Reverendo SOS

Tocar al Papa, tocar a Dios

El cariño hacia el sucesor de Pedro nace precisamente de lo que él representa. Queremos tocar al Papa porque nos acerca a Cristo.

Jorge Mogas·5 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

Las imágenes de la reciente visita del Papa León XIV a España permanecerán mucho tiempo en nuestra memoria. Han sido días de fe compartida, y de alegría eclesial. Pero, entre tantos momentos vividos, hubo un detalle que me llamó especialmente la atención: las ganas que tenía la gente de tocar al Papa.

No era curiosidad, ni afán de protagonismo. Había algo más profundo. Se percibía en los rostros de quienes aguardaban pacientemente tras las vallas y en la emoción de quienes conseguían rozar por un instante la mano del Santo Padre. Como si aquel contacto físico fuera la expresión visible de un cariño que llevaba tiempo esperando una ocasión para manifestarse.

Colaboradores de la ternura

Particularmente conmovedora fue la escena de los niños pequeños. Recordaba inevitablemente aquellas páginas del Evangelio en las que algunas madres llevaban a sus hijos hasta Jesús, para que les impusiera las manos y los bendijera. Durante estos días hemos visto a los miembros de seguridad recoger pequeños bebés para acercarlos al Papa.

Hay que reconocer el mérito de esos guardaespaldas. Acostumbrados a velar por la seguridad, supieron también convertirse en colaboradores de la ternura. Gracias a ellos, muchos padres pudieron vivir un momento que difícilmente olvidarán.

Resultaba igualmente hermoso contemplar cómo la multitud compartía aquel privilegio. Nadie parecía querer monopolizar el instante. Una mano tocaba al Papa y enseguida dejaba paso a otra. Había una delicadeza colectiva, una especie de acuerdo silencioso para que todos pudieran participar de aquel tesoro.

Los signos que el amor necesita

¿Por qué esa necesidad de tocar? Quizá porque los seres humanos necesitamos que el amor se haga visible. Necesitamos signos. El afecto busca expresarse a través de los sentidos. Tocamos aquello que amamos, y deseamos acercarnos físicamente a quienes representan algo grande para nosotros. Sin embargo, durante esta visita hubo otro contacto aún más profundo.

Los dos grandes momentos eucarísticos vividos en Madrid dejaron una impresión imborrable. En la vigilia con los jóvenes, el silencio de la adoración fue impresionante. Miles de personas reunidas y, sin embargo, una quietud tan intensa que parecía escucharse el paso de la gracia por las almas. Algo parecido ocurrió durante la celebrada en Cibeles. Después de la comunión llegó la acción de gracias. Entonces desaparecieron las voces, los cantos y el bullicio. Sólo se oía el canto de los pájaros. Aquella multitud inmensa permanecía en silencio ante una Presencia infinitamente mayor que la de cualquier personaje humano.

Una parábola de calor invisible

Tuve la oportunidad de distribuir la comunión aquel día. A los sacerdotes nos entregaron unos recipientes poco habituales. Eran unas semiesferas metálicas cubiertas por una tapa transparente de metacrilato que protegía las formas consagradas del viento.

La idea era buena, pero la organización no había previsto un detalle: el sol radiante de aquella mañana madrileña calentaba el metal hasta temperaturas sorprendentes. Muchos sacerdotes envolvían aquellos recipientes con la estola para protegerlos del calor. Las manos notaban perfectamente aquella temperatura creciente.

Mientras sostenía el copón, me vino un pensamiento inesperado. El calor que experimentábamos físicamente no era nada comparado con el calor invisible que el Cuerpo de Cristo transmite al alma. Aquella semiesfera ardiente se convirtió para mí en una pequeña parábola. Tocar a Dios siempre nos calienta por dentro.

La fe cristiana es, en cierto modo, la historia de un Dios que se deja tocar. Los contemporáneos de Jesús tocaron sus manos, sus vestidos y hasta las heridas de su cuerpo resucitado. Hoy seguimos pudiendo tocarlo sacramentalmente en la Eucaristía.

Por eso, al contemplar a tantas personas deseosas de tocar al Papa, pensé que aquel gesto escondía una verdad más profunda. El cariño hacia el sucesor de Pedro nace precisamente de lo que él representa. Queremos tocar al Papa porque nos acerca a Cristo. Nos emociona estrechar su mano porque vemos en ella la continuidad visible de la misión que el Señor confió a Pedro.

Pero el corazón del cristiano no puede detenerse ahí. Toda cercanía al Papa está llamada a conducirnos hacia una cercanía mayor. Toda emoción humana debe desembocar en el encuentro con Dios.

Miles de personas quisieron tocar al Papa durante estos días. Y fue hermoso verlo. Pero todavía es más hermoso recordar que, en cada comunión, es Dios quien nos toca a nosotros. Y cuando eso sucede, el alma alcanza la verdadera temperatura de la gracia.

El autorJorge Mogas

Sacerdote

Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica