FirmasJosé María Maldonado Casado

¡«Alsa» la mirada!

En el viaje de León XIV a España algunos comentaristas dijeron que Madrid puso a la gente, Barcelona la belleza y Canarias el alma.

13 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos
alsa la mirada

Sigo muy emocionado tras haber visto al Santo Padre en mi querida isla. Tras presenciar la magnitud de los actos en Madrid y Barcelona, la Misa del jueves en el estadio de Gran Canaria se sintió como algo casi familiar.

Como voluntarios, estuvimos allí desde por la mañana y tuvimos el privilegio de ayudar a preparar el cáliz y la Sede del Papa. Conocí a Monseñor Ravelli —maestro de ceremonias del Vaticano— y pude explicarle nuestra devoción a la Virgen del Pino.

En un acto así siempre hay muchos imprevistos y cierta tensión. Ocurrió que le di el último libretto para seguir la Misa a una señora y otra que también lo necesitaba se molestó conmigo. En sus ojos hubo un reproche (muy canario, en realidad) hacia la otra señora y hacia mí. Minutos después, volví con otro ejemplar que tenía escondido. Mirándola, le dije:

—¿Ya consiguió un librito?

—No —dijo cabizbaja.

—«Alsa» la mirada —le respondí con acento canarión, mientras le mostraba el folleto.

Se puso feliz y me conmovió la sonrisa cómplice que compartió con la otra señora tras el pequeño «conflicto de intereses».

Llegaron helicópteros, se apostaron francotiradores en los balcones y el estadio se terminó de llenar. Cuando llegó León XIV, el estruendo recordaba a cuando la UD Las Palmas sube a Primera División (quizá el año que viene). Sin embargo, durante la Misa, con la orquesta y el folclore canario, el silencio era sorprendente —como en la Plaza de Lima, en Madrid— para ser un estadio de fútbol a reventar. Para los grancanarios, poder ver junto a San Pedro a nuestra querida Virgen del Pino y al Santo Cristo de Telde no tuvo precio.

En la homilía, el Papa nos animó a ser más humildes. Nos recordó que el corazón de Cristo pertenece a los sencillos y no a los sabelotodos, quienes, aturdidos por un «yo» omnipresente, carecen del silencio necesario para escuchar el palpitar del amor. El Santo Padre insistió en que la verdadera felicidad no consiste en prescindir de los demás, sino en «bajar de la arrogancia que divide para encontrarnos en la humildad que nos hermana». Concluyó con una invitación directa al corazón:

«Donde hay humildad hay amor, y donde hay amor hay paz. Solo desde la humildad podemos amarnos y encontrarnos: saber quiénes somos».

Seguramente no somos conscientes de todo lo sembrado por el Papa estos días en España. Ahora toca releer sus discursos y hacerlos nuestros. Y así, como hizo aquella señora con una mirada cómplice, aprender a hacer las paces y dejarnos sorprender, tal y como nos animó el Papa desde el puerto de Arguineguín:

«CUANDO ENCUENTREN DIFICULTADES, ALCEN LA MIRADA».

El autorJosé María Maldonado Casado

Estudiante de 4º curso de Derecho y Economía.

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