En la novela Las sandalias del pescador (1963), el escritor australiano Morris West profetiza la elección de un pontífice eslavo en un mundo al borde de la tercera guerra mundial. Tras diecisiete años prisionero en un gulag, un sacerdote eslavo es liberado, y poco después elevado a la sede de san Pedro. Cinco años después, esta sencilla y entretenida obra se adapta libremente en una película homónima, Las sandalias del pescador (1968), dirigida por Michael Anderson y protagonizada por Anthony Quinn.
En 1978 se cumplió esta profecía, rompiendo la tradición de papas italianos durante cinco siglos. Además, en este año hubo tres papas. Tras la muerte de Pablo VI, ocupó la sede petrina el patriarca de Venecia, Albino Luciani (1912-1978), un hombre sencillo, formado en una familia cristiana y humilde, el mayor de cuatro hermanos. El pontificado de Juan Pablo I duró treinta y tres días. No le dio tiempo a escribir una encíclica, ni siquiera a trasladar sus libros y sus cosas al Vaticano. El “papa sonriente” falleció repentinamente el 29 de septiembre de 1978. De nuevo, los padres conciliares se reunieron para votar. En el conclave nombraron como sucesor al cardenal de Cracovia, Karol Wojtyla, que tomó el nombre de Juan Pablo II.
Con los pies en el suelo
El día de la elección, el cardenal primado de Polonia Stefan Wyszynski pronunció unas palabras proféticas a oídos del recién elegido pontífice: “La tarea del nuevo papa consistirá en introducir la Iglesia en el tercer milenio”. Otra profecía que se cumplió.
También el mismo día de la elección, Juan Pablo II lanzó el mensaje de “No temáis” en un momento en el que el mundo parecía al borde de la tercera guerra mundial (como en Las sandalias del pescador). En aquellos días, Europa atravesaba una profunda crisis económica y el proceso de descristianización en Occidente se aceleraba. La Iglesia católica todavía sufría las consecuencias del posconcilio.
Así pues, resultó electo un papa polaco con una profunda preocupación por los problemas de la sociedad contemporánea. Polonia no había sufrido el proceso de secularización creciente de los países occidentales y, en cambio, sí había experimentado la persecución religiosa en los últimos años. En sus encíclicas, el papa polaco denunció las diferencias entre países pobres y ricos, criticó a los sistemas marxista y capitalista, y sugirió ideas –desde la teología moral y la antropología cristiana– en favor de un mundo laboral y económico a la medida del ser humano y no de los Estados y de las multinacionales.
Inquietudes humanísticas
Otro rasgo definidor de este pontífice fue su formación filosófica, conocedor de los grandes maestros desde Tomás de Aquino hasta Max Scheler, que le llevó a plantear problemas antropológicos en profundidad. En la encíclica Fides et ratio (1998) explicó que razón y fe deberían ir de la mano porque no se oponían. A continuación, recordó la existencia de verdades por encima de la razón, es decir, que sólo pueden alcanzar a través de la fe. Por un lado, la fe iría más allá de la razón, un complemento, que no destruía ni sustituía a la capacidad racional del ser humano. Por otra parte, la razón cumpliría un papel fundamental en el acceso de la verdad mediante la filosofía, que ayudaría a resolver no pocos interrogantes de la existencia humana.
Su capacidad oratoria y gestual, adquirida en sus años de juventud cuando dedicaba parte de su tiempo al teatro y a la literatura, se manifestó en intervenciones y discursos, como el pronunciado sobre los derechos humanos y la libertad en la ONU en 1995. Pidió respeto para cada persona, para la familia, para cada pueblo, y propuso un nuevo orden mundial regido por el equilibrio entre lo particular (familia y pueblo) y lo universal (Estados y organismos internacionales). Terminó su exposición con una petición: unir esfuerzos para vencer el miedo al futuro y así construir una civilización basada en el amor y la libertad.
En suma, entre los rasgos más característicos de este pontífice cabe subrayar su procedencia eslava, que imprimió un carácter novedoso al papado ligado durante más de cuatro siglos a la idiosincrasia italiana, su formación humanística de una persona vinculada desde su juventud al teatro, a la poesía, a la filosofía, y su capacidad de apertura y diálogo en relación con los grandes retos del mundo actual. Stanislao Dziwisz, su secretario personal desde 1966 hasta 2005, sintetizó en tres rasgos su personalidad polifacética: hombre de letras, hombre de piedad y hombre de diálogo.
Esta persona buena y magnánima resultó ser un personaje incómodo para algunos. El 13 de mayo de 1981, el turco Alí Agca disparó al papa mientras saludaba a los fieles congregados en la plaza de San Pedro. Hasta este día, este asesino nunca había fallado en sus acciones. Todo parece apuntar a que la policía secreta búlgara, y probablemente también el KGB, orquestaron el atentado que hirió, pero no mató, al pontífice.
Un Papa genuino
Por los viajes, por sus escritos, por sus gestos, Juan Pablo II fue un papa que marcó una época de la historia de la Iglesia y de la historia de la humanidad. En cierta medida influyó en los acontecimientos recientes durante los casi veintisiete años de pontificado, convirtiéndose en el segundo papa más longevo de la historia, después de los 32 años de Pío IX. Fue el papa que vivió el final de la Guerra Fría y el inicio de la amenaza islamista radical. Fue el papa que rezó en Asís con los representantes de otras religiones. Fue el papa que celebró un día de perdón (12 de marzo de 2000) por hechos desedificantes de la historia de la Iglesia (divisiones, violencias, etcétera), por el empleo de métodos nada evangélicos en la difusión de la verdad, y por los pecados cometidos contra los derechos humanos. Fue el papa que recibió el homenaje de más de doscientos jefes de Estado en su funeral. Algunos han llegado a describirle como el papa que cambió el curso de la historia. Han pasado ya veinte años desde su muerte en 2005 y pasarán muchos años antes de poder acceder a documentación valiosa guardada en los archivos vaticanos para descubrir la magnanimidad de uno de los grandes pontífices de la historia de la humanidad
No se equivocó la revista Time cuando le nombró personaje del año en 1994. Juan Pablo II supo atraerse a jóvenes de todo el mundo y captó la atención de medios de comunicación de todo tipo. Sin duda, fue un personaje carismático.
El director de cine polaco Krysztof Kieslowski, poco antes de morir, terminó una trilogía titulada Tres Colores, a modo de homenaje a los principios de la revolución francesa y de la bandera tricolor. Rojo (1994) es la tercera película, un canto a la fraternidad. Comienza con la aparición de una joven modelo, muy bella (interpretada por Irène Jacob) que atropella a la perra de un viudo, ya jubilado. Este hombre mayor y solitario se enamora platónicamente de ella porque le recuerda a su primer amor. Se inicia una curiosa relación, que cambia sus vidas, en busca de la felicidad. Rojo culmina la trilogía con un canto a la comprensión, a la caridad, incluso entre personas aparentemente antitéticas. En esta, como en las otras partes de la trilogía, el director polaco se atreve a plantear los temas vitales de todo ser humano, como el amor, en un marco no cerrado a la transcendencia.
Salvando las distancias, la vida de Juan Pablo II se podría comparar a la protagonista de Rojo, una persona buena, que procura siempre ayudar a los demás. Ojalá el legado de este papa santo se vivifique en el mundo polarizado de nuestros días.
Investigador de la Universidad de Navarra y autor del libro Historia de los Papas en el siglo XX





