conjunto (aunque será una pobre historia). Recuerdo haber visto (con perplejidad) una tesis doctoral sobre el movimiento del mercado de abastos de Teruel en 10 años del siglo XIX. La economía tiene algo que ver con el movimiento de sacos en los almacenes, pero depende mucho más del movimiento de ideas y aspiraciones en las cabezas humanas.
En el caso de la teología, la unidad es más necesaria. Porque, como se repite en todas las introducciones de la teología, “la teología es una” porque se basa en la revelación y en su historia, y el centro de la revelación, y por tanto de la fe, es Jesucristo nuestro Señor. Como mostró tan felizmente Romano Guardini en su libro “La Esencia del cristianismo”, no hay nada cristiano (ni propiamente teológico) si no se refiere directamente al Señor. Es una cuestión esencial de método.
Hemos puesto el ejemplo de la teología trinitaria de san Agustín. Para trabajar solo en ella (especialización) realmente no hace falta tener fe. Basta recoger citas de san Agustín y de la infinita literatura secundaria que ha tratado el tema. Pero si esa reflexión no se basa en la fe viva en Jesucristo, no sale del ámbito de la historia del pensamiento religioso.
Las cuatro referencias que forman el marco para reformular hoy el método y la enseñanza de la teología:
- a la inmensa riqueza teológica aportada en los siglos XIX y XX;
- al centro de la teología que es la fe en Jesucristo;
- a las posibilidades del alumno para aprender;
- y a las necesidades de la vida cristiana y de la evangelización.





