Firmas invitadasMaría Paz Montero

La disculpa que no pide perdón

Una sociedad en la que todos están listos para sentirse ofendidos y nadie está dispuesto a reconocer culpa, pedir perdón con humildad o concederlo, acaba volviéndose irrespirable. Cada error se transforma en estigma, cada palabra desafortunada en una condena sin fecha de término.

30 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
Perdón

"Lo siento", "perdóname, por favor" y "gracias" escrito en unas señales de tráfico (Unsplash / Mark Tulin)

Ha pasado mucho tiempo desde que ocurrió. Años, tal vez. Las personas dañadas siguieron con sus vidas como pudieron; algunas lo lograron, otras no del todo. Y entonces, en algún momento —una entrevista, una campaña, una rehabilitación pública en proceso— el político aparece ante las cámaras con gesto compungido y voz pausada: “Si alguien se ha sentido ofendido por mis palabras o mis decisiones, le pido disculpas”. Ese condicional no es inocente. “ Si alguien se ha sentido ” : es decir, quizás nadie debería haberse sentido; quizás el problema no está en lo qu e hice sino en cómo lo recibiste. La disculpa transfiere la responsabilidad al ofendido. Tú sufriste, yo no causé el sufrimiento. Y el daño —concreto, documentado, con nombres y apellidos— queda flotando en el aire sin que nadie lo haya asumido. Eso no es pedir perdón. Ni siquiera llega al umbral de lo que el perdón requiere: reconocer que hice daño a alguien concreto, no a quien eventualmente haya sido demasiado sensible.

Disculpas huecas

La escena dice bastante sobre el clima moral en que vivimos. Nunca habíamos tenido un radar tan fino para detectar agravios, exclusiones, faltas de respeto… El lenguaje del daño está por todas partes. Sabemos identificar muy bien lo que nos hiere, y, en medio de esa sensibilidad exacerbada, se ha vuelto más difícil hablar de culpa con un mínimo de claridad, pues todo el mundo se siente herido, pero casi nadie parece dispuesto a admitir que ha herido. Todo ofende, pero casi nada se reconoce como objetivamente ofensivo. Por eso abundan tanto las disculpas huecas: no nacen de la conciencia de haber hecho mal, sino de la necesidad de apagar un incendio reputacional.

El problema es que, sin esa conciencia, tampoco hay verdadero perdón. Para que el perdón exista tiene que haber algo que perdonar. Tiene que poder decirse, sin eufemismos, que aquí hubo una injusticia, una deslealtad, una crueldad, una humillación, una mentira. El perdón no empieza rebajando la falta, sino nombrándola. Por eso irritan tanto esas fórmulas públicas hechas de condicionales y vaguedades. Piden pasar página sin haber leído la página anterior.

La soberbia del culpable

Detengámonos un momento en el otro lado de la escena, no en el ofendido sino en quien pide perdón. También ahí hay una confusión muy contemporánea. Se ha extendido la idea de que pedir disculpas equivale, de algún modo, a ce rrar el episodio. “ Ya pedí perdón, ¿qué más quieren? Ya hice mi parte; ahora te toca a ti absolverme, devolverme la tranquilidad ” . Pero reconocer de verdad el daño causado no da derecho a ser perdonado en el plazo que uno considere razonable. Si he h echo daño, puedo admitirlo y reparar en lo posible, pero no puedo administrar la reacción ajena. No puedo exigir que el otro deje de estar herido para que yo me sienta moralmente a salvo.

Algo parecido ocurre con las instituciones. También ellas pueden reconocer humildemente el daño causado; lo que no pueden hacer es convertir esa confesión in un título para exigir rehabilitación. Y si la opinión pública no restituye inmediatamente la confianza, tampoco hay derecho a presentarse como víctima. Haber pedido perdón no convierte toda crítica posterior en una injusticia. Hay una forma bastante reconocible de soberbia en el culpable que, después de reconocer su falta, empieza a lamentarse porque el daño sigue teniendo consecuencias. Le molesta que no se le crea enseguida, que la confianza tarde en recomponerse. Se presenta a sí mismo como víctima de una dureza excesiva, cuando en realidad lo que le incomoda es comprobar que una disculpa no borra automáticamente los efectos de lo que hizo. El arrepentimiento sincero tiene algo de humillante porque obliga a reconocer la propia culpa y a esperar. A aceptar que el otro quizá no pueda perdonar todavía.

El perdón cristiano: un acto de la voluntad

El cristianismo nunca ha confundido el perdón con una amnesia moral. Perdonar es negar la gravedad de lo ocurrido, renunciar a la justicia ni volver a confiar de inmediato en quien ha traicionado esa confianza. C. S. Lewis observó que todos pensamos que el perdón es una idea excelente… hasta que tenemos algo que perdonar. Es entonces cuando descubrimos que el problema no consiste en entender qué significa perdonar, sino en querer hacerlo. Lo que sí implica el perdón es la decisión concreta de negarse a vivir instalado en el rencor, alimentando el deseo de venganza.

Tendemos a pensar el perdón en clave sentimental, como si solo pudiera decir “te perdono” quien ya no siente rabia o pena. Pero el perdón cristiano se juega primero en el terreno de la voluntad. Uno puede seguir dolido y, aun así, perdonar. Puede seguir recordando con tristeza lo ocurrido y, sin embargo, renunciar a devolver mal por mal. Puede necesitar tiempo, prudencia, incluso distancia, y al mismo tiempo haber dado ya ese paso interior por el cual deja de desear el mal del otro.

San Josemaría lo formuló con su habitual falta de sentimentalismo: “Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante”. La frase vale la pena precisamente por ese “si es preciso”. No idealiza el corazón humano ni supone que el perdón brota espontáneamente en cuanto uno ha entendido la teoría. Da por supuesto que habrá veces en que habrá que arrancárselo al orgullo, a la memoria herida. Habrá que perdonar quizá antes de sentir ganas de hacerlo.

Escuela de la libertad interior

En otro punto, san Josemaría resumía la respuesta cristiana ante la ofensa en una secuencia muy sencilla: rezar, callar, comprender, disculpar. No es una receta mágica ni un consejo para almas blandas. Es una pequeña escuela de libertad interior. Rezar, porque cuando uno está herido no ve con claridad. Callar, porque las primeras respuestas suelen ser las peores. Comprender, no en el sentido de justificar el mal, sino de resistirse a la caricatura fácil del otro. Y disculpar, que no significa decir que no pasó nada, sino decidir que el mal recibido no va a gobernar mi conducta.

El perdón como gracia y don inmerecido

Aun así, el cristiano sabe que no basta con proponerse perdonar. Hay heridas que no ceden solo porque uno haya tomado una decisión razonable. Hay traiciones que parecían superadas y reaparecen años después con una fuerza intacta. En esos casos, la idea moderna de que todo se resuelve co n fuerza de voluntad empieza a hacer agua. Uno puede querer perdonar sinceramente y descubrir, con bastante vergüenza, que no puede. Entonces aparece una de las realidades más profundas del cristianismo: el perdón no es solo una tarea moral, también es una gracia que se pide. No se trata solo de un mandato, sino de un don. El Padrenuestro lo dice con una naturalidad que casi nos impide percibir lo que está diciendo: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Pedimos perdón y, al mismo tiempo, pedimos poder perdonar. Es una súplica exigente porque nos compromete; pero también es una confesión de pobreza: no siempre podemos solos. Hay veces en que lo único honesto que uno puede decir delante de Dios es: quiero perdonar, pero no me sale; dame lo que me pides. ¿Debe el cristiano perdonar? Sí; el Evangelio no deja mucho margen de duda. Pero el mandato no nace del derecho del culpable, sino de la misericordia recibida. El cristiano perdona porque sabe que él mismo vive de un perdón inmerecido. Por eso el perdón no queda a merced de los sentimientos ni depende de que algún día desaparezcan el dolor o la rabia.

La necesidad del perdón

Esto no vale solo para la vida privada. Una sociedad en la que todos están listos para sentirse ofendidos y nadie está dispuesto a reconocer culpa, pedir perdón con humildad o concederlo, acaba volviéndose irrespirable. Cada error se transforma en estigma, cada palabra desafortunada en una condena sin fecha de término. Hablamos mucho de convivencia, de respeto, de inclusión. Pero una comunidad humana no se sostiene solo con normas y protocolos. Se sostiene también sobre la capacidad de decir “he hecho mal” sin atenuantes, y la de responder “te perdono” sin trivializar el mal, pero sin quedar encadenados a él. Quizá por eso el perdón nunca puede reducirse a una fórmula correcta ni a una disculpa bien administrada. Exige verdad para llamar al mal por su nombre, y libertad para que ese mal no decida para siempre la relación con el otro.

El autorMaría Paz Montero

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