En una reflexión seria sobre la democracia debe surgir la cuestión sobre el ser humano y conviene ser rigurosos con los conceptos. ¿Qué es el hombre? ¿Cuáles son los síntomas de su frecuente caída o descarrilamiento? Las respuestas que ofrezcamos serán de suma importancia para comprender la decadencia de una sociedad y explicar el ascenso al poder de políticos indeseables.
En el mundo griego, los filósofos consideraron al hombre como un ser constituido por la razón o noús. En el seno del judaísmo, la experiencia fue la de una criatura a la que Dios revela su palabra, es decir, un ser de naturaleza pneumática abierto al logos divino. Desde un punto de vista histórico, esas primeras intuiciones, que revelan la función constitutiva de la razón y del espíritu para el ser humano, no han sido superadas. En última instancia, son descubrimientos definitivos sobre la naturaleza humana.
La búsqueda de trascendencia y la dignidad humana
Gracias a esa búsqueda de trascendencia a la que se lanza el hombre, una búsqueda que emprende bien a través del amor que, en la experiencia filosófica, le lleva más allá de sí mismo, elevándolo a lo divino, bien a través del encuentro amoroso con la palabra revelada, el ser humano participa de Dios.
Como el hombre participa de lo divino y es capaz de vivir la trascendencia, se afirma que posee una condición teomórfica, según la terminología griega, o se dice que es, desde el punto de vista pneumático, imagen de Dios, imago Dei. Aquí radica el fundamento de la singular dignidad del ser humano: es digno por su condición teomórfica, por ser imagen de Dios. No podemos pasar por alto que el olvido de estas intuiciones comporta una pérdida de dignidad, que comienza a difuminarse cuando se presenta la negativa a participar en lo divino y se rechaza la trascendencia.
En la medida en que la participación en lo trascendente y la condición teomórfica resultan constitutivas para el ser humano, su pérdida determina su deshumanización.
Tipos de seres humanos
Según Aristóteles, no todos los hombres son iguales y cita en Ética a Nicómaco a Hesíodo para demostrarlo, remontándose hasta el siglo VII a. C. Es el sentido común el que descubre que no hay igualdad entre los hombres.
En Los trabajos y los días Hesíodo distingue tres clases de seres humanos: el pan aristos (el mejor de todos), que tiene su propio criterio y es capaz de reflexionar y pensar detenidamente, abierto al fundamento divino o trascendente del ser; el esthlos (también bueno), que escucha y sigue lo que indica el mejor, el pan aristos; y por último, el acrei, (el ser humano fútil), incapaz tanto de reflexionar como de escuchar y atender lo que enseñan los sabios, por lo que puede ser un peligro para la sociedad.
No nos sirven mucho las terminologías de Hesíodo y Aristóteles, pues tanto el hombre fútil como el esclavo por naturaleza pertenecen a una determinada clase social y la experiencia nos demuestra que estos tipos humanos no se encuentran exclusivamente en una de ellas, sino en todas, incluso en las más altas, como las formadas por generales, industriales, obispos, etc.
La estupidez como fenómeno social
Quienes han perdido el contacto con la realidad y la capacidad para orientarse adecuadamente en el mundo, es decir, los que olvidan su condición teomórfica y la necesidad de responder a las exigencias de la razón y del espíritu, se ven irremisiblemente condenados a actuar de un modo estúpido.
Las culturas antiguas no pasaron por alto el tema de la estupidez. En hebreo, el necio (nabal), es el que no cree en la revelación y puede a causa de ello provocar desórdenes en la sociedad en que vive. También Platón se refirió al amates, al hombre irracional e ignorante.
Siglos más tarde, Tomás de Aquino habló del stultus, que en latín significa necio, término que incluye la amathia platónica y la nebala hebrea. Stultus es el que ha perdido contacto con la realidad y actúa a partir de una imagen deficiente de la misma, provocando estragos, desorden y caos.
Estupidez y comportamiento social según Musil
El escritor austriaco Robert Musil afirma que la estupidez determina la imposibilidad de desarrollar y ejecutar una acción que desde un prisma social cualquiera puede llevar a cabo13. Implica, pues, una incapacidad para realizar determinadas acciones. Para comprender su alcance, conviene saber qué comportamientos se consideran normales en un determinado contexto social, puesto que lo que en un caso se puede considerar normal, puede no serlo en otro.
En momentos en los que reinan el desorden y el caos, resultan indispensables la malicia, la doblez o la violencia para conservar la propia vida. Es la visión propia del homo homini lupus (lobo es el hombre para el hombre) de Plauto tan generalizada en nuestros días en algunos ambientes. Pero en una sociedad ordenada, esa forma de actuar y otras parecidas, como abusar de la confianza de los demás, serían perjudiciales desde un punto de vista social y, por tanto, estúpidas. Igual que hay situaciones en las que se conculca la moral de un modo generalizado (vileza), hay situaciones de estupidez general, en las que resulta muy difícil actuar de manera razonable sin sufrir represalias.
La degradación moral y la democracia
El ascenso de los nazis en la República de Weimar nos puede servir de ejemplo paradigmático de lo que estamos hablando con respecto a los peligros de la degradación moral en las sociedades democráticas. Waldemar Besson, profesor de ciencia política en la Universidad de Erlagen (Alemania), se atrevió a plantear sin tapujos el verdadero problema, a saber, cómo fue posible que una nación de más de setenta millones de personas, Alemania, considerada por entonces la nación más culta de Europa, se dejara engañar en 1933 por un “estúpido”.
Que Hitler tuviera una inteligencia muy aguda, de la que se sirvió para engañar a todos los que estaban alrededor, no impide afirmar que fuera estúpido si se tiene en cuenta que esta palabra procede del latín stultus y posee un significado muy preciso, como hemos visto. Hitler, aunque mostraba un grado importante de inteligencia pragmática a la hora de enfrentarse a sus adversarios, a la luz de sus principios y propósitos existenciales, era un estúpido, stultus. Que Hitler era estúpido es, tanto desde un punto de vista ético como intelectual, lo más acertado que se puede decir, una apreciación más atinada que el resto de los tópicos que salen con frecuencia a relucir.
Fue en el seno de la teoría política clásica donde por primera vez se descubrieron y lograron articular unas intuiciones relevantes a la hora de reflexionar sobre los fundamentos espirituales de la democracia. El hombre está conscientemente presente en una sociedad cuando, aun viviendo y realizando acciones en el transcurso del tiempo inmanente, orienta su existencia hacia Dios. Esta presencia es la que dota justamente de sentido al pasado y al futuro. Teniendo en cuenta esta perspectiva, superar o afrontar el presente implica la posibilidad de situar el tiempo inmanente bajo el juicio de la presencia de Dios.





