Cuando el alcalde de Madrid reciba al Papa León XIV el próximo 6 de junio no será la primera vez que José Luis Martínez-Almeida acude a ver a un Pontífice en la capital: él estuvo presente en la última vez que un Papa, Benedicto XVI en este caso, pisó la capital de España. Fue en 2011, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud.
Hace cinco años, el periodista Pedro J. Rodríguez Rabadán publicó el libro Huellas de una tormenta, que incluía los recuerdos del actual alcalde de Madrid en la JMJ 2011. Ese texto luego fue publicado por la revista Mundo Cristiano.
Almeida recuerda que en agosto de 2011 “Madrid se convirtió en la capital del catolicismo durante unos días”. Menciona cómo estuvo presente: “Tuve la suerte de vivirlo como un madrileño más. Tres momentos me impactaron de forma personal durante esos días”.
Cita en primer lugar “el Parque del Retiro y los doscientos confesionarios en lo que se llamó la ‘Fiesta del perdón’” (en esta ocasión la experiencia no podrá repetirse, pues la organización decidió sustituir los confesionarios por “puntos de escucha”). Luego, el Vía Crucis en el Paseo de Recoletos con imágenes de la Pasión, exponentes de la Semana Santa que se celebra en España.
Finalmente habla del momento culminante: “personalmente, tuve el regalo de poder acudir a la vigilia de oración con el Papa en el aeródromo de Cuatro Vientos”. Unos amigos le invitaron, pero dudó si acudir. “No puedo negar que, al ver en el telediario las imágenes previas de los jóvenes en aquella explanada enorme esperando al Papa, me entraron muchas dudas. Pero la insistencia de mis amigos y el convencimiento de que se iba a tratar de una jornada histórica me dieron el empujón definitivo”.
El alcalde relataba que, al carecer de acreditación, no pudo acceder a los sectores del recinto más cercanos al escenario. Recordaba: “Quizá era el momento para dar la vuelta y vivir aquel evento desde el salón de casa. La idea era tentadora”.
Sin embargo, un amigo les hizo cambiar de opinión. “Pablo, tenaz hasta la extenuación, consiguió la información que necesitábamos: se podía acceder a la parte trasera del recinto rodeando todo el perímetro. La opción valía la pena, aunque unos nubarrones de mal aspecto comenzaban a confabularse a varios kilómetros de distancia”. Aquello fue una aventura: “Comenzamos entonces una caminata cuya duración desconocíamos. Alcanzamos nuestro objetivo pasada una hora. Creo recordar que se trataba del sector J4. Era el final. La última fila posible. La retaguardia. Detrás de nosotros, las vías del tren marcaban el límite. Frente a nosotros, en un horizonte borroso, se intuía el escenario donde estaría el Papa. La marea de peregrinos que se extendía hasta el estrado era sobrecogedora”.
“Todos mirábamos de reojo los nubarrones -continúa el alcalde su relato-. Tenía mala pinta. Pero la llegada del Papa, con la consiguiente emoción de los presentes, provocó una algarabía indescriptible. Pudimos seguir el comienzo de la vigilia de oración gracias a la pantalla gigante. Pero un ojo miraba siempre hacia la tormenta…que cada vez estaba más cerca”.
En medio de la tormenta
Y entonces… “Ocurrió lo que parecía inevitable. La tormenta descargó sobre el recinto como si fuese el fin del mundo. Sin resguardo posible, y ante el inevitable remojón, optamos por ‘disfrutar’ de la lluvia, no sin algo de temor ante la virulencia de los rayos y truenos. Pero el Papa se mantuvo allí. También ‘a remojo’. Aguantó como uno más. Y, cuando parecía que nada más increíble podía ocurrir, tuvo lugar un hecho que me sobrecogió. El Santísimo Sacramento llegó al estrado expuesto en la Custodia de Arfe de la Catedral de Toledo. Los detalles apenas los podíamos intuir en la pantalla gigante. Pero todos pudimos experimentar el silencio. Cientos de miles de peregrinos se postraron –nos postramos– para adorar a Jesucristo en la Eucaristía. El silencio atronador que llenó el recinto invitaba a una oración confiada. Con una sociedad –ya en aquel entonces– bañada en un ruido incesante, resultaba reconfortante dejarse envolver por aquel silencio y elevar las peticiones a Dios”.
“Volví a casa cansado pero alentado por aquella experiencia”, añadía. Para concluir: “Al día siguiente, me impactó una fotografía de dos bomberos, ocultos a la vista de los peregrinos, que aseguraban la estructura del escenario mientras el Papa rezaba de rodillas. Era la representación gráfica de la labor callada y anónima que tantísimos profesionales habían puesto al servicio de los demás para que la JMJ de Madrid fuese un éxito”. “Y yo lo disfruté desde ‘el J4’”, concluye el actual regidor madrileño.





