Evangelización

Varón y mujer: una diferencia para el amor

En el artículo anterior vimos que la soledad no es un dolor estéril, sino un recordatorio: estamos hechos para la comunión. Pero entonces surge la pregunta: ¿cómo se realiza? El Génesis nos lleva al origen y propone una respuesta clara: el encuentro de comunión y amor se da entre el hombre y la mujer.

Hugo Elvira·29 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Las relaciones entre hombres y mujeres hoy día parecen tensas, desconfiadas. Hay una sensación de que la diferencia es un problema, la fidelidad en las relaciones es imposible… Parece que amar es sólo perder. Por eso, volvemos al Génesis, donde la historia humana comienza diciendo exactamente lo contrario.

Leemos en el primer libro de la Biblia: “El Señor Dios se dijo: ‘No es bueno que el hombre esté solo…’” (Génesis 2, 18). Y no está describiendo solo una necesidad afectiva. Está revelando algo más profundo: la identidad misma del ser humano. Porque el hombre ha sido creado por Dios “a Su imagen, a imagen de Dios lo creó…” (Génesis 1, 27). Y eso no solo significa que es más “valioso” o “superior” al resto de la creación, significa que, si el hombre quiere entender quién es, debe mirar a Dios. ¿Y quién es Dios? Dios es Trinidad. Dios no es soledad. Padre, Hijo y Espíritu Santo: una comunión de Personas en el amor.

Como enseñaba san Juan Pablo II, siguiendo la Gaudium et Spes n.22, el hombre solo se comprende plenamente a la luz de ese “principio”, es decir, mirando el designio original de Dios sobre él. Por eso, después de la soledad originaria, aparece la unidad originaria, no como algo añadido, sino como expresión de lo que el hombre es desde el principio: un ser humano hecho para la comunión porque Dios mismo es comunión.

Nacidos para hacer familia

La comunión no es una opción bonita. Es una vocación. Podríamos decirlo así: el hombre está hecho para hacer familia.

Esa vocación se expresa de muchas formas: en la amistad, en la fraternidad, en la vida de la Iglesia. Pero si queremos comprender su origen, el Génesis nos lleva a una experiencia primera y decisiva: “varón y mujer los creó” (Génesis 1, 27). Y, aunque no es la única forma de comunión, sí es una forma originaria que —como subraya san Juan Pablo II— revela algo esencial sobre la persona humana y su vocación al amor. Y, por tanto, todas las demás formas de comunión —cada una según su modo— participan de esta lógica: unidad, complementariedad y don. ¿Cómo es esta lógica?

Si contemplamos el Misterio de la Trinidad, descubrimos algo sorprendente: Dios es Uno…, pero no es uniforme. El Padre es Padre. El Hijo es Hijo. El Espíritu Santo es Espíritu Santo. No hay confusión ni intercambio de “roles”. Y por esto, aunque son Uno en la Divinidad, también son distintos en su modo de ser-relación —ser en comunión—, para ser Uno por el Amor.

Y esto nos revela una verdad clave para entender la comunión humana: la unidad verdadera no elimina la diferencia, la necesita. Sin diferencia, no hay comunión. Solo hay uniformidad. Por eso, en el Génesis, la respuesta a la soledad no es “otro igual”. Sino alguien distinto, pero semejante: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón” (Génesis 2, 23). Como puede notarse: igual en dignidad, distinto en su modo de ser. Esto es lo que san Juan Pablo II llamó la unidad originaria: la primera experiencia de comunión verdadera entre personas.

La complementariedad que hace posible el amor

La diferencia entre hombre y mujer no es un accidente. Es una necesidad para la complementariedad verdadera. Una estructura inscrita en el cuerpo mismo que dice: “no estás hecho para cerrarte en ti, estás hecho para aceptar el amor y dar amor”.

Por tanto, la complementariedad no es solo biológica. Es personal. Es la posibilidad real de donarse. Por eso el Génesis añade: “serán los dos una sola carne” (Génesis 2, 24). No es confusión. No es pérdida de identidad. Es unidad en la diferencia. Como se contempla en la Trinidad: unidad sin confusión. 

Esta lógica no es solo teoría. Se ve de forma concreta en la historia de la salvación: Dios quiso que su Hijo viniera al mundo…,  en una familia: Jesús nace de una madre y crece con un padre. No porque Dios no pudiera darle todo ese amor directamente, sino porque el amor humano tiene esa forma propia de manifestarse. 

El amor materno se recibe de una mujer. El amor paterno se recibe de un hombre. Y ambos son necesarios para el corazón humano. Por eso, en esa complementariedad —María como madre, José como padre putativo—, Jesús experimenta un verdadero hogar: una comunión real de personas, una familia.

Cuando se rompe la armonía de la complementariedad

Es verdad que, a pesar de la belleza de todo lo dicho hasta ahora, todos sabemos que esta visión no es la que más triunfa. ¿Por qué? Porque el corazón del hombre está herido por el pecado. Y, desde ahí, también se hiere su capacidad de vivir en comunión.

Es verdad que la comunión se rompe, sin duda, cuando el otro deja de ser un don y se convierte en un objeto. Cuando el cuerpo se usa en lugar de ser manifestación visible del amor. Pero hay otra forma más silenciosa —y quizá más peligrosa— en la que esa armonía también se debilita: cuando la diferencia deja de ser acogida, cuando el hombre y la mujer dejan de reconocerse en su modo propio de ser, cuando se pierde la riqueza de lo distinto. Aquí se evidencia cómo la masculinidad y la feminidad son modos concretos de ser persona. Y, en ambos, está inscrita una llamada a amar de forma fecunda: a vivir una paternidad y una maternidad. Todos podemos vivirla: en algunos, esa vocación se expresa también biológicamente, en la familia. En otros, se vive de manera espiritual y sobrenatural, como es el caso de la vida célibe o, como la llama san Juan Pablo II, virginidad por el Reino de los Cielos. 

Esa capacidad de acoger, de dar, de generar vida —de muchas maneras— forma parte de la verdad del amor humano. Y cuando esta riqueza se rechaza, se confunde o se desdibuja, la relación pierde algo de su claridad original. No porque la persona pierda su dignidad —que nunca se pierde—, sino porque se aleja, a veces sin darse cuenta, de esa imagen de Dios que lleva inscrita. Entonces, incluso con las mejores intenciones y elucubraciones, aparece una cierta desorientación en el corazón. Con esta, la dificultad para amar, para entregarse, para ser fiel, para construir esa comunión. Porque el amor necesita verdad. La verdad del amor humano incluye la diferencia, la reciprocidad, la complementariedad posible y auténtica. Cuando eso se cuida, la comunión crece. Cuando se pierde, la relación se vuelve frágil.

Una aventura posible

Aun así, la verdad permanece. El hombre y la mujer no están llamados a competir,
ni a desconfiar, ni a usarse. Están llamados a encontrarse, a ser fieles por la gracia del sacramento del matrimonio, a descubrir en el otro no un límite, sino un don. La diferencia no es una guerra. Es una aventura. Una llamada a amar mejor, a salir de ellos mismos, a construir algo que, sólo es posible, si lo hacen juntos, en comunión.

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