Bajad la mirada

El viaje papal ha regado los surcos, pero nos toca ahora a nosotros entrar a tropel a sembrar y a cuidar la tierra que se nos ha confiado

14 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
mirada

Imagen: Luismagan

Tras una semana de alzar la mirada siguiendo la invitación de León XIV en su visita a España, llega el momento de bajarla, de volver a la realidad. En nuestras manos está ahora que este enorme esfuerzo del Santo Padre y de la organización haya merecido la pena.

Porque, ante el éxito incontestable del evento, la respuesta mayoritariamente positiva de la sociedad o las espectaculares cifras de participación en los actos, corremos el riesgo de quedarnos ahí, inmóviles, alucinados con lo que hemos vivido. Hoy quiero vestirme de blanco, como aquellos dos hombres que nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que se presentaron ante los discípulos cuando se quedaron estupefactos mirando al cielo tras la Ascensión del Señor para advertir: «Galileos (españoles), ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?».

El viaje de León XIV será, sin duda, un monumental impulso a la misión de la Iglesia, pero ya no lo vamos a tener a él. Su paso por España ha sido como el paso del arado por una tierra endurecida por nuestros miedos y pecados. El viaje papal ha regado los surcos, ha igualado los terrones, su llovizna los ha dejado mullidos, pero nos toca ahora a nosotros entrar a tropel a sembrar y a cuidar la tierra que se nos ha confiado. Y hemos de hacerlo con las claves que él nos ha dejado y que yo resumiría en cinco.

En primer lugar, aprovechar el «golazo para siempre» al que se refirió el Papa en el Bernabéu. Gestionemos bien este gol, racionalicemos la euforia porque el partido es largo. Muchos han cambiado su perspectiva de la Iglesia en estos días, hay una mayor sensibilidad hacia lo espiritual, los alejados se han sentido un poco más cerca, los cercanos se han sentido más fuertes y unidos, otros muchos que ni siquiera habían oído hablar de la posibilidad de una amistad con Jesús hoy no lo ven como algo descabellado. No esperemos a recibir el siguiente gol en contra, que vendrá, corramos a por otro gol que nos permita mantener la ventaja. Y hagámoslo con las claves que él nos ha recordado: una Iglesia sinodal, abierta a la escucha, no encerrada en sí misma, y entregada al servicio a los pobres y necesitados. 

En segundo lugar, poner en práctica el perdón, el diálogo y la amistad social. «Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad», les recordó a los obispos en el encuentro que tuvo con ellos en la CEE. La comunión es parte fundamental de la misión. La Iglesia que más evangeliza no es la más tradicional o la más progresista, sino la más unida, en la pluralidad de carismas. Y como sociedad, también estamos llamados a dar grandes pasos de reconciliación, recuperando el diálogo, evitando las polarizaciones, buscando lo que nos une que es mucho más de lo que nos separa. Los siete minutos de aplausos al Papa en el Congreso fueron un ejemplo de que el sentido común puede ponernos de acuerdo más allá de nuestras diferencias ideológicas por muy grandes que sean. 

En tercer lugar, la atención a los dramas de nuestro tiempo. El servicio al mundo del dolor, de las migraciones, de la cárcel o de la violencia contra la mujer no son un añadido a la misión del cristiano, porque el ejercicio de la caridad no es la fijación de algunos, como señaló en el encuentro en el proyecto «Cedia 24 horas» de Cáritas, sino «el núcleo incandescente de la misión eclesial». En el puerto de Arguineguín nos recordó que «los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche» ni «podemos acostumbrarnos a contar muertos». Y en Tenerife nos invitó a imitar su grito profético contra quienes trafican y explotan a los migrantes, gritando también nosotros en nuestros ambientes: «¡Deténganse! ¡Conviértanse!». Se trata de ver a Cristo mismo en el forastero que llega a nuestro país y «que necesita ser acogido, protegido, integrado y promovido». 

En cuarto lugar, fomentar el diálogo de la fe con la cultura, el arte, la ciencia… «En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización», dijo León XIV en su homilía en la impresionante inauguración de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. Hemos tenido mucha música y arte en esta visita, sigamos dando voz a los artistas que encontrarán, sin duda, en Dios, la fuente de su inspiración. La fe tiene mucho que aportar también al mundo de la economía, el deporte, el pensamiento, porque nada de lo humano nos es ajeno.

Por último, hacerlo de la mano de María con la enseñanza que nos dejó en su homilía en la Catedral de Madrid: «La Almudena nos dice que para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros» (la imagen fue hallada al echar abajo parte de una muralla). Y es que –explicó– aunque «en un primer momento, una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; también abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos». No tengamos miedo, por tanto, a echar abajo estructuras que ya no nos sirven y reconstruyamos una y otra vez la Iglesia que, como la Sagrada Familia de Gaudí aún en construcción, nos recuerde «cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo». 

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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