¿Confías en Dios?
Detente por un momento y responde sinceramente. ¿Confías en Dios, o solo dices que confías? Platiqué hace unos días con Sofía. Con mirada angustiada, respiración agitada y rostro desencajado por el dolor me narraba su situación: nada estaba bien, su hijo esclavo de las drogas (cristal), su hermano alcohólico, ella devastada y un esposo distante y frío. Me decía que estaba cansada de rezar y no obtener respuesta. Le pregunté si confiaba en Dios y respondió que sí… luego dudó y agregó: “la verdad es que no, no confío en Él, he llegado a dudar si existe”.
No esperes un milagro para creer en Dios…¡cree en Dios, y verás lo que son los milagros!
En un mundo que nos empuja a tener el control de todo —resultados, tiempos, relaciones, futuro— hablar de confianza en Dios puede sonar, para algunos, a evasión o pasividad. Sin embargo, la auténtica confianza cristiana está muy lejos de ser inacción. Tampoco es hiperactividad ansiosa. Es, más bien, una forma madura y serena de habitar la vida.
Confiar en Dios no significa dejar de hacer lo que nos corresponde, sino hacerlo con responsabilidad… y soltar el resultado. Es reconocer con humildad que hay una parte que sí nos toca —decidir, actuar, esforzarnos— y otra que no está en nuestras manos. Y es precisamente ahí donde comienza la confianza.
Desde la fe, vivimos sostenidos por la certeza de que no estamos a la deriva. Nuestra vida no es fruto del azar, sino que descansa en las manos de un Padre que ama y que es infinitamente sabio. Por eso, la confianza no elimina las dificultades, pero sí transforma la manera en que las enfrentamos.
Santo Tomás Moro lo expresó con una lucidez desarmante: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”. Esta afirmación no es ingenuidad ni negación del dolor; es una profunda convicción de fe que permite atravesar la incertidumbre sin perder la paz.
La Sagrada Escritura refuerza esta actitud interior: “Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia; reconócelo en todos tus caminos, y Él allanará tus senderos” (Proverbios 3, 5-6).
Confiar, entonces, es caminar haciendo lo que está en nuestras manos —con diligencia, prudencia y virtud— y dejar lo que no podemos controlar en las manos de Dios. Es actuar sin ansiedad desbordada, sin caer en la ilusión de omnipotencia que tanto desgasta el alma.
Desde las ciencias de la conducta, sabemos que gran parte de la ansiedad proviene de la necesidad de control y de la anticipación catastrófica del futuro. La mente, cuando no es educada, tiende a imaginar escenarios negativos y a reaccionar como si ya fueran reales. Esto activa respuestas de estrés que afectan nuestro cuerpo, nuestras decisiones y nuestras relaciones.
Aquí es donde la confianza en Dios se vuelve también profundamente sanadora. No sustituye el trabajo personal, pero lo orienta. Aprender a cuidar nuestros pensamientos, a cuestionar interpretaciones irracionales y a centrarnos en el presente son prácticas fundamentales para la salud mental. Y todas ellas encuentran un eco natural en la vida espiritual.
Como decía san Francisco de Sales: “La medida del amor es amar sin medida”. Y quien se sabe amado por Dios aprende, poco a poco, a descansar en ese amor, incluso en medio de la incertidumbre.
La confianza no elimina la responsabilidad: la purifica. Nos permite actuar con serenidad en lugar de impulsividad, con claridad en lugar de miedo. Nos aleja de la zozobra, de la desesperación, del desgaste interior que produce querer controlarlo todo.
También san Ignacio de Loyola lo resumía con una fórmula que une perfectamente fe y acción: “Actúa como si todo dependiera de ti; confía como si todo dependiera de Dios”.
Prepárate en el tema por el que sufres (adicciones), actúa con valentía haciendo lo correcto, poner límites, ofrecer medios, seguir orando pero sin angustia. Convencida de que el buen final llegará porque Dios es un Padre que ama y que es infinitamente sabio.
Decir “Jesús, yo confío en Ti” no es una frase devocional vacía. Es una decisión cotidiana. Es elegir la paz en lugar de la angustia, la esperanza en lugar del temor, la entrega en lugar del control.
Es, en definitiva, caminar por la vida con paso firme… y el corazón en paz.



