Dios o nada

La historia del hermano Vincent invita a reflexionar sobre la elección fundamental de la vida: Dios o nada. Una llamada a redescubrir que sólo en Dios encuentra descanso el corazón humano.

6 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Vincent murió con 37 años. Este monje, cuya esclerosis múltiple lo postró totalmente durante sus últimos años y le privó, incluso, de la posibilidad de hablar, produjo un fuerte impacto en el cardenal Sarah, quien, a raíz de conocer al hermano Vincent de la Resurrección, escribió La fuerza del silencio

En este libro, el purpurado se preguntaba: “¿Quién buscaba al hermano Vincent? ¿Quién vino a llevárselo sin una sola palabra? Dios. Para el hermano Vincent-Marie de la Resurrección el programa era sencillo. Se resumía en tres palabras: Dios o nada”.

Dios o nada.

Esta es la dicotomía esencial que marca nuestra vida: elegir a Dios o elegir la nada; la eternidad o nuestra finitud (más o menos longeva y limitada); el camino hacia la vida o el sendero pesaroso hacia la muerte. 

La lógica de la Encarnación de Cristo, la del Dios que comparte nuestra condición humana, es lo que hace posible que esta elección no sea una quimera: está inscrita en nuestra naturaleza. 

Hemos sido creados por Amor a la vida eterna y a la vida humana. Y uno y otro parten de la misma raíz creadora de Dios.

Dios o nada.

Dios nos busca cada día, como al Hermano Vincent. “Yo soy de mi amado, y él me busca con pasión”, leemos en el Cantar de los Cantares.

Dios es ese creador que pregunta por nosotros, como recordaba san Josemaría Escrivá en su Vía Crucis. En la hora de la vida, y en la hora de la muerte, que es otro paso a la vida.

Quizás, con demasiada frecuencia, nos olvidamos de que Dios es más grande que el Dios que yo me imagino, que lo es todo.

Quizás por eso hemos reducido, en no pocas ocasiones, la Iglesia a una plantilla de gente más o menos buena (o más o menos insoportable), y los sacramentos a una especie de ticket de metro que requiere ponerse chaqueta. 

Quizás por eso pensamos que nuestras soluciones, limitadas, de bolsillo, son mejores. Y nos inventamos liturgias para “llegar más a la gente”, y “escuchas” para intentar sanar las heridas de tantos que, en el fondo y en la forma, lo que buscan es al Dios de la vida, al Dios de la Eucaristía, al Dios que es todo. Porque: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (San Agustín. Confesiones, i, 1, 1).

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