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La «Investigación sobre el entendimiento humano», de David Hume

Continuamos la serie de artículos sobre la obra principal de los principales filósofos modernos y contemporáneos, tras la exposiciones de Descartes y Locke.

Redacción Omnes·2 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 8 minutos
David Hume

@Wikimedia commons

Una versión más extensa de este artículo puede verse aquí.


Nacido en Edimburgo, en 1711, educación en Escocia, completada en Francia (Reims y La Flèche) entre 1735 y 1737, año en que acaba su Tratado de la naturaleza humana. Muy criticado, sigue en 1748 como versión madura su Investigación sobre el Entendimiento Humano, y en 1749 sus Discursos políticos y sus Investigaciones sobre los principios de la moral. Historiador en Edimburgo, ilustrado en París desde1763, hombre de estado en Londres desde 1766, retirado desde 1769, muere en Edimburgo en 1776.

Investigación sobre el Entendimiento Humano

a) Exposición: El gran naufragio

Hundido el ser

Locke había hecho partir de las ideas -literalmente “lo visto” o “lo percibido”- su filosofía, pero Hume, negando las sustancias como George Berkeley, será más radical y partirá de las impresiones mismas.  Distingue éstas de las ideas, pues no es lo mismo la impresión del fuego –la que quema en la mano- que la idea o recuerdo que de él tenemos. La impresión es real, y la idea es el recuerdo que deja, con la confianza de que volverá a darse la impresión. Si te estoy viendo, tengo una impresión real, pero si cierro los ojos ya no la tengo, y solo me queda la idea que formé de ella. La creencia de tu existencia independiente de mí, es solo la confianza, basada solo en la costumbre, de que al volver a abrir los ojos volverá a aparecer la impresión. Solo son reales pues las impresiones, y nada queda ya de la sustancia, del ser que subyace a ellas.

Hundida la causalidad

Otras ideas hay que generamos a partir de estos recuerdos de las impresiones, por “asociación de ideas”, ya sea por semejanza -una idea nos recuerda a otra parecida-  o por contigüidad, como la idea de un apartamento nos sugiere la idea del “apartamento contiguo”, o por causalidad, especie de contigüidad temporal.  La causalidad es también una creencia sin más base que la costumbre: el acostumbramiento a que, a lo llamado causa, siga lo llamado efecto: Estamos acostumbrados a que, después de ingerir el alimento, resurjan nuestras fuerzas. Decimos entonces que lo uno es causa de lo otro, significando con ello que hay un nexo necesario entre ambos, aunque nadie lo ha visto jamás ni jamás demostrado tal necesidad, y no tiene, pues, justificación racional:

“¿Quién afirmará que puede dar la razón última de que la leche o el pan sean alimentos adecuados para el hombre, y no para un león o un tigre? … Nuestros sentidos nos informan del color, del peso y la consistencia del pan; pero ni los sentidos ni la razón nos pueden nunca informar de aquellas cualidades que lo hacen adecuado para la nutrición y el sustento de un cuerpo humano”

De hecho, añade, la causalidad -nexo necesario del que no tenemos impresión ni justificación alguna- es la principal fuente de ideas quiméricas, y pone el ejemplo de nuestra idea de un autor -aunque no lo hayamos visto nunca- siempre que vemos una carta escrita, acostumbrados a que primero alguien escriba y luego esté la carta escrita.

Esto muestra lo quimérico de la idea de Dios como autor mío y del mundo, pero también lo quimérico de la idea del yo como causa de mis acciones, e incluso lo quimérico de la idea del mundo como algo con existencia independiente de mí, y causa de las impresiones que se dan de mí. De nuevo, del indudable efecto, la quimérica causa. Dios, mundo, yo -los grandes temas de la filosofía-, hundidos.

Hundida la moral

Esto deja sin justificación racional a la moral, lo que ilustra  así: veo que una piedra golpea a otra y pienso que el movimiento de la una es causa del movimiento de la otra sin libertad; pero yo decido asesinar a mi rival y le clavo un cuchillo, siendo yo la causa del efecto que es la cuchillada, pero esta vez causa libre. No he tenido impresión ni de una causalidad ni de la otra, pero he inventado la causalidad libre para lo mismo de siempre: “encontrar un culpable”. Se entiende pues que su discurso moral (cierto utilitarismo basado en el sentimiento) haya servido de inspiración a los pragmatistas.

Sin embargo, no por esto se alinea Hume con el radical escepticismo pirrónico, puesto que el escéptico gana en la academia -por su coherencia- pero pierde cuando sale a la vida, al evitar una hoguera o un precipicio para que no le “cause” quemaduras o la muerte. Opta por un “escepticismo moderado” que reconoce la “existencia” del fuego y del precipicio, y su indeseable “causalidad”, pero no como verdadero conocimiento sino como creencia fiduciaria sin más base que el acostumbramiento. 

Hundida la ciencia

Así, en particular, es partidario de que se siga haciendo ciencia experimental, pero sin engañarnos acerca de su validez como conocimiento. Por una parte, están las ciencias en que se demuestran relaciones necesarias entre ideas -la aritmética y la geometría-, conocimiento al que otorga validez; y por otra, están las ciencias en que se registran fenómenos y se explican por otros fenómenos como sus causas -causalidad sin fundamento racional-  y desde experiencias particulares se llega a leyes universales, la llamada “inducción” Ésta no tiene justificación racional, pues sólo consiste en la confianza en que las cosas sucederán en el futuro como hasta ahora. 

Hundida la filosofía

Y en cuanto a los pretendidos saberes sobre ideas -“lo visto”- que nadie ha visto, tales como las sustancias o la causalidad, o la idea de alma, o de Dios, “cuando tengamos la sospecha de que un término filosófico se emplea sin ningún significado o idea (como sucede incluso demasiado frecuentemente) no necesitamos sino inquirir: ¿de qué impresión se deriva esta supuesta idea? Y si es imposible asignarle alguna, esto servirá para confirmar nuestra sospecha” Lo que Hume piensa de un saber acerca de este tipo de ideas, en particular de la metafísica, queda bien recogido en las palabras finales de su obra:  

“Cuando recorremos las bibliotecas, persuadidos de estos principios, ¡qué estragos no haremos! Si tomamos en nuestras manos un volumen de teología o metafísica escolástica, por ejemplo, preguntémonos: ¿contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental sobre cuestiones de hecho y de experiencia? No. Arrójese entonces a las llamas, pues nada puede contener sino sofistería y engaño”  

b) Crítica: ¿Quién se atreve?

Nadie. A todos convenció David Hume. Immanuel Kant crea su filosofía transcendental para salvar de este naufragio las ideas de sustancia y de causalidad – y demás que hacen posible el conocimiento- pero como meros aprioris que solo se dan en nuestra facultad de conocer. 

La incoherencia que supone añadir a estos aprioris una realidad exterior como  “causando” el conocimiento sensible con que se inicia el conocimiento (cuando de la causalidad se ha dicho que es un mero apriori), la resolvió Schopenhauer al entender el mundo -la realidad exterior-  como mera representación, siendo la voluntad lo que en ella se representa. Pondrá, pues, la voluntad en el lugar del ser, y un Nietzsche le seguirá a quien bastará la voluntad y todo lo demás sobrará: la voluntad de poder, algo que ya suena a siglo XX.

Pero más radical es el modo en que Hegel aborda la incoherencia de Kant: Eliminará, con Fichte, la realidad exterior de un manotazo, y se quedará con sólo la idea. Y del “todo idea” al “todo materia” del materialismo dialéctico de Karl Marx solo hay un cambio de nomenclatura, como él mismo dice en su Miseria de la Filosofía. Marx, Nietzsche, las filosofías que serán historia política en el siglo XX ¡y qué historia! El resto ya lo conocemos.

La otra gran obra de Hume es la invalidación de la inducción como carente de justificación racional. Llegó afortunadamente cuando la ciencia ya estaba en marcha, pues hubiera sido paralizante en el nacimiento de la mecánica en el siglo anterior, siglo en que Francis Bacon había propuesto su animante proyecto inductivo. Pierre Duhem se ve entre los científicos filósofos del siglo XIX al XX -cita a Ernst Mach y a Henri Poincaré- que no son capaces de aportar justificación racional a la base inductiva de la ciencia, pero se maravillan de que a pesar de ello la ciencia funcione. De Karl Popper no esperemos más: rechazará el principio de inducción por no ser falsable, en lo que rechaza un principio filosófico – pues es filosofía de la ciencia-  con un criterio diseñado para caracterizar qué proposiciones sean científicas.

Thomas Kuhn se limitará a llamar a la inducción “tema espinoso”, y así esquivarla. Más reciente, Evandro Agazzi  le dedica  en su obra principal Temas y problemas de filosofía de la física tan solo dos líneas, justo para recomendar a un filósofo de la ciencia, Carl Hempel, que es anti-induccionista. Y, más cercano, Mariano Artigas sí que otorga valor a la inducción, pero nunca en su obra aporta una justificación racional de la misma. ¿Qué responderemos, pues, nosotros?

Sinrazón de su ataque a la causa

Mucho ha deconstruido Hume. A su principal destrucción, la causalidad, responderemos que ni uno de los argumentos aportados en su contra -todos ellos variantes del citado- se sostienen hoy día, tras el impresionante avance de la ciencia gracias a que los científicos han seguido preguntándose “por qué” ante cada nuevo fenómeno, a pesar de esta paralizante filosofía.

¿Es cierto que nunca se encontrará una relación necesaria entre el comer pan y el resurgir nuestras fuerzas? Conocemos ahora, una a una, las reacciones químicas de la metabolización del almidón del pan hasta producir anhídrido carbónico y agua, con liberación de energía, y las reacciones químicas que convierten a ésta en energía motriz para los músculos. Entendemos perfectamente estas reacciones químicas como consecuencia de la física de los átomos implicados, y, a su vez, reducimos esta física a pura matemática, el único conocimiento que Hume salva como perfectamente válido. Su ataque a la causalidad lo había lanzado cuando aún era creíble, pero, ahora que ya no lo es, su filosofía ya ha dejado sus consecuencias.

Lo cierto es que la causalidad está ya sentenciada a muerte desde el momento en que se han eliminado las substancias, algo que sub-esté a esas impresiones de color,  olor y sabor del pan, y de lo cual sean éstos meras cualidades. Porque ¿pueden las mismas impresiones de color, olor, sabor, alimentar y dar fuerzas? Pero si hay “algo” que tiene ese color, olor y sabor como cualidades suyas que percibimos, quizá tenga otras que aún no vemos pero quizá veamos mañana con el avance de la ciencia. Tal ha sido el número atómico de los elementos que lo integran, el cual da razón de las propiedades químicas por las que el pan alimenta y da fuerzas. 

¿Y por qué se desembarazó de las sustancias para quedarse con las meras impresiones? Se limitó a seguir la recomendación de Locke -muy importante en su formación, al igual que George Berkeley- quien veía las sustancias como superfluas en filosofía, ya que no tenemos de ellas ideas claras y distintas, como las formadas de nuestras impresiones (argumenté en artículo anterior que es ésta exigencia propia de las ideas de la ciencias, ya que las construimos con nuestras definiciones; exigencia propia del método científico, que es depauperante para el pensamiento filosófico. Error, pues, de método, precisamente desde René Descartes).

En realidad, ni siquiera habría que haber respondido a Hume, pues aunque dice que solo hay impresiones, en cada línea habla varias veces de seres que subyacen a ellas, lo que en filosofía llamamos substancias. Como dice Aristóteles, el escéptico que niega la posibilidad de conocer -el moderno incluso niega el ser- no nos molesta, pues, si habla, él mismo se autorefuta; y, si no habla, tampoco nos molesta, pues es como una planta. 

Racionalidad de la inducción

En cuanto a la inducción, sí que podemos argumentar que es racional, es decir, que al inducir hacemos lo que hace siempre la razón. ¿Y qué es lo que hace? Busca siempre unidad entre hechos aparentemente inconexos, sin relación entre sí, hasta el punto de que Kant pondrá este presupuesto de unidad en el mundo como una de las ideas puras de la razón, condición de posibilidad y estímulo de nuestro razonar. La razón busca siempre la explicación más sencilla, aquella que por sí misma explica y da racionalidad a muchos hechos que parecían inconexos e inexplicables, como en los casos de Hercule Poirot. 

Pues bien, al inducir una ley universal, como la dilatación de los metales con el calor, es esto lo que hacemos: encontramos una unidad, o regularidad, o identidad entre muchos hechos experimentales que sin tal ley quedarían inconexos. Su enunciado es una afirmación y una predicción: afirmamos que así ha sucedido igual en todas las experiencias pasadas, lo cual puede ser verdadero (y de ello podemos tener certeza) o falso; y predecimos que así sucederá en adelante, predicción que puede cumplirse (de lo que no tenemos absoluta certeza) o no cumplirse , pero la hacemos con una base racional: la explicación más sencilla de que así haya ocurrido siempre, y siempre con el mismo coeficiente de dilatación, es que no se ha dado tal coincidencia por un cúmulo de casualidad -explicación la más enrevesada, increíble e irracional- sino porque necesariamente tenía que ocurrir así (aunque hayamos tardado dos siglos en encontrar la razón  de tal necesidad), y por tanto así mismo sucederá en las experiencias futuras.

Y en cuanto a la boutade final, apliquemos al escéptico, según la recomendación de Aristóteles, su propia receta. Tomemos en la mano la famosa Investigación sobre el entendimiento humano de David Hume, y preguntémonos: ¿contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad y el número? No, no se ve en sus páginas ningún número ni fórmula. ¿Contiene algún razonamiento experimental sobre cuestiones de hecho y de experiencia? No, no hay en sus páginas registro alguno de coeficientes de dilatación, ni anotación de experimento alguno. ¡Arrójese, pues, entonces a las llamas, ya que nada puede contener sino sofistería y engaño! 

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